Lisboa
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Las ciudades del Jazz (III): Lisboa

Si no viviera en Madrid, probablemente lo haría en Lisboa. Sueño con la ciudad del “rio Tejo”, de sus escondites imposibles de Alfama, de ese sol resplandeciente en Castelo, sus cafés del Barrio Alto y del Chiado y por supuesto del Bacalhau y de los pasteis de belem. Una ciudad hecha a medida de paseo, de una amabilidad extraordinaria para el que la visita y con librerías en las que puedes perderte toda una tarde.

Y aunque es la ciudad del fado y de la saudade, residencia de cantantes como Ana Moura que recomiendo que escuchéis una y otra vez, la capital portuguesa también tiene un corazón que palpita a ritmo de jazz. Saber encontrar los mejores locales por supuesto, es otra cosa. Así que seguidme, que nos vamos de ruta.

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Pick Me Up Off The Floor: el jazz líquido de Norah Jones

En cierta ocasión una persona me dijo que todo lo que sabía del jazz es que era «música de ascensor». Lo curioso es que no era la primera vez que alguien que no había escuchado jazz en su vida, me decía algo así (¡Cuánto daño ha hecho la música de ascensor!). Armándome de paciencia, intenté explicarle que el jazz no tiene nada que ver con ese hilo musical que se escucha en la sala de espera del dentista.

Decidí ir con casi todo. «¿Conoces a Norah Jones?»le espeté. «Claro» me dijo sin demasiada convicción. «Escucha esto» continué, enviándole por WhatsApp el videoclip de «Don´t Know Why». «Esto está muy bien, pero esto no es jazz, esto es otra cosa» me dijo a continuación la autoridad musical. Como corríamos entrar en un juego en el que en realidad no tenía nada que ganar, decidí dar mi brazo a torcer y musité, «tienes toda la razón, ¿qué sabré yo?»

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Artistas, Es personal

Contra Wynton Marsalis

Voy a decirlo ya. No me gusta Wynton Marsalis. Y sí, reconozco que es uno de los grandes jazzmen que quedan. O que para muchos, la de Marsalis es la mayor figura que el jazz ha producido en los últimos 25 años. También le reconozco el mérito que tiene haber conseguido poner en marcha ese estupendo programa que responde al nombre de «Jazz at the Linconl Center». Pero no puedo evitarlo, me repatea. No soporto que su talento descomunal y lo que es una técnica que cualquier otro trompetista querría, se haya puesto al servicio de la banalidad, de la nada.

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Jazz en tiempos del COVID-19

Contaba en «La puerta de entrada al jazz», que empezar a disfrutar del jazz puede convertirse en un pequeño gran desafío si no sabemos qué escuchar o qué artistas, qué grabaciones. Así que he pensado que como todos vamos a pasar unos cuántos días «encerrados» en casa, podría ser una buena idea recomendaros unos cuantos temas que podéis escuchar en algún momento de la cuarentena. Os prometo una cosa: voy a conseguir levantaros el ánimo.

Sing, sing, sing (Benny Goodman)

Comenzamos con fuerza. Seguramente todos habéis escuchado este temazo compuesto por Louis Prima en 1936 y popularizado por Benny Goodman. Y lo conocéis porque lo habéis escuchando en unas cuantas películas: «Rebeldes del swing», «Historias de Nueva York», «Florence Foster Jenkins», «La torre del terror»… Pero también en capítulos de series como «Los Soprano», «Las chicas de Gilmore» o «Los Simpsons» e incluso, en videojuegos como «Mafia II» o «LA Noire».

Pocos temas como «Sing,sing, sing» reflejan mejor el ambiente de lo que debía ser un sofisticado club de Nueva York o Los Ángeles en los años 30-40. Pocos se han asociado tanto el mundo de la mafia, al ambiente de la Ley Seca o al de todos esos tugurios que nos imaginamos en cualquier novela negra. Subid el volumen de vuestro equipo al máximo y poned este tema. ¿No os entran ganas de dejarlo todo y poneros a bailar?

