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«Todas mis despedidas»: un relato de jazz que merece un premio

Como uno de los mejores relatos de jazz del año. Así ha reconocido el Jazz Palencia Festival al trabajo de nuestro compañero Javi Ariola. El «IV Premio Internacional ‘Ramos Ópticos’ al mejor relato sobre jazz» organizado por el festival ha premiado a «Todas mis despedidas», el precioso cuento que narra la relación de un padre con su hijo con el jazz como hilo conductor de esa relación, con el accésit en la edición de este año.

Tal y como nos reconoce el propio Javi, ni mucho menos se esperaba este reconocimiento y entre risas nos cuenta que nunca le había pasado algo parecido: «La historia nació sin ánimo ninguno de llegar a conseguir un reconocimiento por ella, sino que surgió en vacaciones para matar el tiempo muerto de un par de tardes de verano. Cuando recibí la llamada del festival y tuve la oportunidad de recibir la felicitación del que fuera director de Discópolis, José Miguel López, no podía creerme que estuviera sucediendo. El relato no tiene nada de autobiográfico pero sí es cierto que la manera en la que el padre del protagonista recopila todas sus despedidas, ha sido algo en lo que he pensado mucho desde que tengo hijos. Me pareció una bonita manera de combinar la pasión por el jazz y la música en general, por el amor que un padre puede sentir por sus pequeños». 

El primer premio ha recaído en Antonio Oliveira Pérez (Zamora, 1979) por su cuento «Pensativo latón», que narra los recuerdos del saxofón de Charlie Parker que echa de menos a su dueño. Oliveira es profesor de Historia del Arte, actor, escritor, sobre todo de textos teatrales, y saxofonista del grupo de Jazz “Suricato Morse”.

En Caravan no podíamos estar más orgullosos del premio que acaba de ganar Javi, así que a continuación reproducimos la primera parte del cuento y te animamos a que, si te pica el «gusanillo» de la lectura, te descargues el resto.

«Todas mis despedidas», por Javier Ariola Menárguez

Llevaba unas semanas revuelto por dentro. Con los intestinos casi en la garganta y en su lugar la tristeza. Viéndolas venir, ausente, bajo montañas de trabajo y tareas caseras autoimpuestas. Siempre ocupado y preocupado. Pretendía viajar en el tiempo al más puro estilo Marty McFly alejándose del día muy próximo en el que se cumplía el primer aniversario de la muerte de su padre.

Era cuando la ciudad quedaba en silencio y se apagaban las farolas de las calles, el momento en el que sus meninges empezaban a atiborrarse de recuerdos, formando un castillo que solía terminar derrumbado sobre sí mismo hasta hacer de su habitación una piscina olímpica desbordada de lágrimas azules. Desde que él se fue para no volver jamás, su vida era un torrente inabarcable de emociones descontroladas y bipolares, convertidas a veces en auténticas ganas de no ser cuando aquella música que tanto los unió sonaba por casualidad en la calle o en alguna de las pocas emisoras que a día de hoy la ponían en antena.

Había decidido cerrar todas sus cuentas en las redes sociales y darse de baja en los servicios de escucha de música on-line. Vendió su televisor a las pocas semanas de quedarse solo y le regaló a una amiga el iMac con el que había teletrabajado durante los últimos meses en que acompañó la larga enfermedad de su padre. Incluso cambió su smartphone de última generación por un teléfono móvil arcaico de segunda mano con el que sólo podía hacer llamadas y mandar mensajes de texto.

Deseaba con todas sus fuerzas que esa música nunca hubiera sido inventada. Cuando se sumergía a solas en media docena de cervezas belgas, en casa, solía terminar tirado en el suelo maldiciendo a Nueva Orleans y a Nueva York, a Satchmo y a todo lo que oliera a jazz. Exponerse a esas notas significaba atravesar con cuchillas la piel hasta lo más hondo de sus entrañas.

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Rudy de Juana es periodista tecnológico y apasionado por el jazz. También podéis seguirme en MuyComputerPro.com y en rodolfodejuana.com

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