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María Toro, «Cada vez me siento más cerca del folclore, de la música popular, pero no solo del de Galicia»

Hay artistas con los que conectas emocionalmente con su música de alguna forma más especial. Los factores son diversos y por supuesto subjetivos. María Toro ya estaba en las playlists que escuchaba en India, donde estuve viviendo hasta junio de 2019; su sonido cálido con componentes de la música brasileña y del flamenco encajaban muy bien en el ánimo de esa etapa vital mía tan activa en Nueva Delhi, una ciudad muy verde y calurosa.

Pero no ha sido hasta esta última primavera que he empezado a escuchar con atención su último trabajo – Fume – ahora uno de mis discos favoritos del año 2020. En mi opinión un trabajo que logra un equilibrio perfecto entre sus raíces gallegas y su lado más cosmopolita, con una amplia paleta de influencias difuminadas y bien hiladas hasta producir un sonido propio, maduro.

Contacté con María porque llevo algún tiempo con interés en indagar en la experiencia vital y profesional de las artistas de jazz de mi generación en un entorno nacional – el de España – que hasta no hace tanto era casi exclusivamente masculino. En 2021 todavía se pueden contar con los dedos de las manos las artistas que en España están sacando adelante una carrera profesional liderando proyectos propios en el terreno del jazz. María es una de ellas.

María Toro es instrumentista (flauta travesera), compositora, arreglista y productora de jazz y flamenco. Al contactarla, dijo que prefería una conversación cara a cara a rellenar un cuestionario, una oportunidad estupenda para conocer en mayor profundidad su experiencia personal y profesional. La conversación fue más o menos así:

Suiza, Nueva York y Río de Janeiro ¿Qué destacarías de cada experiencia?

MT: Cuando me fui a Suiza, me fui a trabajar con una compañía de danza que mezcla danza contemporánea con el flamenco, y tenía muchos músicos españoles que íbamos allí a trabajar meses y meses; a lo mejor 9 meses al año entre giras y ensayos.

Vivíamos todos en una misma casa, ensayábamos juntos, fue en resumen una gran convivencia y una experiencia super crucial para mí, porque ahí fue la primera vez que yo empecé a componer y experimentar con lo que se llama composición colectiva, que es algo que yo nunca había hecho antes; en ese momento no tenía ningún proyecto propio.

Tenía muchos objetivos con la música, pero no tenía composiciones hechas ni discos grabados ni un proyecto que hubiera liderado yo. Ahí empezamos a trabajar componiendo para el baile y lo hacíamos de manera colectiva. Nos juntábamos, probábamos cosas, íbamos haciendo ensayo-error. Y eso es algo privilegiado para un músico. Pensar que te están pagando por eso es como un sueño. Y así íbamos elaborando la música de lo que luego iba a ser el espectáculo.

Pasábamos cuatro o cinco meses en ese proceso de creación combinándolo con el baile, que es otra de mis pasiones, tocar para el baile. Una vez estaba el espectáculo formado, empezábamos la gira, especialmente por Suiza, pero también por Alemania… La compañía es Flamencos en Route. Ahora están en un momento difícil por esto de la pandemia, pero ha sido una compañía grande que ha girado muchísimo, es muy conocida en Suiza.

Y de ahí decidiste pegar el salto a Nueva York, ¿Cómo vino eso?

MT: Fui a Nueva York a visitar a unos amigos que estaban allí viviendo después de haber terminado los estudios en el Berklee College of Music (Boston), porque cuando acabas la etapa formativa, tienes un año de visado de estudiante para que puedas prolongar tu estancia en Estados Unidos, y lo que suelen hacer la mayoría es irse a Nueva York, porque Nueva York es la cumbre de las cumbres artísticamente hablando. Yo tenía allí varios amigos pasando un año y fui a visitarles. Y el contacto con la ciudad fue tan impactante que en ese viaje ya decidí que iba a ir a vivir allí. Fue una decisión muy visceral. Volví a Madrid, acabé los compromisos que tenía de conciertos y me saqué un visado de turista para volver.

¿Y qué te has traído de vuelta de Nueva York?