Take Five (Dave Brubeck)

¿Recordáis el anuncio del Seat Ateca del año pasado? Sí, estoy hablando precisamente de este anuncio. Escuchad la música de fondo. ¿No parece tremendamente actual? Lo que escucháis es «Take Five» uno de los temas más conocidos de Dave Brubeck y que se incluye en «Time Out», uno de los mejores discos de…1959. ¿Impresiona verdad?

Porque mientras que ese mismo año Elvis Presley estaba consiguiendo que miles de personas de todo el mundo agitasen sus caderas con «Heart Break Hotel», Dave Brubeck se marcaba uno de los temas más elegantes de la historia. Uno de esos temas que escuchar mientras estás en tu terraza favorita (cambia terraza por balcón de casa) mientras te tomas un gin tonic y piensas… ¿por qué nos empeñamos en hacerlo todo tan complicado? Poneros una buenos cascos y escuchad la batería de fondo. Es Joe Morello, uno de los mejores baterías de la historia. ¿Podéis hacer algo igual?

Caravan (Duke Ellington)

Estoy seguro que para muchos, «Whiplash«, la estupenda película de Damien Chazelle. Que una película que pusiera el jazz como tema principal fuese capaz de ganar tres Oscar en 2014 fue toda una contribución a la «causa».  Lo primero, si no lo habéis hecho ya, dejad de leer el blog y poneros a ver la película (disponible en streaming en Sky y en modalidad de alquiler en las principales plataformas).

¿Lo habéis hecho? Bien, pasemos a su banda sonora. Además de la propio «Whiplash», compuesta ad hoc para esta película, el tema que no podéis dejar pasar es «Caravan». El título del tema que da nombre a este modesto blog pertenece a lo que en términos jazzísticos se conoce como standards. Standards son aquellos temas que tras su «lanzamiento» se han hecho tan populares que nunca han dejado de ser interpretados y versionados a lo largo de los años, e incluso las décadas.

Escuchad el Caravan de John Wasson que se incluye en la banda sonora de Whiplash. ¿Verdad que no suena como un tema compuesto en 1936? Escuchad ahora la composición original, la compuesta Duke Ellington y Juan Tizol…¿notáis todas las diferencias? Aquí sí que escuchamos cómo suena un piano en los años 40. Pasad ahora a la versión de Wes Mongomery (1962)… puros años 60. Esa libertad sin límites es lo que hace que el jazz sea tan especial.

Precious (Esperanza Spalding)

Lo reconozco. Para los tres primeros temas de los que os he hablado me he ido algo lejos: a los años 40, 50…¡incluso a los años 30! Así por si os lo estabais preguntando, sí, el jazz moderno y actual existe. Seguro que os suenan nombres como los de Jamie Cullum, Norah Jones o Diana Krall ¿no es cierto? Y aunque desde luego no hacen solo jazz, desde luego hacen jazz.

Pero vamos a una intérprete menos mainstream…en España: Esperanza Spalding. En 2011,  Esperanza Spalding conseguía lo impensable: su segundo álbum de estudio, «Chamber Music Society»  la convertía en la ceremonia de los premios Grammy en la mejor artista emergente de ese año, arrebatándole a Justin Bieber un premio que se daba prácticamente como seguro. Desde entonces Spalding ha sabido demostrar que lo suyo no ha sido fruto de la causalidad y álbum tras álbum esta cantante y bajista se ha consolidado como una de las grandes referencias del jazz actual.

Black Radio (Robert Glasper Experiment)

¿Dónde se encuentran los límites del jazz? En las dos últimas décadas el jazz se ha fusionado con el rock, el flamenco, la bossa nova, la música electrónica e incluso con el rap. Se ha mezclado tanto que algunos artistas de jazz moderno no acaban de sentirse cómodos con una etiqueta que consideran que limitan su creatividad.

