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Imágenes del último concierto de Immanuel Wilkins en Madrid. Fotografías de Alejandro Sanz Fraile.

La IA que suplantaba a músicos de jazz

Para muchos artistas, la Inteligencia Artificial puede ser una tecnología de gran utilidad. A la hora de crear arreglos, mejorar composiciones o explorar nuevas combinaciones de acordes y estructuras musicales, la IA puede convertirse en una herramienta de trabajo más. En muchos casos, puede resultar ser útil para automatizar ciertas tareas de producción musical como la mezcla y masterización de pistas o incluso, puede utilizarse en la enseñanza para personalizar el aprendizaje.

Y sin embargo, en el lado tenebroso de esta tecnología nos encontramos con artistas que solo existen en el mundo de los ceros y los unos, algoritmos pensados para generar reproducciones en las plataformas de streaming, y en el peor de los casos, auténticos estafadores que aprovechan la permisividad de servicios como Spotify, para suplantar la identidad de músicos reales.

Estos últimos se han convertido en un auténtico problema y en las últimas semanas, han comenzado a extender sus tentáculos también a nuestro querido mundo del jazz. En Caravan dábamos cuenta hace unos días en nuestras redes sociales cómo nuestro querido Immanuel Wilkins publicaba un supuesto nuevo disco en 2024: «Bossa is the Antidote». Más allá de lo extraño del título y de la portada, sorprendía la música de un álbum en la que solo se escuchaba un ligero chill-out de guitarra, alejado de la fuerza explosiva del saxo alto de Wilkins.

El propio músico denunciaba ese mismo día la situación en sus redes sociales: ni había grabado ese disco ni conocía a los responsables de «No Colors», la supuesta casa discográfica que había subido la grabación a Spotify en su nombre, por lo que haría lo posible para que el disco fuera retirado (cosa que al parecer ha conseguido hace unas horas).

Esto podría no pasar de ser una anécdota, si no fuera porque días más tarde descubrimos un patrón que se repite. Al disco de Wilkins se seguirían un esperpéntico «Tales of Jazz» firmado supuestamente por el pianista David Virelles y casi al mismo tiempo, un tróspido «I Know Why» del también pianista Nils Kugelmann. Poco después, la encarnación artificial de Joel Ross subía a su página de artista «Far from home», un disco producido por «Nuovo Mondo Recording Studio» y una aberración musical, que poco tiene que ver con el que es uno de los artistas de cabecera de Blue Note.

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Este tipo de portadas son las que tienen que hacernos sospechar

Música para fantasmas

No es un fenómeno nuevo. En marzo de 2019, un álbum falso de Rihanna llamado «Angel» fue subido a iTunes y Apple Music, consiguiendo escalar posiciones hasta el número 67 en la lista mundial de álbumes más reproducidos antes de ser retirado de la plataforma. Ese mismo año, una filtración de «Pissy Pamper / Kid Cudi» de Playboi Carti y Young Nudy se subió a Spotify como «Kid Carti», bajo el nombre artístico de «Lil Kambo». Más de dos millones de streams después, «Kid Carti» alcanzó el primer puesto en la lista de los 50 más populares de EE.UU. antes de ser eliminado.

Entre un momento y otro (la publicación y la retirada del disco) los estafadores probablemente consiguieron arrancar a los servicios de streaming unos cuantos cientos o miles de dólares por las reproducciones registradas. En 2023 y tras una denuncia por parte de Universal y otras casas discográficas, Spotify comunicaba que eliminaba miles de temas de su plataforma, ante la sospecha de que no solo se habían generado utilizando un servicio de Inteligencia Artficial (Boomy) sino que además, se habían utilizado bots que reproducían artificialmente esas pistas, y otros que se hacían pasar por artistas de carne y hueso.

Así que en un momento en el que los artistas tienen auténticas dificultades para poder generar ingresos con su música, se enfrentan además a la tormenta perfecta: no solo plataformas como Spotify les generan ingresos paupérrimos, sino que se ven obligados a revisar si no hay algoritmos que les están estafando. Y para estos servicios tampoco es sencillo, toda vez que no solo aún no son rentables para sus accionistas, sino que parte de las pérdidas que generan se deben al pago de royalties a «artistas fantasma».

En realidad, plataformas como Spotify podrían hacer mucho más para proteger los derechos de autor de los músicos, por ejemplo, con un proceso de revisión previo de la música que solicita «subir» a la plataforma, pero es probable que esta tarea sea tan costosa, que como mal menor, financieramente sea más interesante actuar con posterioridad, atendiendo a las denuncias de los propios artistas. Lo peor de todo, es que al menos a corto y medio plazo, la situación no tiene una solución sencilla.

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