MT: Pues lo más grande – comenta entre risas – me he traído un disco, una banda, vivencias, experiencia, intercambios culturales. Me he traído de todo. Estuve varios años y el resultado es que ahora tengo visado de artista».

Ya volviendo a un tono más serio continúa:

Fue crucial para mí. Nueva York es una ciudad, que, aunque puede ser hostil, una ciudad tiburón, también es una ciudad que artísticamente es generosa y tiene espacio para todo el mundo.

Si tu vas con buena energía, porque hace falta, pues si no, también te puede arrastrar la ciudad, te das cuenta de que es inabarcable (artísticamente hablando). Nunca hay un día igual a otro, ni una cosa igual a la otra y eso fue muy importante para mí a nivel personal y artístico. Me había ido sola con una maleta y nada más, con mucha ilusión, pero también con mucha incertidumbre, y la experiencia de Nueva York me dio mucha asertividad. Y a nivel musical me dio la fortaleza para dar un paso adelante y entrar más de lleno en el jazz y empezar a escribir mi propia música.

¿Y cómo llega la idea de pasar de Nueva York a Río de Janeiro?

MT:  A Río me fui por cuestiones personales, pero también lo vi como una oportunidad porque siempre me había llamado mucho la atención la música popular brasileña y el jazz de Brasil. Brasil se convirtió en una oportunidad a nivel de experiencia personal y musical.

A Río ya llegué también en un momento en el que ya tenía más avanzada mi carrera, con más temple y las ideas más claras en cuanto cómo definirme artísticamente. Allí aproveché mucho la oportunidad de tocar con músicos de jazz brasileño, que no tenían nada que ver con el tipo de músicos con los había estado conviviendo – artísticamente hablando – en Nueva York. La diferencia está en que el jazz brasileño está muy influenciado por la música popular brasileña.

Allí es imposible que no haya un contagio de los géneros porque la música popular brasileña está muy viva. Está en cada esquina, vas a comprar fruta y la gente está cantando su música…

En Río también fui madre, allí nacieron mis dos brasileñitos. Allí grabé mi segundo disco, con la participación de Hermeto Pascoal y otros músicos de su entorno y también saqué mucho jugo a esa experiencia con Hermeto, que para mí había sido siempre un gran referente y no me podía imaginar que iba a acabar grabando un disco con él.

Hermeto es como un Coltrane vivo, una leyenda conocida mundialmente. Su música es objeto de estudio en muchos sitios. Cuando yo estudiaba en la Escuela de Música Creativa de Madrid, tenía una asignatura en la que Hermeto era materia obligatoria y yo recuerdo que yo salía llorando de clase… Al final fue muy emocionante cuando pude compartir mi disco con mi profesor de Madrid, con tres temas grabados con Hermeto.  

Y cuando volviste a Madrid, ¿cómo fue esa vuelta?

MT:  Pues llevaba casi una década fuera y ya había vivido en Madrid cuando había estado estudiando jazz en la Escuela Creativa, pero ahora volvía con otro bagaje; aún así fue volver a empezar casi de cero; tenía contactos, amigos que perduran en el tiempo. Pero claro, la ciudad había evolucionado, no era igual que antes.

Ya en Madrid y pese a la pandemia, decides lanzar un tercer disco. ¿Qué destacarías de este nuevo trabajo?

MT:  Había llegado a Madrid con el segundo disco recién grabado y me pasé los dos primeros años presentándolo, haciendo giras por España, Europa, Latinoamérica y EEUU. Volví también a Brasil con ese repertorio. Así que dos años después iba tocando vitalmente grabar otro. Y ese disco ya se estaba cocinando antes de la pandemia; en mi cabeza eso ya estaba porque realmente los temas no salen de un día para otro.

Esas piezas vienen de más atrás, de vivencias que vas teniendo y que al final te sientas y dices: «ahora voy a escribir todo eso que ya tengo». Ideas que has ido recogiendo en trozos de papel o en grabaciones que haces con el teléfono. Yo ya tenía previsto que quería grabar en 2020 y cuando vino la pandemia vi que ese era el momento. Si no podía tener conciertos y no podía salir de casa, ¿qué podía hacer? Pues componer. Aunque también tuvo sus complicaciones porque tengo dos hijos que también se tuvieron que quedar en casa con nosotros. En cuanto nos dejaron salir, fuimos al estudio y lo grabamos.

