Miles Davis
Discos

«In a silent way»: la revolución silenciosa

Las revoluciones, aparte de necesarias, suelen ser traumáticas. En el mundo de la música y cuando un artista ya dispone de una prole de seguidores con oído holgazán y acomodado a determinados sonidos, es complicado que una nueva forma de componer e interpretar cale hondo entre ellos. Afortunadamente nuestro planeta está habitado por gentes de tímpanos menos obtusos capaces de abstraerse de los clásicos y que dejan arder en la basura los prejuicios que les llenan los bolsillos cada mañana sin que se den cuenta. Personas que saben reconocer algo que en ocasiones es complejo de entender: la pureza en el cambio y su necesidad por el bien del futuro de la cultura musical.

Es una tarea complicada y que no todos los músicos son capaces de afrontar, sobre todo porque se pone demasiado en riesgo. Es admirable el valor de enfrentarse a las críticas feroces de la prensa, a la pérdida de seguidores y compañeros de grupo, a la incomprensión, a la imposibilidad de contestar a la manida cuestión del “¿por qué?, si antes sonaba espectacular” o a la lejana pero cruda posibilidad de que una carrera musical fulgurante se vaya al traste.

A muchos ya les ocurrió, y sus músicas para ascensor quedaron relegadas al fondo del cajón de sastre de los conserjes de grandes edificios.  Otros, en cambio, asumieron el riesgo y salieron victoriosos. Este es el caso de uno de los álbumes que, de manera silenciosa y sin grandes pretensiones, supuso el primer brote de una de las ramas del jazz que conforman el gran árbol del género. Hoy hablamos de “In a silent way” (Columbia Records, 1969), del que el crítico estadounidense Lester Bangs dijo: ”Esta es la clase de álbum que te da fe en el futuro de la música”.

In a Silent Way
Portada del álbum «In A Silent Way» de Miles Davis

El rumbo eléctrico y Joe Zawinul

No era la primera vez ni iba a ser la última en que Miles Davis arriesgara su labrado futuro profesional tratando de plantear innovaciones impensables para la época. La década de los 60 había sido especialmente fructífera: el trompetista publicó con Columbia algunos de sus mejores álbumes, empezando por el archiconocido “Kind of Blue” (1959) que ya supuso la introducción de una nueva manera de entender el jazz, pasando por las magníficas innovaciones colegiadas por su amigo y confidente Gil Evans y terminando con los numerosos éxitos con su primer y segundo quinteto.

Este período llega a su fin con dos álbumes en los que se empezaban a intuir las primeras manifestaciones sobre el nuevo rumbo de su música: “Miles in the sky” y “Filles de Kilimanjaro” (Columbia, 1968). Toda su música hasta el momento había seguido una línea más o menos continua, casi siempre con acierto y girando en torno a las bases que él mismo estableció en sus publicaciones estelares años anteriores. Por tanto “In a silent way” llegó como un soplo de aire fresco a una industria musical que acababa de decir adiós a uno de los grupos más influyentes de la historia: The Beatles.

Recordemos que nos encontramos en pleno auge de las protestas contra la guerra de Vietnam, con Richard Nixon al mando del país y el hombre pisando por primera vez la luna. Desde el punto de vista musical también se produjo uno de los grandes acontecimientos mundiales que, a buen seguro, influyó en la carrera del trompetista. Sobre todo por la querencia de sobra conocida de Miles hacia el rock, provocada por la eclosión de nuevas figuras emergentes del género que lo relegaban a él y a su música a un plano secundario: Woodstock 69 llenó de paz, amor y electricidad el “White Lake” de Nueva York con artistas de la talla de Janis Joplin y Jimi Hendrix.

Este giro en la ruta habitual de Miles tuvo su confirmación absoluta cuando escuchó al teclista austriaco Joe Zawinul tocando el piano eléctrico en el “Mercy, Mercy Mercy” (Capitol, 1967), álbum del entrañable saxofonista Cannonball Adderley. En una entrevista que Robert L. Doershuk realizó a Miles en 1987 para la revista “Keyboard”, él mismo reconoce que “probablemente fue Zawinul quien me metió en esto, él se adaptaba a todo lo nuevo”; incluso Joe ya estaba en su punto de mira desde hacía tiempo: en la autobiografía conducida por Quincy Troupe, Zawinul es nombrado cuando Wynton Kelly se incorporó como pianista, aunque no es hasta 1969 cuando definitivamente entra en el grupo para participar en este álbum y en el legendario “Bitches Brew” (Columbia, 1970).

