Mariola Membrives es una de las voces más personales de la escena musical española actual. Su obra se sitúa en el cruce entre flamenco, improvisación y creación contemporánea. Ha publicado, entre otros, Llorona (junto al contrabajista Masa Kamaguchi), Lorca. Spanish Songs (con Marc Ribot), Ajuares (junto a Jordi Bonell, Rodrigo Pahlen, Gorka Benítez o David Soler, entre otros) y La Babilonia.
A lo largo de su trayectoria ha trabajado a dúo y en distintos formatos con músicos fundamentales del jazz y la música improvisada como Chano Domínguez, Renaud García-Fons, Horacio Fumero, Daniel García Diego, Tino di Geraldo, Guillermo McGill, Paolo Angeli, Marc Miralta o Julián Sánchez, entre otros. Ha sido cantaora de La Fura dels Baus y ha colaborado como solista en producciones sinfónicas y teatrales de gran formato, tanto en Europa como en Latinoamérica.
Con motivo de su participación dentro del ciclo AIEnRutaJazz, hemos tenido la oportunidad de intercambiar impresiones sobre el espacio que ocupa el jazz dentro de su propuesta y su visión sobre la escena en estos momentos.
El circuito AIEnruta lleva el jazz a ciudades como Palencia, Lugo, Ciudad Real o Ibiza, lejos de los grandes epicentros como Madrid o Barcelona. ¿Sientes que el futuro y la frescura del jazz en España dependen hoy más de esta descentralización y de los nuevos oyentes que de los clubes de las grandes capitales?
La verdad es que no sé de qué depende la frescura del jazz en España ni hasta qué punto existe una centralización real. Lo que sí sé, por experiencia, es que no depende únicamente de los clubes de las grandes capitales, y la prueba está en lo que vivimos.
Creo que es fundamental que la música circule y, sobre todo, que se cree público, que nazca público, no consumidores, sino amantes. Supongo que eso pasa por incidir en la educación y desde todos los territorios. Cuando existe una base y esa curiosidad y deseo de escuchar, todo lo demás acaba llegando: la programación, los espacios y los encuentros que genera la música.
He sentido una enorme capacidad de escucha en lugares muy diversos. En Ibiza, en Lugo, en León… nos hemos encontrado con públicos maravillosos, entusiastas, cultos y neófitos pero con miradas muy atentas. Por eso creo que el mapa es mucho más amplio de lo que parece o a veces imaginamos y que merece seguir abriéndose.
Iniciativas como la de AIE en ruta son esenciales porque mueven, ayudan a que esa circulación exista, pero, por encima de todo, creo que hay un deseo muy vivo de escuchar música y de compartirla en muchos lugares. Y eso es algo que merece ser cuidado y acompañado. Es un tesoro que hay que cuidar
En el debate actual sobre qué es jazz en 2026, la improvisación tradicional y el swing a veces ceden terreno ante la experimentación pura, el folclore o la música de cámara. En tu propuesta actual, ¿qué peso mantiene el lenguaje del jazz frente a la total libertad contemporánea?
De nuevo tengo que decir que no estoy especialmente al tanto del debate sobre qué es jazz hoy, y no tengo mucho interés tampoco por aferrarme a esto de las etiquetas. Entiendo que son necesarias, pero quizá más por una cuestión de organización de estantería que de base base la creación.
Me cuesta responder a esto, sobre qué peso mantiene el lenguaje del jazz en mi propuesta, porque depende mucho de quien describa o defina jazz. Yo me junto con músicos y hago música. Todos con sus propias trayectorias y formas muy diferentes de entenderla, pero siempre con una tendencia o dirección esencial que compartimos: la escucha, el diálogo y el espacio para la improvisación.
En mi repertorio hay composiciones propias y músicas con etiquetas muy diversas: flamenco, folclore, boleros, estándars de jazz y canciones que probablemente podrían habitar muchos lugares distintos. Supongo que, si hay algo que identifica la parte más cercana al jazz en mi propuesta, tiene que ver con eso: con el tipo de músicos con los que me encuentro, con una determinada manera de escuchar y con dejar siempre un espacio abierto para que la música suceda en el momento.
Las plataformas de streaming presionan hacia composiciones más directas y cortas, amenazando la existencia de las grandes suites o los desarrollos largos. Como compositores, ¿cómo os plantáis ante esta realidad en vuestros últimos trabajos? ¿Sigue habiendo espacio para el viaje largo y el riesgo en el disco de jazz actual?
Pues no sé si las plataformas presionan hacia composiciones más cortas o directas. Yo no lo tengo claro. La gente sigue leyendo novelas largas y viendo series de diez horas, ¿no? Bueno, claro, Han cambiado las formas, con su bueno y con su malo.
Yo nunca he compuesto pensando en la duración ideal para un algoritmo. Ya me gustaría poder saber hacerlo, aunque solo fuera por curiosidad. Bastante es para mi intentar conseguir contar algo de una manera honesta y con utilizar decentemente las herramientas musicales que poseo . Y para eso también tengo la suerte de contar con productores y compañeros músicos que me ayudan a dar forma (o a “deformarlas” aún más) a las ideas. Pero no, tampoco es mucho mi rollo, no sé, cuando escribo o hago música es más por una necesidad de contar algo, para luego transmitirlo en directo, y vivir la experiencia musical, compartida.
