A Donald Trump no le gusta el jazz

La frase no es mía. La ha pronunciado hoy el periodista Chema García Martínez en la presentación de su libro “Tocar la vida. El músico de jazz: vueltas en torno a una especie en extinción’” del que ya os hablé la semana pasada. Y si Trump no le gusta el jazz, ha añadido, «es porque el jazz es un idioma musical que tiene cierta complejidad «y todos sabemos que Trump no es capaz de entender argumentos complejos» ha rematado, acompañado de las risas de sus compañeros de coloquio y el respetable.

El que durante muchos años ha sido crítico de jazz para «El País» ha presentado de forma absolutamente caótica, un libro en el que repasa anécdotas, entrevistas y crónicas de conciertos de los que han sido los gigantes del jazz de los últimos treinta años. Parte el libro como solía decir Unamuno, «del sentimiento trágico de la vida» o lo que es lo mismo, de la pérdida. En este caso, de la pérdida del músico de jazz, que según el periodista (al mismo tiempo que el crítico musical), es un animal en vías de extinción.

No porque hoy en día no haya centenares de músicos estupendos, explica, «probablemente con mucha más técnica que Miles (Davis) o Charlie (Parker)» pero según su forma de ver, les falta un je ne sais pais quoi,  «una emoción que no se puede definir» y que probablemente está ligado a un modo de vida determinado, que hoy en día ya no se encuentra.

Sin querer decirlo pero diciéndolo a medias, parece apuntar con su dedo acusador (dicho esto con toda la ironía del mundo) a Wynton Marsalis, dominador absoluto de la escena del jazz durante las últimas tres décadas: un jazz técnico pero un tanto frío, que deja atrás el club para reinar en el Lincoln Center. «Yo no digo que para hacer buen jazz haya que ser alcohólico o darle a las drogas» afirma riendo, pero «esta generación de la botella de agua»… se queda un momento pensativo a punto de decir un «no nos representa».

No es que músico de jazz haya cambiado, sino que el mundo es ahora otro. Se da cuenta cuando la conversación se desliza sobre esa crisis que amenaza desde hace años a la profesión del periodista. «A mí ‘El País’ me ha pagado que ir dos días a Nueva York solo para entrevistar a Wayne Shorter»; «En la sección cultural de los periódicos tenías un experto en jazz, otro en ópera, otro en danza contemporánea…hoy en día y no siempre, únicamente la música clásica se salva».

En el mundo de lo inmediato, del aquí y el ahora, parece absolutamente lógico que a Donald Trump no le guste el jazz. Pensar antes de actuar, parar cuando quieres lanzarte, reflexionar antes de hablar. Solo así puedes conectar con el jazz.

 

 

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