Herbie Hancock
Conciertos

Herbie Hancock, o cuándo quitarse el sombrero

Los que aún no hemos podido salir de Madrid en este canicular verano, sobreviviendo estoicamente al ardiente asfalto, hemos encontrado en el Jardín Botánico de la Universidad Complutense, un fresco y agradable último reducto de paz, cultura, y mucha y estimulante música, que ha hecho que, al menos durante unas horas, hayamos olvidado los pensamientos de playas, mares o montañas.

Y es que, en apenas dos meses, los amantes del jazz, hemos visto desfilar por el escenario de las Noches del Botánico a artistas tan ilustres como Pat Metheny, Chucho Valdés & Paquito D´Rivera, Eliane Elias, Snarky Puppy, Robert Glasper o Diana Krall. Pero la noche del 24 de Julio, aunque solo fuera por galones, y por historia, se preveía especial: Herbie Hancock, una auténtica leyenda viva del jazz visitaba Madrid. Así que tocaba abrir el armario, elegir las mejores galas, y, siguiendo el sabio consejo estilístico de Joaquín Sabina –“llevo sombrero por si se presenta una buena ocasión para quitárselo”-, ponerse el sombrero de las grandes ocasiones. 

Porque enfrentarte a la figura de Herbie Hancock es tan ilusionante como abrumador. Es ponerte delante de uno de esos últimos colosos que quedan en pie y activos, cuyos logros y aportaciones son prácticamente inalcanzables para la mayoría de los mortales. Es admirar 17 premios Grammy, al niño prodigio que con 11 años ya tocaba somo solista en la Chicago Symphony Orchestra conciertos de Mozart y de Bach; al músico que a los 22 años grababa como líder el debut más prodigioso y exitoso del jazz contemporáneo; que con 20 ya se había graduado en ingeniería electrónica; que antes de los 25 ya había firmado un puñado de auténticas obras maestras de la historia del jazz para Blue Note.

Es poder escuchar a uno de los miembros del histórico segundo quinteto de Miles Davis, probablemente el mayor allstars que haya existido en cuanto a combos de jazz -con Herbie Hancock, Ron Carter, Tony Williams, y Wayne Shorter-; al fundador de V.S.O.P, otro súper grupo legendario, y de los Headhunters; al compositor de bandas sonoras de películas tan míticas como el BlowUp de Michelangelo Antonioni, o Round Midnight, con premio Oscar incluido.

Es admirar a uno de los músicos más insaciables e indómitos que ha dado el Siglo XX, y el XXI, que más géneros ha probado y más caminos ha abierto experimentando con cualquier nuevo sonido o límite, rompiendo todo tipo de barreras. Es mirar de frente a más de seis décadas dedicadas en cuerpo y alma a la música, siempre en constante cambio y búsqueda, y alcanzando éxitos de manera casi continua. Es, en definitiva, la emoción de poder ver, en directo… ¡al puto Herbie Hancock!

Un aperitivo llamado Alfa Mist

Pero antes del plato fuerte de la noche, teníamos un interesante aperitivo: tocaba pasear por una de las más frescas y singulares propuestas actuales. Alfa Mist, el joven (50 años separaban a los dos protagonistas de la noche) pianista, compositor y productor, es otro de esos nombres a seguir para entender y completar la interesantísima escena del jazz británico actual.

Desde el centro del escenario, con su clásica gorra negra sobre la cabeza, y rodeado de varios teclados eléctricos y micrófono para rapear, lideró con solvencia, y mucha comunicación gestual, a su quinteto. Llamaba la atención la ubicación de la batería (normalmente relegada a posiciones traseras del escenario): a su izquierda y adelantada al borde del público. Pero al primer solo (de los varios memorables que protagonizó) ya entendimos el por qué. Nathan Shingler, con sus 20 añitos, y sus gafas de sol, hizo lo que quiso con el ritmo: enérgico, contundente, y desbocado por momentos, se llevó las más entusiastas ovaciones (premio “UK Young Drummer fo the Year” en 2019, para que os hagáis una idea del talento del chaval).

Pero no fue el único papel estelar: la dulce y elegante trompeta de James Copus (nombres como Avishai Cohen o su compatriota Matthew Halsall sobrevolaban con su sonido), y la portentosa guitarra de Jamie Leeming (con un sonido vigoroso y distorsionado que hizo las delicias del público más rockero), se fueron intercambiado los momentos protagonistas en cada tema, demostrando el gran talento colectivo e individual de la formación. La bajista Kaya Thomas-Dike, más sobria, y desde atrás, completaba el talentoso quinteto. 

