Immanuel Wilkins y la conquista del Village Vanguard

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Tienen los discos grabados en directo una magia que no siempre es fácil encontrar en los álbumes de estudio. Liberados de la necesidad de ajustarse a tiempos, de la narrativa que acompaña a muchos discos de jazz contemporáneo y de la red de seguridad que ofrece la posibilidad de una nueva toma, sobre el escenario a menudo los músicos encuentran una libertad y una complicidad renovada. 

En este sentido, no es infrecuente (más bien todo lo contrario) que cada año cuando echamos la vista atrás para escoger los discos que más nos han enganchado, encontremos en los rankings de Caravan algunos trabajos grabados al calor de un público entregado. En tiempos además en los que la Inteligencia Artificial afina al milímetro el tono de cada composición y los algoritmos que detectan los gustos de los «escuchantes» son los mismos que acaban entrando en muchos estudios de grabación, el «riesgo» de equivocarse y la comunión con los aficionados, tienen hoy un valor doble.

Puede que algunas de estas ideas son las que llevaron a Immanuel Wilkins a acometer uno de los proyectos más ambiciosos de su (aún corta y prometedora carrera): documentar su reciente residencia en el más icónico de los clubs de jazz de Nueva York: el Village Vanguard.

Palabras mayores que le ponen en el camino de los más grandes: desde John Coltrane a Sonny Rollins o Bill Evans, hasta Elvin Jones, Dizzy Gillespie o Dexter Gordon (tan solo por nombrar algunos) el Vanguard es historia viva del jazz, un templo que se toma muy en serio su legado y que puede dictar sentencia.

El Live at the Village Vanguard de Wilkins tiene además ese aura de proyecto total: más de tres horas de música en directo que se han ido liberando en tres discos lanzados por entregas en marzo (Vol.1), abril (Vol.2) y mayo (Vol.3) de 2026. La ambición del proyecto recuerda en este sentido, salvando (o no) las distancias, a otros tan icónicos como «The complete Village Vanguard recordings» de Bill Evans, o los «Sun Bear Concerts» de Keith Jarrett. Para que el barco llegue a buen puerto, Wilkins reúne de tres de sus colaboradores más estrechos: el pianista Micah Thomas, el contrabajista Ryoma Takenaga y el baterista Kweku Sumbry, auténtico motor espiritual del grupo.

Un viaje espiritual y lisérgico

El primero de los tres volúmenes representa el puerto de partida de un viaje telúrico. Pese a la acumulación de notas que distingue al saxofonista en gran parte de su obra, lo que nos propone aquí es un disco que exige una escucha atenta, donde el silencio y la contención tienen tanto valor como el virtuosismo. En el que es el único de los discos que se ha lanzado en vinilo (los otros dos tan solo podemos adquirirlos en formato digital), el saxofonista parece abrir la mano ante nosotros y con una amplia sonrisa preguntarnos «¿Qué pastilla vas a tomar? Si escoges la roja, átate fuerte, el viaje va a empezar»

Comienza en “WARRIORS”, un arranque que funciona como una declaración de intenciones sobre la improvisación pura, o en “COMPOSITION II”, una delicada pieza inspirada en Bach donde el cuarteto dialoga con sutileza. El desarrollo del álbum representa además una experiencia espiritual que conecta continentes y tradiciones. En “CHARANAM”, la banda toma como referencia los cantos devocionales de Alice Coltrane y los transforma en un ritual que evoca el trance de las ceremonias del Candomblé afrobrasileño. Para cerrar Wilkins nos regala “ETERNAL”: dieciocho minutos de tema donde una frase de once notas se repite en un bucle infinito que va bajando de volumen de forma casi imperceptible.

Si en la primera entrega Wilkins apuesta por la contención, en los Volúmenes 2 y 3 el cuarteto rompe el cascarón para escarbar en las raíces más profundas y viscerales de la música negra. En la segunda entrega, el contraste es puro cine: pasamos de la melancolía de “THE BIG COUNTRY” a la urgencia casi física de “WAITING PT. 1” y “CITRINE”. Queda claro que el grupo no se conforma con sonar bonito; tiene ganas de pelea. La culpa de que todo avance con esa fuerza la tiene la sección rítmica, que funciona como un motor a punto de estallar. Ryoma Takenaga y Kweku Sumbry arman una red sobre la que Wilkins estira el saxo hasta el límite en “GRACE AND MERCY”, para terminar soltando amarras en “GO ‘HEAD GET DOWN.

Finalmente, Vol. 3 eleva la apuesta conceptual llevándonos directamente al ritual y a la crítica social. El arranque con “RING SHOUT” es un viaje en el tiempo; el cuarteto invoca la danza espiritual de los esclavos mediante una polirritmia obsesiva que Micah Thomas expande desde el piano con acordes densos y percusivos. Esta densidad se vuelve matemática pura en “COMPOSITION IX”, una tregua cerebral que conecta directamente con su obsesión por las estructuras de Bach, justo antes de que el álbum vuelva al presente con “DOLLA$” y la demoledora “PUT 100 ON THE BLUE CHAIN”.

Si nos atrevemos (y tenemos el tiempo nesario) para escuchar los tres discos seguidos, sin más distracción que simplemente sentarnos a escuchar… o como mucho escribir algunas notas sobre las que reflexionar más tarde, ya no seremos los mismos. El jazz, cuando tiene verdad, siempre gana.


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