Albert Cirera: «El artista que se rige por las reglas de streaming no está haciendo música»

Hace unos días, en el marco del festival itinerante AIEnRutaJazz, tuvimos la oportunidad de conversar con Javier Vercher, uno de los saxofonistas más destacados de la escena de la improvisación en nuestro país. Siguiendo este ciclo de entrevistas, charlamos en esta ocasión con Albert Cirera, que presenta en este ciclo su disco Orangina.

Junto al grupo Tres Tambors, explora los límites del jazz a través de nuevas formas de expresión, combinando composición, improvisación e interacción colectiva. La formación la completan Marco Mezquida (piano), Marko Lohikari (contrabajo) y Òscar Domènech (batería). El resultado es una música viva y dinámica, que evidencia la madurez de una formación muy interesante dentro del panorama del jazz contemporáneo.

El circuito AIEnruta lleva el jazz a ciudades como Palencia, Lugo, Ciudad Real o Ibiza, lejos de los grandes epicentros como Madrid o Barcelona. ¿Sientes que el futuro y la frescura del jazz en España dependen hoy más de esta descentralización y de los nuevos oyentes que de los clubes de las grandes capitales?

La verdad es que poder llevar el jazz fuera de las capitales es el futuro de esta música y de todas las músicas y toda la cultura. O sea, no todo se tiene que centralizar en las grandes capitales como Madrid o Barcelona, sino que la música tiene, y la cultura y el jazz, tiene que que estar presente en todas las ciudades y en todas las a los pequeños pueblos que que tengan ganas de de de escucha.

Y no solo que tengan ganas, es que igual ni ellos lo saben y cuando de repente aparece allí un concierto de jazz, dicen: «Ah, qué guay, qué qué interesante, qué qué bonito poder ah disfrutar de esto». Entonces sí, la verdad es que poder ir a a sitios que no son tan comunes dentro del circuito, pues es fantástico.

En el debate actual sobre qué es jazz en 2026, la improvisación tradicional y el swing a veces ceden terreno ante la experimentación pura, el folclore o la música de cámara. En tu propuesta actual, ¿qué peso mantiene el lenguaje del jazz frente a la total libertad contemporánea?

El jazz es, por definición, una música de mestizaje, un género que nació precisamente del choque y la fusión de diferentes culturas, ritmos y realidades sociales. Buscar una supuesta «pureza» en el jazz es casi una contradicción en sí misma.

Incluso dentro de la escena actual, los grandes maestros y las vanguardias más absolutas demuestran que el género sigue vivo porque continúa contaminándose y absorbiendo influencias de otras músicas contemporáneas. No se trata de replicar como un calco lo que se hacía en los años 20 o en la era del swing, sino de mantener el verdadero espíritu del jazz: la improvisación, la honestidad del momento y la capacidad de hablarle al presente. Los revivals nostálgicos pueden tener su hueco como ejercicio de memoria histórica, pero la música que realmente respira es la que se hace aquí y ahora.

También es cierto que a veces, aunque uno haya estudiado el género en profundidad, esas herramientas y ese lenguaje se diluyen para dejar paso a una identidad propia donde pesan más otras sonoridades. Al fin y al cabo, el jazz también te da eso: la libertad de utilizar su técnica y su filosofía para terminar tocando lo que a ti te dé la gana.

Las plataformas de streaming presionan hacia composiciones más directas y cortas, amenazando la existencia de las grandes suites o los desarrollos largos. Como compositor, ¿qué planteamiento haces ante esta nueva realidad?

A mí mercantilizar la música me trae un poco sin cuidado. O sea, a mí yo hago mi música, que es normalmente vive de grandes desarrollos y de viajes largos y no sé, yo es que no no concibo la música como un producto, sino concibo la música como una pieza como una pequeña pieza de arte, entonces cada artista hace lo que quiere.

Si el artista se ve regido por las por las plataformas de streaming, entonces ya creo que ya no está haciendo música, sino que está haciendo productos. Creo que cada uno tiene que hacer lo que le le salga y quien quiera jugar a a hacer productos, pues allá ellos.

Flamenco, folclore, música clásica europea, vanguardia neoyorquina… La escena española actual destaca por su mestizaje. ¿Es la hibridación una necesidad para encontrar una voz propia en España o existe el peligro de que se convierta en una etiqueta comercial atractiva para el mercado exterior?

El jazz necesita de esta mezcla. O sea, Miles Davis mezclaba flamenco, Dave Brubeck ya mezcló cosas con música folclórica del este. Creo que la fusión y el mestizaje son la esencia de esta música. Me gustaría saber qué respondería Miles Davis a esta pregunta.

Actuar en espacios no siempre habituados al jazz exige una flexibilidad interpretativa diferente. ¿Modificáis vuestra interacción colectiva o el repertorio cuando tocáis para un público predominantemente joven y universitario en comparación con un festival de jazz especializado?

Al final, la música no entiende de etiquetas de edad ni de nichos comerciales; cuando hay honestidad y un lenguaje propio, conecta igual con un joven de veinte años que con alguien de setenta. El arte real, ese que no se vende como un producto empaquetado para el algoritmo de una plataforma, tiene ese poder universal.

Ese matiz que mencionas sobre cómo el espacio físico influye en la interpretación es vital. No cambia la esencia del mensaje, pero sí la proyección: un escenario grande pide abrir el sonido, expandir la energía y lanzar la música hacia fuera para llenar el vacío; mientras que la intimidad de un club invita a la contención, al silencio compartido y a un juego dinámico mucho más sutil, casi confidencial.

Al público, más allá de los tecnicismos, lo que realmente le moviliza es presenciar esa entrega absoluta sobre las tablas y la complicidad de los músicos creando algo único en ese preciso instante.


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