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Es personal

Ikigai o cómo el jazz me ha «salvado la vida»

En «Instrumental. Memorias de música, medicina y locura», James Rhodes cuenta cómo si no hubiese sido por la música, probablemente hace años que se habría suicidado. O lo que es lo mismo: la música le salvó la vida. Y no es el único. Basta una simple búsqueda en Google para comprobarlo: el resultado resulta tan abrumador, que el poder salvífico de la música se ha convertido en un meme de lo más divertido.

Por supuesto, no hablamos solo de personas que han estado a un plis de cortarse las venas. A muchos les ha servido para superar la depresión, una enfermedad, a alejarse de una adicción peligrosa…o simplemente como sustituta de la valeriana.

Así que si digo que a mí el jazz me ha «salvado la vida», supongo que no digo nada nuevo. ¿Qué cómo empezó la cosa? Parafraseando a J.D Sallinger podría decir eso de «si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás puñetas estilo David Copperfield»* pero la verdad es mucho más prosaica: un amigo puso en mis manos «Kind of Blue» y me dijo: «vete a casa, escúchalo y luego hablamos».

Y aunque la primera vez que lo escuché ni me gustó, ni comprendí nada, ese «luego hablamos» me llevó a descubrir a Coltrane, Parker, Holiday…y luego a Ornette, a Mingus y Monk…para un año más tarde, asistir a mi primer concierto, en el Reduta Jazz Club de Praga. En cartel, violín y guitarra en una versión moderna de Stéphane Grappelli y Django Reinhardt. Para cuando salimos del local dos horas después, ya no había vuelta atrás: quería saber más.

Que al poco tiempo en el escaparate de mi librería favorita se exhibiera el «Historia del Jazz» de Ted Gioia, fue algo más que una feliz coincidencia (probablemente fue esa la puerta de la que hablo en este artículo). Fue, si vamos a ponernos cursis, una «epifanía» en toda regla. Una que me llevó a pasar los siguiente cuatro o cinco años leyendo jazz, escuchando jazz, y rogando a mi novia que de vez en cuando me acompañase a algún concierto.

¿La idea? Caravan Jazz

Todo hubiese quedado aquí si, en una cena con amigos y tras unas cuantas copas no se nos hubiese ocurrido una de esas ideas que normalmente no llegan a nada: poner en marcha un blog de jazz. Hacerlo, como dicen los ingleses, «for the sake of it», es decir, sin pretensiones, solo porque podíamos y nos parecía divertido hacerlo.

El cinco de febrero de 2019, se publicaba el primer artículo en Caravan: «La extraña fruta de Billie Holliday». No es que brindásemos con cava después de pulsar el botón «Publicar» pero desde luego, esa noche lo celebramos en uno de nuestros «templos»: el Jazz Bar, uno de los pocos en los que puedes escuchar jazz en Madrid a cualquier hora. No tardamos sin embargo en descubrir que la vida diaria no era siempre compatible con nuestros sueños de millonario. O que, a fin de cuentas, siempre hay una excusa para ese «preferiría no hacerlo».

Aún así, hasta finales de ese año publicábamos artículos al «tram tram», sin  demasiado claro en realidad por qué lo estábamos haciendo. Personalmente, si de vez en cuando volvía a ponerme al teclado, era porque descubrí que cada vez que escribía me sentía realmente bien haciéndolo; que en esa hora u hora y media que duraba el proceso, podía apartarme de todos esos pensamientos que se acumulan a lo largo del día y no aportan nada. Escribir sobre lo que más me gustaba se convirtió en mi pequeña terapia.

Más adelante, esa terapia se convirtió en la tabla a la que agarrarme durante el confinamiento. Escribía más porque por supuesto, tenía mucho más tiempo para hacerlo, pero también porque mientras lo hacía, podía olvidarme del número de contagios, de las mascarillas, de los aplausos en los balcones. Porque aunque desde luego que todo eso era lo que más importaba, me generaba tanta ansiedad que durante dos horas al día necesitaba desconectar por completo, trasladarme a un mundo «sin pandemias».

Con mi nueva normalidad a cuestas, me topé con ikigai, una palabra japonesa que hace referencia a la idea de la felicidad de vivir: qué es lo que te motiva cada vez que te levantas cada mañana. Qué es lo que hace que cada día sea especial. Y sí, mi familia y mis amigos hacen que cada día merezca la pena; pero hay algo en mi vida que es solamente mío. El jazz. Algo en lo que, «síndrome del impostor» mediante, creo que no hago mal.

Puede que el jazz no me haya salvado literalmente vida, pero consigue que me sienta bien cada mañana, cuando solo en casa y ante un nuevo día de teletrabajo en perspectiva, me permito el lujo de poner a Kamasi Washington a todo trapo.

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3 thoughts on “Ikigai o cómo el jazz me ha «salvado la vida»

  1. Pingback: La puerta de entrada del Jazz - Caravan

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