Nahuel Blanco

Los colores del Monte

Nahuel Blanco, el joven contrabajista chileno, sorprende con su segundo disco, Monte, donde al igual que en su debut, firma todas las composiciones. En Monte hay vida, campo y naturaleza. Y mucho −muchísimo− jazz.

Recién iniciado 2024, desde el sur nos llegaría Monte uno de los primeros discos que capturó la atención de los colaboradores de Caravan (ver reseña). No, no se trata de una de las tantas —y muy buenas, por cierto— propuestas andaluzas. Me refiero al sur del mundo, abajo, al final del mapa.

El contrabajista Nahuel Blanco (abril 2000, Santiago de Chile) no es un desconocido en este blog. En 2021, su disco homónimo, hizo presente a la escena del jazz chileno entre los discos comentados del año. Se trataba del debut, como líder, del contrabajista. Y si su primer álbum nos había dejado un buen sabor de boca, Monte nos confirmó que la proyección de Nahuel va muy en serio.

Blanco es un joven oriundo de Santiago, que ha vivido buena parte de su vida en la comuna del mismo nombre, o sea en el mismísimo centro de la capital de Chile. Hasta 2020, cuando por la pausa obligada que significó para todo el mundo el Covid-19, acepta la invitación de su padre a pasar “unos días” (que se transformarían en un año) al pueblo de Monte Lorenzo. Este redactor, chileno al igual que Nahuel, debe reconocer que debió buscar en el mapa donde se encontraba este lugar. Se trata de un pueblo rural de la región de O’Higgins, cerca de Coltauco, al sur de la capital.

Y así, como les ha pasado a muchísimos artistas, los temas de Monte son hijos de la pandemia.

“Estas composiciones, la mayoría de ellas son anteriores a mi primer disco. Son de las primeras que hice para formato jazz y estaban orientadas a otra orquestación (saxofón, batería y contrabajo), a un trío, muy influenciado por los primeros discos de Melissa Aldana”, comenta en referencia a su nuevo trabajo.

Monte

De aquella idea original quedaría una maqueta, grabada en el mismo pueblo de Monte Lorenzo, que nunca ha visto la luz. “Tal vez el día que me muera”, dice riendo.

Pero de esa maqueta al disco lanzado en enero de este año hay un abismo de diferencia. “Es loco, porque es la misma música, pero tocada de una manera distinta, grabada en una forma profesional, pero que con la visión de ahora agarró toda una onda (estilo) distinta a cuando las hice a los 20 años. Es muy loco como el jazz tiene un valor adquirido según con quién lo estás haciendo, el momento en el que lo estás haciendo, los instrumentos que utilizas”, agrega.

La reflexión viene al caso porque a diferencia de su disco debut, todo el proceso de gestación y grabación de Monte fue mucho más agitado. “Si fuera un hijo, Monte sería uno nacido después de una noche de pasión o encuentro ferviente. Tiene que ver con la participación de un saxofonista que conocí en octubre de 2023, Ignacio Moreno (saxofonista), con quien tuvimos mucha sintonía —buena onda, en chileno—, éramos de la misma generación, pero tenía que partir a EE.UU. en febrero del 24”, comenta Nahuel.

“Empezamos a tocar en octubre y lo invitaba a todas las fechas que me ofrecían. Ahí le propuse probar estos temas que tenía guardados. Se sumó Ramiro (Ayala, batería) y pensé que esa era la formación, un trío. Pero luego invité a tocar a Camilo (Aliaga) en quien confío plenamente ya que siempre hace sonar todo mejor y es como jugar fútbol con alguien que siempre te da un pase”. Pero faltaba algo más. “La idea del vibráfono fue una iluminación. Había hecho algunas composiciones, algunos arreglos orquestales que tenían vibráfono y creo que haberlo incluido en el disco lo hizo crecer de una manera increíble. La cantidad de armónicos y brillo que tiene es muy rico”, explica.

