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Jazz at the Pawnshop: el disco de culto para los audiófilos

En esta antigua tienda de empeños se ha grabado uno de los discos con más calidad acústica de la historia del jazz

Hay discos que ocupan un lugar privilegiado en la historia del jazz porque supusieron un antes y un después en el recorrido de este género musical. «Kind of Blue» de Miles Davis, «A Love Supreme» de John Coltrane o «Köln Concert» de Keith Jarrett, pertenecen claramente a esta categoría. Otros en cambio, han conseguido destacar sin embargo por la calidad con la que han sido grabados. De estos últimos, ninguno es tan apreciado por los audiófilos que «Jazz at the Pawnshop», grabado el 6 y 7 de diciembre de 1976 en el Jazzpuben Stampen, un pequeño club de Estocolmo que previamente había sido una casa de empeños (de ahí lo de Pawnshop).

Sobre el escenario esos dos días encontraríamos una banda formada por el saxo alto y clarinetista Arne Domnerus, Bengt Hallberg al piano, George Riedel al bajo y Egil Johasen a la batería. En el programa, un completo set que comprendía blues populares como «Limehouse blues», clasicazos como «Take Five» o «Everything Happens To Me» y standards como el High Life de Wayne Shorter. Lo que iba a ser un «disco más», se convirtió sin embargo en uno de las grabaciones más vendidas de la historia, con más de medio millón de copias despachadas tan solo en Suecia.

Lo hizo no sólo contra todo pronóstico, sino en unas circunstancias que distaban bastante de ser las ideales para la grabación en directo. La sala estaba completamente llena, había mucho ruido de fondo y los músicos comenzaron a tocar sin haber ensayado previamente ni haber hecho ninguna prueba de sonido.

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Gert Palmcrantz: el milagro del sonido

Gran parte del mérito y por lo que este disco ha pasado a la historia se lo debemos no tanto a los músicos (que sin duda están excelentes), sino a Gert Palmcrantz el ingeniero de sonido de esa grabación. Palmcrantz era una de las caras visibles de Proprius Records y antes de 1976 ya contaba con unos cuantos discos en los que había demostrado lo que era capaz de hacer. Sin embargo el concierto en el Jazzpuben Stampen, era en realidad «otro día más en la oficina» y desde luego nadie sospechaba que acabaría convirtiéndose en una grabación «de culto» entre los audiófilos más exquisitos.

El club desde luego no invitaba a ello. El techo tenía una altura de más de cuatro metros y el escenario era tan reducido que apenas si cabía un piano de cola y una banda pequeña. Palmcrantz montó la pareja principal de micrófonos (Neumann U47) mirando hacia el escenario, a unos dos metros por encima del suelo, con una separación de unos 20cm e inclinados en un ángulo de entre 110 y 135 grados.

Esa forma de colocar los micrófonos recibe el nombre ORTF, en honor a la Office de Radiodiffusion-télévision française, quien inventó esta técnica y que según explicaría el propio Palmcrantz, en espacios reducidos, era el mejor método para conseguir un efecto estéreo y una espacialidad óptimos. A la vez, otro par de micrófonos se sitúo a la derecha del escenario, de cara al público, para de esta forma recrear la sensación de sonido «en directo» que se buscaba. Además se utilizaron otros micrófonos auxiliares de apoyo (junto a la tapa abierta del piano de cola y dos Neumann KM56 sobre la batería en el lado izquierdo del escenario). El bajo, de pie en el centro y conectado a un pequeño amplificador combo sobre una silla, se apoyaba en un Neumann M49, también en modo omnidireccional. El micrófono estaba colocado de tal forma que captaba el sonido tanto del instrumento como del altavoz del amplificador.

Una vez colocados los micrófonos, había que conectarlos. En aquella época no había multicables, así que Gert Palmcrantz tuvo que llevar los ocho cables desde el escenario, pasando por el bar y la cocina hasta un pequeño rincón entre un frigorífico y una pila de barriles de cerveza donde había construido su estudio improvisado: un mezclador Studer, dos reductores de ruido Dolby A 361 y dos grabadores Nagra IV que utilizaba alternativamente, ya que las bobinas de siete pulgadas sólo duraban 15 minutos .

A partir de ahí, Palmcrantz grabó una canción tras otra, alternando las grabadoras hacia el final de cada cuarto de hora para poder unirlos temas que sonaban entre cinta y cinta. La suerte quiso que todo el concierto pudiese grabarse de una sola vez y sin cortes…salvo una excepción: al final de uno de sus solos de batería, Egil Johansen se saltó un compás y estropeó ligeramente su entrada. Gert Palmcrantz recortó ese compás y hoy en día, un lugar de común en esta grabación es el de entretenerse en buscar ese corte, casi imperceptible.

Por lo demás, Gert Palmcrantz dejaba que la música fluyera libremente y apenas tocaba nada: simplemente se hacían pequeños ajustes para los solos o cuando los aplausos del público eran demasiado fuertes. El resultado fueron unas dos horas y media de música grabada cada noche. Tras la grabación, Gert Palmcrantz, en colaboración con los músicos y el productor Jacob Boëthius, editó las cintas originales en un doble LP. La calidad del sonido de este disco pronto se ganó la reputación de ser extraordinariamente, para sorpresa incluso de Palmcrantz y los músicos, que no esperaban superar de esta forma la calidad de sus grabaciones anteriores.

Junto a la música, en los mejores equipos (y eso es lo que vuelve locos a los audiófilos) podemos escuchar al público comiendo, el tintineo de los cubiertos contra los platos, conversaciones en torno a las pequeñas mesas circulares…y aquí y allá entre el tintineo de los vasos podemos escuchar el traqueteo de la caja registradora, o fragmentos de conversación entre los propios músicos. A veces se oye incluso otra música de fondo, la de un segundo grupo de jazz que toca en el sótano de abajo, el llamado Gamlingen (Oldie). Y todo ello no solo no molesta, sino que nos introduce aún más en el concierto, nos hace vivir el directo de una forma orgánica, preciosa, espectacular.

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