Y es que es muy de agradecer, que en un mundo cada vez más globalizado, en el que nos puede llegar a costar diferenciar el sonido de un saxo de Nueva York de uno de Santiago de Chile, la propuesta de Alfa Mist es geográfica y personal. No se entiende esa música que fusiona jazz, con soul y hip-hop, impregnada de un profundo sentimiento de melancolía urbana, sin visualizar ese Londres lluvioso, grisáceo y underground cuyas calles recorre habitualmente; ni el fuerte contenido social y racial de su espíritu musical sin imaginarnos a un joven Alfa Mist criarse y crecer en el barrio de Newham, donde la cultura negra y el hip-hop le han marcado desde su niñez. Solvente e interesante propuesta, en definitiva, de unos músicos para no perder la pista; y buen y estimulante primer gran bocado de la noche, que no estaba más que empezando…

Hancock

Un Hankcock sideral

Y después de media hora de intermedio, llegaba el momento que las casi 3000 personas asistentes esperaban: Herbie Hancock aparecía sobre el escenario con una gran sonrisa, y un derroche de simpatía y carisma que no abandonaría en toda la noche, atreviéndose incluso con palabras en español en los numerosos parlamentos al público.

Y junto a él, completando un quinteto de auténtico lujo, unos músicos de los que de cada uno se podrían escribir ríos de tinta sobre sus logros individuales:  Terrence Blanchard, (otros 6 Grammys) el trompetista bendecido en sus inicios por Wynton Marsalis y Miles Davis – “el más brillante trompetista de su generación” dijo de él el bueno de Miles-, e historia de la música y de la cultura afroamericana por ser el autor de la primera ópera programada en la Metropolitan Opera House de Nueva York escrita por un compositor negro  (si, parece mentira, pero hasta Septiembre de 2021 nunca había ocurrido); Lionel Loueke el guitarrista de Benín, cuyo personal sonido, siempre limpio y elegante, es capaz de mezclar todo tipo de géneros y estilos, siempre con esas reminiscencias africanas que le hacen único ; James Genus al bajo, otro superdotado cuyo dominio tanto del bajo eléctrico como del contrabajo, y de cualquier estilo musical -funk, jazz, hiphop, etc- le hacen ser uno de los doubles más solicitados del momento (suyo fue uno de los momentos más espectaculares y delicados de la noche, tocando solo y superponiéndose en loop); y Justin Tyson a la batería, el “benjamín” y último en llegar a la formación, pero ya una estrella y habitual de la escena internacional acompañando a artistas de la talla de Robert Glasper o Esperanza Spalding.  

Primera gran ovación de recibimiento del público. Y gran acierto, por parte de la organización, dejar la zona de pista para el público de pie. Porque, sí, era un concierto de jazz, pero esa noche, se iba a bailar…y mucho. Y sorprendente la baja media de edad del público (especialmente en pista), teniendo en cuenta que estamos hablando de un artista de 82 años en el escenario, y haciendo un género (jazz) que no es precisamente el epítome del mainstream. Punto a favor de maestro. 

Y hechas las presentaciones, si algunos pensaban que Herbie está de gira para tirar besos desde el escenario y recibir cariño por pasearse, esta duda les duró hasta el primer estallido de la banda. Primer tema…y primera gran lección de maestría: “Overture”, un apabullante medley experimental de más de 20 minutos, en los que, como los grandes de las bandas sonoras del cine clásico (Maurice Jarre, Leonard Bernstein, Bernard Herrmann) que presentaban con una obertura inicial  todos los temas musicales que iban a aparecer a lo largo de la película; desfilaron uno tras otro todos los estilos y tipos de ritmos que nos iban a acompañar durante la noche, del piano acústico a los teclados electrónicos, del funk al rock, de la calma a la tempestad, de la limpieza a la distorsión sonora; pasando por todo tipo de efectos y texturas, y con unas primeras rondas de solos descomunales e inolvidables, en las que los cinco instrumentistas demostraron en la práctica el nivel excelso de la formación. 

Esto solo acababa de empezar, pero ya no había dudas. Todo el público tenía claro el extraordinario estado de forma del maestro a sus 82 años, dominando a lo largo de la noche absolutamente todo lo que pasaba en el escenario, y ejecutando a la perfección, con una destreza técnica y una rapidez de dedos asombrosa; y dejando mucho espacio y libertad al gran talento que le rodeaba. Ejemplo de ello fue el tema “Footprints” de su amigo Wayne Shorter, arreglo de Blanchard, y que sirvió de gran homenaje al saxofonista, con bromas sobre su avanzada edad incluidas por parte de Hancock (cumplirá 89 años este mes).