Joe Zawinul junto a Wayne Shorter

El descubrimiento del sintetizador fue otro de los factores decisivos para el golpe de timón: “era lo que necesitaba para conseguir los sonidos de Gil Evans de manera barata pero en una banda pequeña”. Incluso llegó a prescindir del piano tradicional declarando que la naturaleza del mismo era la de incitar a los pianistas a exagerar, a tocar de más y a meterse en medio buscando un protagonismo innecesario, mientras que el sintetizador conducía a un pensamiento más disperso y quizá colaborativo, donde la fuerza del conjunto y el equipo quedaba reforzada.

La introducción de estos elementos electrónicos provocó la disolución de su propia banda, con lo que la apuesta por una nueva música terminó confirmándose. A Miles nunca le preocupó lo que muchos críticos y compañeros le censuraron por iniciar esta empresa tan alejada del jazz clásico, para él la cuestión iba mucho más allá de las modas recientes: necesitaba de todos esos instrumentos y de los músicos que mejor los tocaran para dar rienda suelta a la creatividad que en aquella época más le inspiraba. También para saciar su necesidad constante de innovar: “Tengo que cambiar. Es como una maldición. Los viejos clichés mueren y afloran los nuevos. Yo nunca miro atrás”.

De nuevo, el mejor equipo para armar la revolución

Sobre los integrantes del equipo que participaron en “In a silent way” quizá no hagan falta muchas presentaciones porque el empaque de sus nombres denota la importancia de lo que se grabó aquel día: Wayne Shorter al saxo soprano, que ya llevaba una temporada con Miles después de pasar cuatro infatigables años junto a Art Blakey; el potente tridente al piano eléctrico con Chick Corea, Herbie Hancock y Joe Zawinul; Dave Holland al bajo reemplazando a Ron Carter; Tony Williams a la batería, imprescindible con su entendimiento del ritmo; y un jovencísimo John McLaughlin a la guitarra eléctrica y que con 27 años veía cumplido su sueño de tocar con Miles Davis.

Quizá sea la incorporación de este instrumento tan asociado al rock lo que terminaba de adaptar la música del trompetista a los ritmos del momento, algo que los seguidores de Miles hemos echado siempre de menos en el disco precedente “Filles de Kilimanjaro”. McLaughlin, a pesar de su corta edad, no era un novato en la materia. Y su fichaje para la grabación cobra más sentido cuando se echa una ojeada a su historial anterior: Eric Clapton, The Rolling Stones o David Bowie son sólo algunos de los nombres ilustres que contaron con el sonido de su guitarra. 

La influencia del teclista Joe Zawinul en el álbum es notoria e importante, y personalmente considero que es uno de los 3 pilares (junto al propio Miles y al productor Teo Macero) que fundamentaron el éxito del álbum. Como ocurriera en “Kind of Blue” con el tema “Blue in Green” y Bill Evans, con “In a silent way” existió en su momento cierta polémica sobre su autoría.

A Zawinul se le atribuye la concepción original del tema principal y que da nombre al álbum, aunque Miles Davis la hizo propia pasándola por su filtro picassiano, como bien explicaba el guitarrista John McLaughin: “Joe trajo la melodía, pero Miles sacó su verdadera esencia, su belleza”. Es inevitable compararlo con lo ya sucedido con “Blue in green”, y las similitudes se hacen aún más patentes leyendo a Chick Corea cuando le preguntaron sobre la grabación: “Miles era el pintor, y su paleta de colores éramos los músicos. No había música escrita que yo recuerde”. 

Muchos años después de la publicación de “In a silent way” y a pesar de haber cobrado los royalties como autor, Joe Zawinul siguió reconociendo que no se sintió muy cómodo con lo que Miles Davis y el productor Teo Macero hicieron con su tema, ya que se eliminaron algunos acordes críticos, se redujo demasiado y las armonías quedaron muy minimalistas. Un tema conceptual que fue compuesto originalmente en Austria por el propio Zawinul durante una jornada invernal y que toma el nombre de Nat Adderley, el hermano de Cannonball Adderley: “Oye, esto es muy bonito, parece hecho de una manera silenciosa”, fueron sus palabras cuando escuchó por primera vez el tema. 

Un año más tarde, en 1971, su autor grabó el tema a su gusto con un equipo de intérpretes similar en el álbum de Atlantic Records de título homónimo. Y es curioso escuchar ambos para entrar en el imaginario musical del autor (Zawinul) y del arreglista (Davis). Ese mismo año Joe comenzó su andadura una de las bandas musicales que más  fusionaron y exprimieron las bases del jazz hasta hacerlo prácticamente irreconocible: los “Weather Report”, en donde músicos como Jaco Pastorius o Wayne Shorter terminaron de deslumbrar al mundo con su manejo del instrumento.