“Este disco, por ejemplo, tiene vibráfono, saxofón. Esto nace de la inquietud de tener un timbre que me guste. Eso ya lo nutre y no es necesariamente parte de una composición de la melodía que escribí originalmente, sino del color que se produce, de la persona, del touch que tiene, de cómo toca uno con otro”, se extiende Nahuel.

Pese a que desde que compuso los temas y el lanzamiento de Monte han pasado tres largos años, la sensación fresca de naturaleza, campo y vida quedó reflejada en el disco. Así lo pueden comprobar los lectores que hayan tenido la idea de poner el disco al leer este artículo. Para quienes no lo hayan hecho aún, la invitación está abierta.

Nahuel Blanco

La madurez de Nahuel

Actualmente Nahuel compatibiliza sus actividades como jazzista con sus estudios de música clásica en la Universidad de Talca (una región más al sur de O’Higgins). Del caos a la estructura.

“Me he dado cuenta de que lo que más me gusta del jazz y su máxima riqueza, es que es música colaborativa. Que se puede compatibilizar con lo que cada uno ha estudiado y sus influencias y que al final todo eso se junta. A diferencia de la música clásica, donde todos van a ejecutar efectivamente tus ideas lo mejor posible, en el jazz no, son tus ideas con la identidad de otra persona.  De lo que yo compongo o escribo, creo que hay solo un 30% de todo lo que resulta después, de toda la magia, color y sonoridades que adquiere”, reflexiona.

Muchas cosas sorprenden al hablar con Nahuel. Su temprana iniciación en la música (piano, batería y otros instrumentos pasaron por sus manos antes de decantarse por el bajo a los 13 años) y su rápida inserción en el circuito musical chileno, lo transforman un testigo privilegiado de lo que está sucediendo con las nuevas generaciones, pero también con aquellos músicos que hasta hace muy pocos años sólo veía como ídolos.

“Mi mamá vio que me gustaba la música y que tenía facilidad y me presentó a Christian Gálvez, que lo conocía porque era amigo de Carlos Cortes (baterista), Rossana Saavedra (cantante), todos exponentes del jazz. Mi mamá conocía ese mundo, conocía a Lautaro Quevedo (pianista), tenía el background del jazz en Chile… una vez fuimos juntos a escuchar unos conciertos de Gálvez y quedé loco. Yo quiero ser él cuando grande, pensé. Quiero hacer esta música”, cuenta. Sobre su maestro bajista hay que añadir fue uno de los artistas invitados en su primer disco y que, ahora, comparte habitualmente giras con él por distintos escenarios. 

La primera cosa que sorprende, y tal vez obvia, es que a sus 23 años acumula una experiencia como compositor y músico muy singular. Dos discos a cuestas, diversas colaboraciones, desde la participación en el disco del también novel pianista chileno Joaquín Fuentes (el muy recomendable La Búsqueda) a los 19 años hasta el disco de estándar que está por sacar, grabado en vivo en Talca, junto al propio Gálvez, Jorge Díaz (guitarra) y Sebastián Castro (piano), entre otros.

Lo segundo, es que Nahuel pareciera no ser consciente de esa madurez. Habla de “ponerse en el lugar de un artista”, casi como observador externo a la creación de arte.

He tenido la fortuna de poder llevar a cabo esos proyectos. Anteriormente en la música, era más normal. He grabado dos discos, he hecho algo, pero siempre va a ser relativo según con qué lo compares. Siento que hay un material que va representando procesos musicales que no quedan en la nada y siento que en el futuro podré poner play a esas etapas. Es una manera de tomarse una pausa y reflejar la música que estás haciendo en un momento, con quien tocabas y poder volver a eso. Es bacán (guay, en jerga local)”.

Nahuel Blanco, Monte (2024). Nahuel Blanco (composiciones y contrabajo), Camilo Aliaga (piano), Ignacio Moreno (saxo tenor), Mauricio Gallardo (vibráfono) y Ramiro Ayala (batería). Artistas invitados: Sebastián Jordan (trompeta en “12 pasos”), Raúl Aliaga (cajón peruano en “Pasante”). Fotografías: Carla Riquelme

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