Historia

Los músicos de jazz mueren jóvenes

Los grandes músicos siempre mueren demasiado jóvenes. No importa si lo hacen a los 90 años, de muerte natural, o si es que decidieron apuntarse al «club de los 27», junto a Janis Joplin o Kurt Kobain.

En el caso del jazz, que algunos de los mejores músicos de la historia sean además yonkis de primera categoría no ayuda. Ningún ejemplo mejor que el de Charlie Parker para demostrarlo. Como decían los que le conocían, Bird no solo no era nada del otro mundo fuera del escenario, sino que además chuleaba siempre que podía a casi todos los que se le acercaban. Pero cuando tocaba…

Hipnotizados, muchos jóvenes músicos que frecuentaban los mismos clubs que Parker en los años 40, se convencían de que era la heroína la que conseguía que tocase como los ángeles. Así que comenzaban a inyectarse, porque todos querían ser el próximo Parker. Y si sabían que nunca iban a conseguirlo, también lo hacían por el mismo motivo que hoy se enciende un cigarro el fumador social. By the way, a Bird le encontraron muerto el 12 de marzo de 1955 en su habitación del Stanhope Hotel de Nueva York. El primer diagnóstico que realizaron los forenses hablaban de un varón adulto de entre 50 y 60 años de edad. En realidad, tenía 34.

Parker no fue por supuesto el primero. Cinco años antes Fats Navarro sufrió una muerte muy similar. La «gorda Navarro» como le llamaba Miles Davis, tenía todo para convertirse en uno de los mayores trompetistas de la historia. Pero a diferencia de Dizzy Gillespie, con el que rivalizaba en técnica y popularidad, le gustaban los problemas. A su adicción a la heroína se unió una cuesta abajo hacia el mundo de la obesidad mórbida, que le llevó  a dejar de saber cómo tocar. Cuando la droga puso fin a sus días tenía 26 años.

Y después de Parker, por su puesto John Coltrane. Solía decir que 1957 había sido el año de su «renacimiento». Había tocado fondo tras haber sido expulsado de la banda de Dizzy Glillespie (primero) y del quinteto de de Miles Davis (después) por no ser capaz de mantener mínimamente a raya sus problemas con las drogas, incluyendo una sobredosis casi letal.

Tras limpiarse por completo comenzó a tocar en el cuarteto de Monk (primero) y volvió con Davis (después) y durante los siguientes diez años grabó algunos de los mejores discos de la historia. Sin embargo, cambiar la heroína por el combo alcohol + LSD acabó por no ser la mejor de las ideas. Cuando en 1967 falleció a causa de un cáncer de hígado, tenía 40 años.

Con diez años más murió Billie Holiday. Por supuesto, cuanto te lees su autobiografía («Lady sings the blues») concluyes eso de que «pasó lo que tenía que pasar». La de Lady D era una personalidad adictiva en toda su complejidad. Al casarse con Jimmy Monroe, estafador y traficante de marihuana, comenzó a coquetear con las drogas blandas, pero para 1944 ya se estaba inyectando heroína con regularidad, lo que tres años más tarde le llevó a pasar un año en la cárcel tras «suspender» en un cacheo policial.

Dos años más tarde, la muerte de Lester Young, su amante pero sobre todo amigo, fue un mazazo que no pudo superar. Completamente colocada, la policía le negó la entrada en un hospital para recuperarse y de otro que sí consiguió entrar, acabó siendo expulsada al encontrar una enfermera droga bajo su cama.

Podríamos hacer este artículo eterno. Joven murió Eric Dolphy (36 años) aquejado de una diabetes que nunca se le llegó a diagnosticar. Joven murió Chick Webb (34 años) por una tuberculosis que aunque sí que llegó a superar, le dejó secuelas tan graves que este fantástico batería nunca pudo llevar una vida normal. Y por supuesto jóvenes murieron Nat King Cole (46 años, cáncer de pulmón) y Chet Baker (58 años, se «cayó» sospechosamente desde el balcón de una habitación de hotel en Amsterdam).

Mención especial merece la muerte del trompetista Lee Morgan. Conocido por su trabajo junto a figuras como las de Dizzy Gillespie o Art Blakey, acabaría siendo asesinado por su propia esposa en 1972. Morgan que por aquel entonces se «veía» con su amante en el club Slug de Manhattan, recibió la «visita» en febrero de ese año de una celosa Helen More-Morgan cuya única intención era montar «una escena». Al sacar la pistola del bolso sin embargo, esta se disparó accidentalmente hiriendo mortalmente a Morgan, que fallecía de esa forma a los 33 años.

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