Uno de los mejores exponentes lo tenemos en «Black Radio». A cargo del «Robert Glasoer Experiment», reúne a algunos de los mejores artistas del jazz actual en uno de esos discos «únicos». No, no lo escuches ahora. Espera a irte a la cama. Coge ese libro de la mesilla de noche, empieza a leer y dale al play. ¿A que es diferente a todo lo que has escuchado hasta ahora? ¿A que no tiene nada que ver con esas imágenes que surgían en tu cabeza cuando pensabas en el término «jazz»?

Pues eso y no otra cosa es lo que estás escuchando en estos momentos. ¡Disfrutad!

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Clubs que cierran

Estoy seguro que la noticia no ha sentado nada bien a los aficionados del jazz. La información, que daba el Diario de Sevilla el pasado 11 de febrero decía lo siguiente: «Cierra el bar Naima, templo del jazz en Sevilla». 

Así que sí, un club más cierra sus puertas. En el caso del Naima, el próximo 27 de junio, fecha en la que su propietario, Jorge Moreno, pondrá fin a los más de 25 años de historia de uno de los clubs de referencia en España. No lo hace por falta de interés de los aficionados o porque no consiguiese atraer al mejor talento nacional e internacional. Lo hace por «simple» especulación urbanística. A partir de ese día el propietario del local le ha comunicado a Moreno que duplican el precio del alquiler y es que una jam session poco puede hacer contra la gentrificación de una zona.

Lo peor no es que cierre sus puertas, sino que probablemente en Sevilla no tomará su relevo un nuevo local de jazz. Y es que como afirma la canción, son malos tiempos para la lírica. En septiembre del año pasado Bogui Jazz en Madrid también cerraba tras más de quince años…y no era una sala cualquiera: DownBeat la incluyó mientras pudo como uno de los mejores sitios del mundo en los que escuchar jazz en directo. Unos años antes (2015), tras el fin de su alquiler de renta antigua, solo una petición en Change.org consiguió parar el cierre del Café Central de la capital madrileña, lo que hubiese supuesto un golpe del que quiero creer que la vida cultural de la ciudad no se hubiese recuperado. Clubs que cierran.

El cierre más triste para mí fue el del Café Populart. Probablemente no me habría aficionado al jazz si no hubiera tenido este club literalmente en frente de casa. Y es que todo lo que tenía que hacer si quería escuchar la mejor música era cruzar la calle, empujar la puerta en la que se anunciaban los próximos conciertos y sentarme en uno de sus sillones de cuero para tomarme una caña, a veces solo, las más, acompañado.

Por lo menos tuve la «suerte» de no tener que sufrir el cierre en directo. Cuando me enteré  yo ya me había cambiado de casa. Fue al pasar por casualidad por la calle Huertas un día cualquiera, con ganas de escuchar música y tomarme esa cerveza, cuando me di cuenta de que ya no estaba. Otra vez, gentrificación de mierda. Me quedó el consuelo ese día, como otros tantos, de bajarme andando hasta el Jazz Bar de la calle Moratín…que aunque no da conciertos, te puedes sentar a escuchar… por mucho que ahora se haya sumado a la moda afterwork.

Clubs que cierran. Y los que quedan o los pocos que abren, no pueden dedicarse exclusivamente al jazz. A los madrileños nos queda el Café Berlín, la Sala Clamores, o la Galileo pero no son clubs en stricto sensu. Son salas de conciertos que frecuentemente incluyen en su programación a solistas y grupos de jazz… y por supuesto que se agradece… but you know…no es lo mismo.

Una sensación de ese estilo la tuve en mi última visita a Valencia. Porque tras haber ido unas cuantas veces «de paso» hace un par de meses tuve la oportunidad de dedicarle un par de días a la ciudad. Y así me arrastré esperanzado hasta el Jimmy Glass…para descubrir que un jueves a las 20.00 de la tarde, estaba cerrado. ¿El motivo? Sólo abre cuando hay concierto y durante el tiempo que dura el concierto. Y entiendo que tiene que ser así: si no, no hay rentabilidad. Pero es una pena tremenda que así sea. Clubs que cierran.

Por favor Junco, no cierres nunca.

