Moisés P.Sánchez
Conciertos, Otros

Una noche con Moisés P.Sánchez

La escena se sitúa al finalizar el concierto, en el pequeño parque que rodea el Teatro La Abadía de Madrid. Ahí estamos los tres: Itziar, Rafa y el que escribe estas líneas. Comentamos lo obvio: que el concierto que acaba de dar el pianista Moisés P.Sánchez, ha sido un «bolazo», una de esas experiencias que por nada nos hubiéramos querido perder y que desde luego, lo que en ese momento procede, es tomarse unas cervezas. A la salud de nuestros compañeros, Javi y Raquel.

Y es entonces cuando con unas merecidas flores en la mano, Moisés se nos acerca. “¿Os ha gustado el concierto?” Nos pregunta. “Nos ha encantado” respondemos a la vez. Y entre algunos chascarrillos se dirige a Rafa y le pregunta, ”¿Tú eres meduseando jazz, verdad?” A lo que Rafa, riéndose, contesta, “Sí, Jazz y Meduseo. Y así tras intercambiar algunas frases más nos despedimos de Moisés…convencidos de que por un momento, las cosas podrían ser como antes, en esa vieja normalidad que todos echamos de menos. Saltemos ahora al principio de esta historia, a la crónica de este concierto.

Jazz y filosofía eléctrica

Quien no haya tenido la ocasión de disfrutar de un concierto en el Teatro de La Abadía debería hacerlo en cuanto se presente la próxima oportunidad. Sin duda, el lugar tiene algo de mágico; de sentarse en la butaca y prepararse para lo inesperado. Es aquí, en la atmósfera única que se crea en la antigua capilla del colegio Sagrada Familia, en la que el pianista Moisés P. Sánchez ha ofrecido uno de los conciertos más esperados del ciclo que ofrece esta nueva edición del Festival Internacional de Arte Sacro de Madrid.

Llevaba Moisés al festival de este año su visión personal del “Tractatus”, la obra más famosa de Ludwig Wittgenstein, en la que el filósofo alemán teoriza sobre cómo el lenguaje da forma y crea nuestros pensamientos. Y es en una suite musical de siete movimientos, en la que el pianista se propone precisamente eso: descubrir cómo la música nos transmite no ya solo emociones más o menos primitivas, sino también conceptos sobre los que podemos reflexionar una y otra vez, incluso cuando hemos dejado la sala; ideas que quedan ahí, como los posos del café.

El propio Moisés cuando nos presenta el programa, reconoce que la tarea que tiene por delante no es fácil: “el creador debe dominar en la medida de lo posible, la mayor amplitud de formas de comunicación para poder transmitir la idea al oyente y darles formas de maneras muy diversas, lo que conlleva un trabajo reflexivo y cognitivo muy profundo que enlaza con la soledad del filósofo” explica. Y desde luego que utiliza formas. Sobre el escenario le acompaña piano de cola, teclados wurlitzer y moog, mesa de mezclas, un ordenador portátil así como diversos pedales y efectos. Casi nada.

En cada una de las siete piezas que componen el concierto (desde “Acto I ‘El mundo es la totalidad de los hechos’ a Acto VII ‘Silencio vs Ignorancia’) la liturgia sobre el escenario es muy similar. En el ambiente empiezan a brotar efectos sonoros cargados de electricidad, samples y loops (desde el piar de unos pájaros a ondas catódicas distorsionadas), que Moisés ajusta ligeramente sobre la mesa de mezclas, creando imágenes densas que explora poco a poco, acariciando las teclas del rhodes, como susurrando pequeños juegos de palabras.

Cuando esas palabras quedan, siempre interrogantes, suspendidas de hilos sobre nuestras cabezas, la acción se traslada a continuación al piano de cola. Los efectos especiales se atenúan y como si se abrieran las compuertas de una presa al límite de su capacidad, la sala se inunda con un torrente de notas que nos zarandean, nos arrastran, nos sumergen hasta la asfixia y que de vez en cuando, en momentos de tensa pausa, nos dejan respirar.

Si en “El arte como ciencia” la carga energética se exprime al máximo en los tonos más graves, en “Positivo vs Negativo” los dedos vuelan recorriendo una y otra vez todo el piano; y si en “El lenguaje como límite” la acción pianística nunca pierde de vista esa nota dominante que precisamente marca el límite, en el último cuadro, “Silencio vs. Ignorancia” Moisés acaba regalando detalles de música impresionista, sutil, que se va apagando para marcar así el fin del concierto.

Moisés P. Sánchez compone e interpreta música sin delimitar fronteras y en este concierto lo demuestra una vez más. Los arreglos eclécticos, los efectos musicales sorprendentes, o el gran espectro de estilos musicales que se despliegan a lo largo de la obra, son solo una pequeña muestra de lo que es capaz.

En ese “lo que es capaz” solo podemos reprochar, con la boca pequeña, esa tarea previa en la que el artista parte en la busca del pitch perfecto para cada uno de los sonidos electrónicos que se introducen en las piezas, y que no siempre acaba por encontrar, bien porque en ocasiones se producen distorsiones no deseadas, bien porque notamos cierta desconexión emocional entre esa introducción “sintética” y la idea que a continuación se desarrolla sobre las teclas.

Con todo, es lo de menos. Dejarnos arrastrar por este “Tractatus” musical es una gozada que disfrutamos a lo largo de cada uno de los minutos de la hora escasa que dura el concierto. Y demostrando una vez más que es unos de los grandes pianistas europeos del momento, Moisés consigue dejarnos con ganas de más. Tanto, que cuando al final de la noche llegamos a casa, pinchamos su último álbum: “There’s Always Madness”, uno de esos discos que nunca nos cansamos de recomendar.

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