¿Es un álbum autoproducido o esta vez lo has hecho con un sello discográfico?

MT:  Es efectivamente autoproducido. Los costes de producción los financié yo…

¿Y Jazz Activist qué papel juega en todo esto?

Jazz Activist es el sello de un amigo mío y aunque yo me autoproduzco y autofinancio mis trabajos, él luego me acoge dentro del catálogo de su sello y bueno, con eso cubro también un poco formalidades como tener un código de barra y un sello que haga también esa función de integración de tu música en un catálogo específico.

Cambiando un poco de etapa y de tema… ¿Cuándo entraste en contacto con el jazz y cuándo decidiste orientar tu carrera profesional hacia el jazz?

MT: Cuando terminé los estudios superiores de música clásica tenía mucho interés por la música popular, por la improvisación y la experimentación. Yo sabía que tenía que ir más allá de lo clásico. Lo clásico me daba herramientas y hoy día agradezco tener esas herramientas que me permiten poder ejecutar las ideas que se me ocurren.

En esa misma época descubrí a Jethro Tull, el rock progresivo, también a Jorge Pardo, y pensé que tenía mucho por explorar con el instrumento. Cuando acabé la carrera busqué becas para seguir formándome y conseguí una para la Escuela de Música Creativa de Madrid para estudiar jazz. Me fui de A Coruña a Madrid. Y ahí me cambió la vida, porque fue como empezar a hacer otra carrera. Y paralelamente empecé en el flamenco, que parece que es por casualidad, porque mientras estudiaba en la Creativa, en el primer año de estudio un flautista que tocaba en una compañía de danza y estaban a dos días de estreno se rompió un brazo.

Buscaban a un flautista de última hora y yo me tiré a la piscina. Pero cuando llegué pensé: «¡Madre mía!, ¡dónde me he metido!», porque claro el flamenco no tiene nada que ver con lo que yo conocía. En primer lugar, no es académico, va todo por unos códigos muy concretos que van más allá de lo musical.

Es una corriente cultural con raíces muy profundas, pero con esa oportunidad entré en contacto con otro género que poco tenía que ver con el jazz, pero sí con la improvisación. Y desde aquel primer concierto fueron saliendo más cosas mientras paralelamente estudiaba jazz, y acabé combinando las dos cosas, que para mí es una combinación perfecta. El jazz representaba lo académico en ese momento y cuando me iba a los tablaos aprendía otro lenguaje, el “de la calle”. Ahí se aprendía a base de ensayo y error.

¿Hasta qué punto estabas siendo pionera en este terreno híbrido o de fusión?

MT: Quién empezó con todo esto fue Jorge Pardo y el sexteto que tenía con Paco de Lucía en los años 70. 

En eso no somos los primeros, es verdad que vamos detrás, pero con el tiempo mi música también ha seguido evolucionando y aunque mantiene elementos flamencos, mi música ya no es tan flamenca actualmente, ahora también estoy integrando el folclore de Galicia, creando así mi propio lenguaje artístico, que es obviamente híbrido.

¿Recuerdas algún referente femenino como instrumentista de jazz en tu entorno de generaciones previas a la tuya?

MT: No, he crecido sin referentes femeninos musicales de mi instrumento. Por supuesto ha habido vocalistas o artistas de otras disciplinas que me han inspirado. Pero lo cierto es que referentes femeninos a mi alcance no he tenido.

¿Lo has echado en falta?

MT: Sí, claro, por varias razones. En primer lugar, en mi etapa más joven me costaba manejarme en esos códigos masculinos donde siempre había algún componente sexual. Eso estaba ahí y yo no sabía manejarlo. Y luego más adelante cuando fui madre, ahí tampoco tenía referentes cercanos que se hubieran enfrentado al mismo reto de conciliar la maternidad con una carrera musical en el jazz.

Bueno, obviamente teníamos referentes, pero que en cierta manera eran inalcanzables, mujeres que escuchabas en los discos y veías en la tele. Se me viene a la mente Esperanza Spalding, por poner un ejemplo; alguien que a mí me parecía inalcanzable. Pero referentes reales en mi entorno diario no existían.