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Jazz en la era del #MeToo

Ha sido el año del #MeToo. El año en el que las mujeres han decidido decir basta y denunciar a los que las acosan, las discriminan, las ningunean. Hemos visto a Harvey Weinstein entre rejas y cómo los cimientos de muchas industrias (cinematográfica, tecnológica, musical) han temblado como no lo habían hecho antes. La onda expansiva de la primera denuncia ha llegado a todo y a todos, y como no podía ser de otra forma, también al jazz.

En 2019 pero también antes, se han acumulado denuncias de mujeres que han sido acosadas en escuelas musicales tan importantes como Juillard (aquí el testimonio de la trombonista Kalia Vandever), se han escrito cartas dirigidas al «patriarcado», denunciando la situación de dominio masculino que se da en el mundo del jazz (os recomendamos la lectura de «An open letter to Ethan Iverson (and the rest of jazz patriarchy)» firmada por la percursionista Sasha Berliner) y artistas consagradas como Esperanza Spalding han dado viva muestra de lo que supone ser mujer en una escena musical fuertemente dominado por los hombres.

Pero la denuncia es solo el principio. Señalar a los que acosan ha sido el primer paso. Este mismo año hemos asistido al nacimiento de  «We have voice», un colectivo formado por mujeres del jazz que está trabajando para garantizar que el comportamiento depredador y sexista sea visto como aberrante, no como parte del coste de hacer negocios en el jazz.

Para ello y además de canalizar y amplificar las denuncias que se siguen produciendo en esta escena musical, han creado un código de conducta y un sello propio, al que pueden adherirse si lo solicitan y cumplen con el código, escuelas y centros de formación, festivales de música, casas discográficas y clubs. Pero como también afirman sus fundadoras (un grupo de 14 intérpretes entre las que se encuentran vocalistas, bajistas, o saxofonistas) lo importante no solo es denunciar, sino «transformar el mindset», cambiar de forma radical la forma de hacer las cosas.

Hasta la fecha, más de sesenta organizaciones de todo el mundo han suscrito los principios del movimiento, incluyendo festivales tan importantes como el Winter Jazzfest de Nueva York, centros educativos como la Universidad de California además de numerosos sellos, ensembles y espacios para la difusión de la historia del jazz, como el National Jazz Museum de Harlem.

Al mismo tiempo, la percusionista y productora musical Terri Lyne Carrington, ha creado el «Berklee Institute of Jazz and Gender Justice», una organización que como leemos en su página web, «se centrará en la equidad en el campo del jazz y el papel que desempeña el jazz en la lucha más amplia por la justicia de género. El instituto celebrará las contribuciones que las mujeres han hecho en el desarrollo de esta forma de arte, y promocionará condiciones más equitativas para todas las carreras de jazz en un esfuerzo por trabajar hacia un cambio cultural necesario y duradero en este campo».

Queda por supuesto mucho por hacer, empezando por una presencia mayor de la mujer en escenarios y festivales, en la promoción de carreras musicales y en su llegada a puestos de dirección pero tras décadas de abusos, las mujeres del jazz por fin han tomado la palabra.

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A Donald Trump no le gusta el jazz

La frase no es mía. La ha pronunciado hoy el periodista Chema García Martínez en la presentación de su libro “Tocar la vida. El músico de jazz: vueltas en torno a una especie en extinción’” del que ya os hablé la semana pasada. Y si Trump no le gusta el jazz, ha añadido, «es porque el jazz es un idioma musical que tiene cierta complejidad «y todos sabemos que Trump no es capaz de entender argumentos complejos» ha rematado, acompañado de las risas de sus compañeros de coloquio y el respetable.

El que durante muchos años ha sido crítico de jazz para «El País» ha presentado de forma absolutamente caótica, un libro en el que repasa anécdotas, entrevistas y crónicas de conciertos de los que han sido los gigantes del jazz de los últimos treinta años. Parte el libro como solía decir Unamuno, «del sentimiento trágico de la vida» o lo que es lo mismo, de la pérdida. En este caso, de la pérdida del músico de jazz, que según el periodista (al mismo tiempo que el crítico musical), es un animal en vías de extinción.

