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Goodbye, Lee Konitz: el saxo más alto deja de tocar

Hace dos semanas os contábamos cómo el infame COVID-19 nos había dejado sin la música de Ellis Marsalis. Hoy, vuelve a hacer de las suyas y nos deja huérfanos de Lee Konitz. A diferencia de la mayoría de los músicos de rock (Mick Jagger aparte), las carreras de las grandes estrellas del jazz se prolongan en el tiempo, como si quisieran vivir mil años para poder expresar toda esa música que llevan dentro.

Y pocos reflejan ese torrente de ideas que no se se agota como Lee Konitz. Con más de 70 años a sus espaldas sobre los escenario y más de 150 discos en una extensísima producción musical, resulta realmente complicado etiquetar o clasificar el genio de uno de los saxos altos más importantes de la historia.

Nacido en Chicago en 1927, consiguió convertirse en uno de los grandes del BeBop sin rendir «pleitesía» a Charlie Parker. Pero como el Bop no podía contenerle, pronto se adentró en otros géneros, trabajando por ejemplo en la grabación de «Birth of the Cool» junto a Miles Davis. Que un saxo blanco tuviera a mediados de los años 50 tanto protagonismo en una banda de jazz formada por negros despertaba no pocos recelos. De hecho, el propio Davis cuenta en su auto-biografia que fue muy criticado por muchos músicos negros por contar con un blanco en su banda, por muy «progresista» que fuese Nueva York en esa época.

Pero siendo muy importante, la colaboración con Davis apenas es una «nota a pie de página» en la biografía de Konitz. Pese que a trabajó y colaboró con los más grandes, no tardó en construir un sonido y un discurso propio, creando escuela y convirtiéndose como consecuencia en uno de los saxofonistas altos más influyentes de la historia.

De su enorme discografía merece detenerse en su álbum de 1961 «Motion: un tour de force», en el que toca en directo con el contrabajo Sonny Dallas y el batería Elvis Jones. En esa década destacan de la misma forma sus trabajos con otros grandes como Gerry Mulligan o Warne Marsh. Pero a Konitz lo que le gustaba realmente eran los nonetos, grupos que exigen un gran trabajo de composición y arreglos, y que para funcionar, sus integrantes tienen que estar enormemente compenetrados. Como suele decirse, en un trío o en un quinteto haces los que quieres, pero en un noneto hay que empezar a respetar ciertas reglas.

Así discos como «The Lee Konitz Nonet» (1977) o «Yes, yes Nonet» (1979) no son solo toda una declaración de amor a este tipo de formación, sino que se encuentren entre lo mejor de su carrera. De hecho, como cuentan en el obituario que le dedica «El Mundo», hace tan solo tres años (esto es a los 89 años de edad) se metió en el estudio para grabar en noneto «Old New Songs» , como si no le importase haber pasado las últimas siete décadas de su vida tocando.

El bueno de Konitz exploró (especialmente a partir de los años 70) todo tipo de fórmulas y como hizo Davis en su momento, del cool pasó a la fusión, a la electrónica y aún más allá, a la libertad total de formas, tocando pero a la vez reinventando como no ha hecho casi nadie hasta la fecha, todo tipo de standards.

En 2009 recibió la máxima distinción de la Asociación Americana de Periodistas de Jazz, la que reconoce toda una vida entregada a este género musical. Nos deja uno de los más grandes, de los pocos que nos quedan, de esa época dorada.

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