Los cuñados del jazz

Para bien o para mal, hace años que tomo en Navidades una distancia prudente de la familia. Entre el 22 de diciembre y el 6 de enero, me concedo el lujo de desapuntarme de comilonas, compras y regalos. Los peores días, si ninguna obligación me reclama en otra parte, cierro mi casa a cal y canto, enciendo el tocadiscos y me enfrasco en un libro; o no lo enciendo y me hundo en el sofá mientras veo una de esas películas que quedaron pendientes. Educado, felicito las fiestas en los grupos de WhatsApp y cuando no hay más remedio, incluso me dejo caer para tomar una copa…porque aunque el Grinch ruge y patalea, aún no renuncia a una moderada vida social.

Suelen publicarse esos días artículos que explican a uno cómo comportarse: no beba demasiado en las cenas, no discuta si no se trata de una cosa realmente seria (o no lo haga en absoluto) y en definitiva, haga lo posible por no ser un «cuñado». Si se escriben y, sobre todo si estos artículos se leen, es porque apelan a uno de nuestros temores más íntimos: que sin saberlo, seamos nosotros mismos esos «cuñados» a los que el texto interpela…y es que quién esté libre de pecado, que tire la primera piedra.

El cuñadismo se expresa de tantas y variadas formas, adquiere tonalidades y matices tan diferentes, que resulta casi imposible ofrecer una definición universal que aplique al conjunto de estos individuos. Y sin embargo, su mera presencia frente a nuestras narices, se revela de forma tan palmaria, que sin pruebas pero también sin ningún género de dudas, somos capaces de reconocerlos a los pocos minutos de entablar una conversación.

Pasaremos por alto aquí los cuñadismos clásicos, es decir, los que entran de lleno en la política, los deportes o la actualidad internacional…y nos centraremos en el que más nos atañe: los Cuñados del Jazz. A continuación algunos ejemplos:

El cuñado del ascensor

El más clásico de todos los cuñados. No ha escuchado jazz en su vida y probablemente no sea capaz de pronunciar el nombre de un solo artista. Sin embargo, no le importa decir que el jazz es la música que él escucha en el ascensor de su oficina o cuando espera a que le atienda el dentista. Desprecia abiertamente a los que nos gusta el género.

Cómo combatirlo: En lugar de hacer pedagogía (de nada sirve con este tipo de cuñado), lo recomendable es aceptarle el marco y llevarlo hasta el absurdo: «es normal que te suene a música de ascensor: es lo que pasa cuando una música ha sido tan influyente. Le pasó al jazz… y a Bach en los anuncios de colonia. Que el jazz suene en el ascensor no dice nada del jazz. Dice mucho del ascensor.”

El cuñado del old Jazz

Está convencido de que el jazz murió en 1965. Es una persona con la que se puede hablar y puede demostrar tener grandes conocimientos de música, pero rechaza de plano el jazz no ya del siglo XXI, sino del último tercio del siglo XX. Si la conversación se alarga suele decir eso de que «Louis Armstrong, Charlie Parker… Duke Ellington… eso sí que era jazz». Acepta a Miles Davis o a John Coltrane por supuesto, pero pone los ojos en blanco cuando se le mencionan los discos de sus últimas épocas.

Una variante del anterior es el cuñado de «esto ya lo hacía Mingus». Escucha cualquier propuesta contemporánea con gesto cansado y sentencia, sin inmutarse, que “esto ya lo hacía Mingus en los 60”. No importa si hay electrónica, flamenco o rap: para el cuñado, no se ha hecho nada nuevo.

Cómo combatirlo: Es un cuñado peligroso porque sabe de música, por lo que discutir sobre lo que es y no es el jazz puede dar lugar a discusiones eternas. El truco está en darle la razón… y luego ampliarla hasta que le incomode. Por ejemplo: «Totalmente de acuerdo: el jazz alcanzó su perfección con Armstrong, Ellington y Parker. Después de eso, los propios músicos decidieron seguir tocando por eso de que hay que comer cada día. Es curioso: todos los grandes que citas pasaron su vida intentando romper con lo anterior… para que ahora los congelemos justo en el momento en que nos da pereza mirar más allá.»

El cuñado concierto

Es capaz reconocer de que el jazz tiene un innegable valor histórico y cultural pero asegura que nuestra música favorita está muerta. Salvo a por los que tilda de «snobs», «gafa pastas» o en el mejor de los casos, una «élite cultural con pretensiones», afirma que nadie en su sano juicio pagaría por ir a un concierto de jazz, si no fuera porque acompaña el vino y el sentirse intelectualmente gratificado, en definitiva, pensar que se es superior a los que queman alegremente 200 euros por ver a Rosalía en directo.

Cómo combatirlo: El cuñado del concierto cae cuando se le demuestra que su diagnóstico parte de antiguos prejuicios. «es curioso: el jazz está muerto, pero para muchos conciertos hay que comprar entradas con semanas o meses de antelación. Una defunción bastante extraña…Debe de ser el único cadáver que llena teatros, auditorios y festivales enteros… eso sí, sin fuegos artificiales ni pulseras LED.»

El cuñado del vinilo

A este cuñado le gusta el jazz tanto o más que a ti. Está al tanto de las novedades, acude a decenas de conciertos al año y escucha centenares de discos… en vinilo. Y esto que resulta gratificante, pierde toda la gracia cuando hace de su amor por el vinilo lo que le define, llegando a despreciar a quienes deciden consumir música de cualquier otra forma. Considera una herejía que alguien pueda preferir el CD y censura públicamente a quien reconoce abiertamente que sólo escucha jazz en plataformas de streaming (si además es Spotify, arderás en el infierno). Tan cansino que casi non merece la pena combatirlo.

Cómo combatirlo: Con este cuñado no se discute formatos, sino fetichismo. La ironía funciona cuando se recuerda que el jazz siempre ha sido música antes que objeto: «Lo bueno del vinilo es que te obliga a escuchar discos enteros. Lo malo es pensar que eso te convierte en mejor aficionado. El jazz ha sobrevivido a cilindros, shellac, LP, cassette, CD y mp3. Lo raro sería que ahora exigiera un juramento de acetato».

Por supuesto hay muchos más cuñados. El de «yo a X le escuché en una sala pequeña cuando empezaba, ahora ya no es igual», el de «el verdadero jazz es el de ECM» o el de «antes se tocaba mejor». ¿Conocéis alguno más? Os leo en los comentarios.


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