No porque hoy en día no haya centenares de músicos estupendos, explica, «probablemente con mucha más técnica que Miles (Davis) o Charlie (Parker)» pero según su forma de ver, les falta un je ne sais pais quoi,  «una emoción que no se puede definir» y que probablemente está ligado a un modo de vida determinado, que hoy en día ya no se encuentra.

Sin querer decirlo pero diciéndolo a medias, parece apuntar con su dedo acusador (dicho esto con toda la ironía del mundo) a Wynton Marsalis, dominador absoluto de la escena del jazz durante las últimas tres décadas: un jazz técnico pero un tanto frío, que deja atrás el club para reinar en el Lincoln Center. «Yo no digo que para hacer buen jazz haya que ser alcohólico o darle a las drogas» afirma riendo, pero «esta generación de la botella de agua»… se queda un momento pensativo a punto de decir un «no nos representa».

No es que músico de jazz haya cambiado, sino que el mundo es ahora otro. Se da cuenta cuando la conversación se desliza sobre esa crisis que amenaza desde hace años a la profesión del periodista. «A mí ‘El País’ me ha pagado que ir dos días a Nueva York solo para entrevistar a Wayne Shorter»; «En la sección cultural de los periódicos tenías un experto en jazz, otro en ópera, otro en danza contemporánea…hoy en día y no siempre, únicamente la música clásica se salva».

En el mundo de lo inmediato, del aquí y el ahora, parece absolutamente lógico que a Donald Trump no le guste el jazz. Pensar antes de actuar, parar cuando quieres lanzarte, reflexionar antes de hablar. Solo así puedes conectar con el jazz.

 

 

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JazzMadrid19 y…¿el final del jazz?

Llego unos días tarde para escribir sobre JazzMadrid19. Así que si estás leyendo este post, seguramente ya sepas que Herbie Hancock inauguró el festival el pasado día 28 de octubre y que como cuenta Iker Seisdedos en su crónica para ELPaís, el pianista que ya calza casi ochenta años, parece estar viviendo una segunda juventud, llenando salas de todos los tamaños y públicos siempre entregados.

Y  aunque Hancock ya pasó, aún estás a tiempo de no perderte algunos conciertos interesantes, como los de Lizz Wright, Charles Tovillet, o el Marc Ribot Quartet. Por razones que no vienen al caso, en la edición de este año no iré a ningún concierto, aunque eso sí, me he reservado el próximo 8 de noviembre para ir a la presentación del libro «Tocar la vida. El músico de jazz: vueltas en torno a una especie en extinción» (Chema Martínez): es decir, una vez más, debatir si el jazz ha muerto o si se está reinventando (es decir si ha resucitado y no nos hemos enterado).

Lo cierto es que en estos momentos, al menos en España, asistimos a un fenómeno de lo más curioso. Por un lado, se organizan más festivales de jazz que nunca. JazzMadrid, JazzAlDía (San Sebastián), JazzVitoria…tantos que prácticamente las 52 capitales de provincia españolas, además de muchas ciudades pequeñas y medianas programan anualmente su propio festival de jazz.

Pero al mismo tiempo, cada vez hay menos salas en las que los músicos de jazz puedan tocar. Que una ciudad como Madrid, solo pueda exhibir tres salas (Café Central, Bogui Jazz y El Junco) clama al cielo. Y no es que la capital de España no pueda competir con ciudades como Londres, París o Berlín… es que tampoco puede hacerlo con ciudades mucho más pequeñas como Praga o Lisboa, en las que el jazz se ha cuidado mucho más.

Se podría argumentar desde luego con razones de peso, que lo que ha pasado en Madrid no solo atañe al jazz, sino a la música en vivo en general. Que casi cuarenta años después de la Movida, la escena musical madrileña agoniza bajo el peso de la ordenanza municipal. O también se podría decir que el jazz no es un estilo musical para millenials, que no encaja con el autotune de la generación Z,  «que bastante tenemos que aguantaros a los pollaviejas. Menos Jazz y más Trap.». Y desde luego algo de razón hay en todo ello.