Miembros del grupo Weather Report

La grabación: Teo Macero o el productor como artista

Quizá una de las anécdotas que mejor pueden ilustrar en qué condiciones se grabó este álbum la refiere John McLaughlin: “Estaba nervioso, al fin podía tocar con uno de mis ídolos… se me acercó y me pidió que tocara la guitarra como si nunca la hubiera tocado, sólo un gruñido, sin tono, sin notas. No llegué a tener muy claro lo que esperaba de mí, pero sí el concepto. Cuando escuché el resultado final de la grabación me quedé en shock al comprobar cómo Miles me hizo tocar de una manera de la que no sabía que era capaz”. También Dave Holland relató el desconocimiento sobre la dirección que tomaría lo que iban a tocar ese día, y describió la sesión como muy relajada y casual. La aparente falta de planificación se resume con esta simple petición de Miles a Zawinul unas horas antes de empezar a grabar: “Trae algo de música al estudio”. Una vez allí, Miles hizo suyo el tema y comenzó a mirarlo a través de su particular caleidoscopio: “Cambiamos lo que había escrito Joe, cortamos los acordes que me estorbaban y destacamos la melodía. Aquella música nunca nadie la había oído, pero como ya hice en “Kind of Blue”, sabía que si los músicos eran buenos saldría música fresca y hermosa. Y así fue”. 

El resultado de la grabación de aquel 18 de febrero de 1969 en los famosos estudios de Columbia en la calle 30 de Nueva York es un álbum particular. Realizado en una sola sesión de tres horas, contiene únicamente dos temas («Shhh/Peaceful» y «In a Silent Way/It’s About That Time» con seis partes bien desiguales), uno por cada cara del LP y tiene una duración de casi 40 minutos. Quizá nunca hasta la fecha una grabación con tan corto recorrido había influido tanto en el género. Y su duración es una verdadera declaración de intenciones, de nuevo, sobre la base en la que se fundamentaban las ideas de Miles Davis: “menos es más”, con melodías reducidas a su esencia, apagados y eternos solos, evitando cambios de acordes y buscando el groove con sencillez. En “In a silent way” es posible advertir vetas del rock disfrazadas con algunos matices del jazz, siempre de la manera moderada con la que esos mismos esfuerzos innovadores dieron a luz a los otros giros musicales históricos que guió su trompeta.

Miles Davis y el productor Teo Macero

Tras esta intervención del productor en la grabación que salió a la venta hubo mucha controversia en el mundo musical acerca de si el resultado se aproximaba más al jazz o al rock, incluso algunos críticos como Martin Williams del New York Times no dudaron en calificarlo de “horrendo, por un empalme defectuoso de la cinta una parte de la música incluso se repite”.

No era consciente quizá de que con el paso del tiempo sería difícil ponerle una etiqueta a este “In a silent way”, porque huye de ellas. No es  jazz ni rock. Y es todo a la vez. Es una grabación universal sin límites aparentes que algunos simplemente califican como el inicio del periodo eléctrico del trompetista. Yo iría más allá por su parecido notable con uno de los álbumes más importantes del género, porque ambos cambiaron el lenguaje musical, o al menos la manera de entenderlo, y porque desde entonces el proceso creativo de Miles Davis se abrió a un torrente musical sin precedentes.

Por las circunstancias, por la nueva vuelta de tuerca que supuso para el jazz y por el personal con el que contó Miles, los mejores del momento. Como ya ocurriera en “Kind of Blue”, allí todo estaba dentro de su cabeza. Incluyendo la melancolía, el lirismo y la convicción sobre las capacidades de sus compañeros que le acompañaban en cada sesión. Para mí su éxito consiste en la hermosura completamente hipnótica y arriesgada, que es capaz de sumergirme en las aguas frías de un río que me arrastra, siendo consciente, y del que nunca quiero salir.

In a silent way” encarna el auténtico espíritu de “Kind of blue”, mucho más azul, con tonalidades más eléctricas donde la brisa suave y melancólica de este último se transforma en los momentos posteriores a la tempestad, allí donde huele a lluvia, a tierra mojada, a cansancio y a desvanecimiento. A la nada más absoluta que, sin saber muy bien cómo, te llena el alma de silencio. Un silencio que si alguna vez tuviera que sonar, estoy seguro que lo haría muy parecido a  lo que se grabó en 1969 en este álbum.

+ posts

Javi Ariola es ingeniero industrial, padre y aficionado al jazz. Defensor a ultranza de Miles Davis y Bill Evans.

Standard

2 thoughts on “«In a silent way»: la revolución silenciosa

  1. Miguel Ángel Aparicio says:

    Hola, felicidades por el artículo.
    Soy Miguel Ángel Aparicio. Nos conocimos en TR diseñando tanques sin saber que compartíamos esta pasión por el jazz, por MIles y por Bill Evans 😉
    He llegado aquí gracias a Rafa Bastida, que me ha recomendado el blog.
    Seguiré leyéndoos con atención.
    Un abrazo.

Deja un comentario