Destacable la actuación y el particular sonido de la trompeta de Terrence Blanchard, y curioso que, siendo uno de los grandes exponentes del neotradicionalismo del jazz, usara durante toda la actuación un efecto reverb, que, sobre todo con esos característicos golpes agudos de trompeta con eco, hizo que a muchos nos sobrevolara toda la noche la memoria del Miles Davis del “Bitches Brew” (inevitable la sombra del maestro…).

El resto del repertorio, fue prácticamente ya un homenaje a la década de los 70, que tantos éxitos le otorgó, y en la que tanto llegó a irritar a los puristas de jazz con todos sus excesos y experimentos; primero el homenaje a su antigua formación The Headhunters, con la interpretación de “Actual proof”, rompiendo cualquier tipo de barrera que hubiera entre el jazz, el funk y el rock; para continuar con “Come Running to me” perteneciente al exitoso álbum “Sunlight” (1978),  con la que resucitó el vodocer, ese invento, en su momento modernísimo, que robotiza la voz, y que usaba cuando, si no había conseguido suficientes logros en su carrera ya entonces, Herbie también soñaba con ser cantante, en plena ola del dance.

Gustará más o menos, pero escuchar este tema deja claro que sin sus hallazgos e innovaciones en los terrenos de experimentaciones sonoras y de género, grupos como Daft Punk, jamás hubieran existido. Y nos deja un tema para la reflexión: casi llegando al mismo resultado de sonido que el actual y sobreexplotado auto-tune, se debe entender bien la gran diferencia entre usar estas técnicas de manera conceptual abriendo vías musicales de investigación y experimentación, o por el mero hecho de seguir una moda, o peor aún, tapar carencias musicales o de talento. Otro punto para el maestro. 

Y para acabar, los bises…y la apoteosis final. Dos superéxitos, varios de los temas más versionados y reproducidos de la historia, ya no del jazz, sino de cualquier género y de cualquier pista de baile: “Cantaloupe Island”, una de las composiciones de jazz con mas groove y estilazo de la historia, que nos llevó de lleno a esos primeros años de su carrera (60s), en los que muy joven encontró una fórmula infalible de generar hits (armonías sencillas, pocos acordes, y melodías pegadizas como base para el lucimiento de sus músicos), y en la que Lionel Loueke se destapó con un solo verdaderamente antológico, sacando su lado más salvaje y rockero (quienes lo han visto seguro que no lo van a olvidar); y por último, “Chameleon”, de nuevo con el ritmo jazz-funk de los Headhunters, y con Herbie Hancock desatado por el centro del escenario con su keytar (teclado que se cuelga y se toca como una guitarra) blanco al cuello cual rockstar. Éxtasis final, y quien no bailó es porque realmente se opuso a las leyes del instinto y la naturaleza.

Tocaba despedirse, y agradecer a los músicos la magnitud del show que nos habían brindado. Pero aún íbamos a tener una última imagen que almacenar en la retina, y es que Herbie, aun habiendo estado toda la noche agradecido y cariñoso en sus palabras, se despidió, ya solo, con una serie de carreras al sprint de un lado a otro del escenario, para acercarse, aplaudir y agradecer al público su cariño y su presencia. Realmente admirable, ¡quién pudiera a su edad!. Punto, set… y partido, para este mito viviente de la historia del jazz.

Solo nos quedaba corresponderle con una última y gran ovación final. Porque en esos momentos, en una noche así, se aplaude el derroche físico y musical, la generosidad, el talento, y el show imborrable que nos llevamos en la memoria… pero también se aplaude el legado, la historia, los hitos y logros conquistados, los límites y barreras traspasados, el territorio ignoto conquistado. Se aplaude al mito, se aplaude a la leyenda. Se aplaude a la historia viva del jazz. Se aplaude… a Herbie Hancock. Y si, tenía razón, llévenlo. Porque hay grandes ocasiones, como esa noche, en las que quitarse el sombrero. 

Fotografías: Victor Moreno – Noches del Botánico

Alejandro Sanz Fraile
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2 thoughts on “Herbie Hancock, o cuándo quitarse el sombrero

  1. carmen says:

    Un blog estupendo
    He ido muchos años años al festival de jazz de Vitoria. Este verano tocó San Sebastián. Allí escuché también a Herbie Hancok en el Kursal. Fantástico, admirable!!!
    Leyendo esta crítica, tan bien matizada del su concierto en el Botánico, he recordado el de San Sebastián y he disfrutado una.vez más Muchas gracias
    Carmen

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