Así que sí, los que disfrutamos con esta música tenemos racionalmente, algunas razones para claudicar. Los conciertos se llenan, pero seguimos escuchando con nostalgia música de hace más de cincuenta años. Se nos llena la boca hablando de nuevas formas y originalidad…que sin embargo no hacen sombra a unas vanguardias que llevaron este estilo musical al máximo se su expresividad no ahora no, sino a principios de los años 70. Y cuando podemos leemos DownBeat, JazzWise o Jazz Magazine sí, pero porque no hay ninguna publicación que se edite en España.

Así que no, no tenemos salas de música, ni publicaciones, ni presencia en medios pero oye, tenemos festivales…¡Al menos eso!

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La puerta de entrada del Jazz

Comentaba hace unas semanas con unos amigos algunas de las mejores escenas de Whiplash, la gran película de Damien Chazelle, en la que el oscarizado por esta película J.K Simmons, interpreta a un histriónico profesor de jazz , capaz de llevar al borde de la locura a los alumnos de su Big Band.

Y la conversación discurría dentro de los límites de lo habitual hasta que uno de ellos puso sobre la mesa el comentario cuñado: “el jazz es un coñazo. Está bien  si estás en un club, tomando una copa, tal vez con la compañía adecuada. Pero aún así, es un coñazo”.

En ese momento no supe qué responder. Tal vez si hubiera dicho “creo que el jazz de los años 50 es mejor que el actual” o “¿no te parece que el jazz está sobrevalorado o es muy intelectual?” habríamos tenido la oportunidad de intercambiar puntos de vista, un yo soy más de Ellington, a mí Miles Davis no me lo tocas...ese tipo de cosas. Y ya puestos, comentar esa grandiosa versión de Caravan que John Wasson firma para la banda sonora de la película.

Pero lo suyo fue una enmienda a la totalidad. Y claro así no hay manera. Fue como un “no sé cómo puede gustarte la ópera si solo cantan gordos” o “yo es que no soporto el cine en blanco y negro”. Argumentos de tal fuerza auto-conclusiva que no admiten ningún tipo de respuesta.

Pero lo reconozco: no es fácil entrar en el mundo del jazz. O mejor dicho, es difícil encontrar la puerta de entrada. En parte la culpa la tiene un mundillo que en algunos momentos y de forma deliberada, ha optado por encerrarse en sí mismo. Y en parte, la misma estructura de la música tampoco ayuda: no sirve para radio-fórmula, salvo que sólo disfrutes de las composiciones de los años 30 y 40 del siglo XX no es música bailable y en sus versiones bastardas, se ha convertido en música de sala de espera.

El problema es que como mi amigo, abundan las personas que tienden a considerar el jazz como un todo. Y de la misma forma que Mecano no tiene nada que ver con The Beatles, o Michael Jackson apenas se parece a Madonna, en el jazz la situación es similar. No es lo mismo el Swing que el Bebop, el Hot de los años 20 no se asemeja al Cool que nace 30 años después…por no hablar del Acid Jazz, Latin Jazz, Free Jazz y tantos otros.

Supongo que para cruzar esa puerta, cada uno tiene que encontrar la llave que necesita. Escuchar a los más grandes, ir de vez en cuando a clubs, ver vídeos en directo en Youtube, o recuperar ese “Jazz entre amigos” que Juan Carlos Cifuentes presentó en TVE hasta 1991.

En mi caso, todo empezó con Miles Davis. Primero con “Birth of the cool” y después con el imprescindible “Kind of blue”. Pero sobre todo ha sido el libro “Historia del Jazz” escrito por Ted Goia el que me ha servido para descubrir un mundo que nunca imaginé que podía convertirse en ese espacio propio, cálido y confortable, que todos buscamos.

Así que si todavía no lo has hecho… piénsatelo…Dale una oportunidad.

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