Evidentemente , hay que estar en el streaming y en las redes, no?; de alguna manera, a día de hoy, forman parte de la carta de presentación. Pero luego las cosas duran lo que duran , se hace como se puede y toman la forma que necesitan. También venimos de una cultura de canciones, y eso creo que puede convivir con la profundidad y el riesgo.
Yo creo que siempre hay espacio para el viaje largo y para la aventura. No hay más que ver a mis compañeros de cartel de AIEnruta este año. Hay propuestas increíbles, realmente arriesgadas y muy hermosas. Mientras haya alguien dispuesto a escuchar con los ojos así muy abiertos, siempre merece la pena y es reconfortante asumir ese riesgo.
Flamenco, folclore, música clásica europea, vanguardia neoyorquina… La escena española actual destaca por su mestizaje. ¿Es la hibridación una necesidad para encontrar una voz propia en España o existe el peligro de que se convierta en una etiqueta comercial atractiva para el mercado exterior?
Solo puedo hablarte de mí. Tampoco quiero hacerme aquí la que vive al margen de lo que sucede. Es evidente que me llega y me afecta ese auge de los mestizajes y esa vuelta al folclore y a las músicas tradicionales, o al menos es lo que a mí me está llegando. Pero, sinceramente, no siento la hibridación como una necesidad de ser visto ni como una estrategia.
Yo vine al mundo en Andalucía cuando todavía resonaban aquel rock andaluz, Smash, Triana, Nuevo Día de Lole y Manuel, Alameda o La leyenda del tiempo. Y en el mundo resonaban discazos como In the Court of the Crimson King, The Dark Side of the Moon , Bitches Brew de Miles o Elis & Tom.
Y, al mismo tiempo, crecí en la tienda de electrodomésticos de mis padres, donde además también había discos y uno de aquellos primeros videoclubes. Los discos sonaban todo el día hacia la calle con un altavoz en la puerta. Allí sonaba el último que llegara de Queen a toda castaña y hasta la saciedad con el último de Los Cantores de Híspalis, o de Isabel Pantoja, con el Tubular Bells… todo lo que iba llegando. Recuerdo también dos copias que se habían colado como piratas y no podían estar en la tienda y las subieron a casa y que mis hermanos y yo veíamos en bucle: Jesucristo Superstar, en su versión original, y La verbena de la Paloma con Concha Velasco. ¿Qué te puedo decir? Esa era mi infancia. Y creo que la de muchos de mi generación.
Siempre he sido muy curiosa y muy friki. Cuando algo me ha interesado, me he lanzado a fondo. Así que supongo que las influencias son muy dispares, porque esa ha sido mi vida. Soy la hija del Herminio, y me sabía de memoria las canciones de Yvonne Elliman con un inglés completamente inventado, el «Dónde vas con mantón de Manila» con la forma de Concha Velasco y el Nuevo Día de principio a fin.
Bueno Y en mi propia discografía está, de alguna manera y como he ido pudiendo, la prueba. Empecé con un proyecto que ni siquiera estaba pensado como disco, sino como una necesidad de expiación, de darle también voz a algo no nacido, con más miedo que vergüenza. Me encontré con el gran Masa Kamaguchi, un contrabajista japonés al que se le define como músico de jazz, aunque yo creo arte Masa es, sobre todo, Masa. Y en aquel repertorio convivían una Pajarona de Bujalance obviamente muy adaptada a lo escénico u otras.
Después vino Marc Ribot, con quien grabé las canciones populares que Federico García Lorca registró con La Argentinita. Más tarde llegó La Babilonia, que ya es el follón padre y donde colaboran grandísimos compañeros.
Así que, para mí, la mezcla ha sido una condición natural. Y supongo que, como cualquier lenguaje, también puede convertirse en una fórmula comercial. Pero eso ya tiene más que ver con otras cosas que no son la música, creo yo.
5. Actuar en espacios no siempre habituados al jazz exige una flexibilidad interpretativa diferente. ¿Modificáis vuestra interacción colectiva o el repertorio cuando tocáis para un público predominantemente joven y universitario en comparación con un festival de jazz especializado?
La verdad es que no adapto mi propuesta en función del tipo de público, entre otras cosas porque tampoco doy por supuesto que exista un tipo de público. No hago una versión para universitarios y otra para un festival especializado. Lo que sí cambia, y mucho, es el espacio. Ahí sí hay una flexibilidad inevitable. No es lo mismo tocar al aire libre que en un teatro con una acústica cuidada. Hay repertorios, recursos o determinados sonidos que dependen de las condiciones técnicas: los micros, los samples, la amplificación o simplemente la capacidad de generar intimidad.
Así que me adapto al espacio y a lo que creo que ese espacio puede transmitir, y por supuesto al contacto que se establece con las personas que tengo delante. Pero no porque presuponga un determinado perfil de oyente. De hecho, muchas veces las sorpresas más preciosas vienen precisamente de ahí.


Deja un comentario