  Y tú ahora, ¿No te estás convirtiendo un poco en referente para generaciones más jóvenes?

MT:  Sobre todo, me contactan mujeres en la música que también van a ser madres o que ya tienen hijos y que me preguntan cómo he conseguido yo conciliar esas dos facetas de mi vida. Porque ahora también ves a mujeres muy jóvenes que entran en escena pisando muy fuerte y que no necesitan preguntarme a mí cómo se hace, porque ya ellas mismas arrasan con todo lo que ellas traen, lo cual me parece maravilloso.

El punto delicado viene con la maternidad, y ahí mucha gente me pregunta ¿cómo haces para tener dos hijos y ser una madre presente y a la vez grabar discos y tener una carrera y hacer giras internacionales?

Giras internacionales, un tema que quería sacar precisamente. ¿Tienes conciertos próximos fuera de España?

MT:  Tengo conciertos sobre todo en España, y por suerte bastantes para ser un segundo año de pandemia. Tengo también previsto participar en un festival en Cerdeña, Italia y también posibles proyectos en Latinomérica y en Europa, pero no están cerradas todavía, porque ahora con la pandemia, los conciertos se confirman como máximo dos meses de antelación, cuando antes podías tener fechas fijadas a un año vista.

Estás en el catálogo AECID ¿Surgen oportunidades interesantes de la diplomacia cultural?

MT:  Sí, precisamente iniciamos una gira maravillosa que iba a incluir México y Centroamérica, que sin embargo no pudimos terminar porque justo en ese momento irrumpió la pandemia.

La gira estaba prevista que fuera de 20 días e incluía México, Guatemala, Nicaragua, El Salvador y Honduras. 20 días para presentar los temas de mi trabajo anterior (Araras, 2017). Justo a mitad de gira tuvimos que volvernos.

¿Qué ha supuesto la pandemia en tu carrera?

MT:  Pues se me fueron al traste muchos proyectos; tenía un montón de cosas para hacer super bonitas a lo largo de 2020 y nos quedamos todos un poco con las manos vacías.

¿Se han pospuesto o cancelado estos proyectos?  

MT: Algunos se cancelaron y otros se pospusieron, pero los que se pospusieron no tienen fecha definida todavía.

Lo que sí que es cierto es que solo dejé de tocar entre los meses de marzo y junio de 2020, pero desde julio en adelante y hasta hoy no he parado de tocar; aunque no es al nivel de antes y solo a nivel nacional.

A nivel personal la pandemia ha sido un momento para reflexionar y cuestionarte quién eres, qué quieres, qué debes priorizar y, sacando algo positivo de todo esto, una oportunidad de reflexionar con calma sobre hacia dónde va uno con lo que está haciendo.

¿Y hacia dónde quieres ir?

MT:  Pues ahora mismo siento que tengo mucha energía, mucho para dar y que no estoy pudiendo hacerlo. Tengo un disco grabado el año pasado que está casi sin rodar. Apenas he hecho tres conciertos o cuatro basados en el repertorio de ese disco. Porque, aunque esté grabado, ese repertorio no está empleado a su máximo potencial; de cada concierto sacas algo nuevo.

Mi objetivo a corto plazo es poder seguir presentando en directo ese disco. Paralelamente van surgiendo ideas nuevas. Cuanto más creas más creativo eres, e ideas sueltas tengo que voy escribiendo o grabando, pero todavía no han cobrado forma para un próximo disco.

Lo que sí sé es que cada vez me siento más cerca del folclore, de la música popular, pero no solo del de Galicia. Es algo que me atrapa. Pero como decía, lo primero de todo es rodar el repertorio de Fume. Aún no me ha dado tiempo a saborear este último disco como me gustaría.

María Toro actuará en Madrid en el Teatro del Bosque (Móstoles) el 13 de mayo y el 14 de mayo en el Teatro Monumental.

También forma parte del cartel de Jazz Obert, el festival de jazz de Menorca, donde actuará en cuarteto el viernes 28 de mayo.  

Fotografías de Lola García Garrido

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Raquel Rodríguez es traductora editorial de alemán e inglés y aficionada al Jazz

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