Historia

Esto no es jazz, ¡Paren el concierto!

En Sigüenza todavía se acuerdan del que fue uno de los episodios más descacharrantes del jazz en España. De sobra conocido por muchos, por algún motivo hoy me he despertado con ganas de contarlo en Caravan.

Como suele decirse en estos casos, pongámonos en situación. Estamos en el año 2009, y la ciudad de la Alcarria como tantas otras en aquella época, presume de su pequeño festival de jazz. Al principio todo va razonablemente bien. La organización ha conseguido formar un cartel «apañado» y los aficionados a ratos sí y a ratos no tanto, disfrutan de los conciertos programados.

Y en estas estamos cuando Larry Ochs, el fundador de los influyentes Rova Quartet empieza a hacer lo que mejor sabe: jazz de vanguardia, ligeramente atonal. Nada en definitiva que no pueda escucharse en prácticamente todos los festivales que desde hace cincuenta años se celebran en medio mundo.

Como era de esperar, no todos los espectadores están «preparados». La música de Ochs no es para todo el mundo y si tu conocimiento del jazz no pasa del swing de los años 40 o aún peor, del mamoneo de Kenny G de los 80, en cualquier concierto moderno tienes todas las de perder. En esos casos, la reacción de la mayoría de los «despistados» no suele cambiar: o bien se arman de paciencia y «sufren el concierto en silencio», o bien de la forma más educada posible, hacen mutis por el foro y adiós muy buenas, nos vemos en el bar.

Pero claro, las cosas que pasan en Sigüenza, se quedan en Sigüenza. Así que uno de esos espectadores desconcertados con la música de Ochs, pensó que «hasta aquí hemos llegado» y «a mí no me vuelven a tomar el pelo». Sin esperar a que terminase el concierto, el espectador agraviado se dirige al cuartel de la Guardia Civil y denuncia que lo que se está escuchando en el festival no es jazz, sino «música contemporánea», género que el denunciante tiene «contraindicado psicológicamente» por prescripción facultativa.

Y aquí se habría quedado la cosa, si el «picoleto» que le atiende se hubiese limitado a despachar al demente como se hace en estos casos, o si en un acto de caridad, se hubiese avenido a rellenar el formulario ante sus narices para después quemarlo cuando nadie le viera. En vez de eso, el uniformado decide que la denuncia merece una investigación oficial con todos los medios, sirenas incluidas.

Es así como dispuesta a «esclarecer el asunto», la Guardia Civil se presenta en un concierto al que le quedaba más de la mitad. Tras escuchar unos cuantos minutos, el «benemérito/experto musical» llega a la conclusión de que el denunciante tiene más razón que un santo: el «ruido» que emite el saxo de Ochs ni es jazz ni puede llegar a serlo, por lo que se dispone a parar el concierto.

Hete aquí a la Guardia Civil subiendo al escenario, diciéndoles a los músicos que tienen que parar, y que dejen de tocar esa bazofia. Entre el público, el organizador del festival que se lleva las manos a la cabeza, para después subirse también al escenario e intentar razonar con los catetos. En mitad de la algarabía, unos músicos que no entendían lo que estaba pasando pero que ya no lo podrían olvidar.

O como dijo Ochs cuando todo hubo terminado y pudo concluir su concierto, «Yo creía haberlo visto todo, pero es obvio que estaba equivocado»

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