Stanley Turrentine y el jazz más allá de los héroes habituales

Existe la tendencia casi automática (y desde luego errónea) de reducir la historia del jazz a una nómina selecta de nombres; de una manera u otra los Miles Davis, los John Coltrane o los Sonny Rollins invaden casi siempre los entornos de las conversaciones sobre el género. Y méritos tienen, pero no son los únicos. En el mapa real del jazz hay gigantes que han quedado injustamente relegados a una especie de penumbra histórica… Stanley Turrentine es el ejemplo perfecto de ese talento que el gran público suele pasar por alto, pero cuyo saxofón tenor construyó uno de los puentes más sólidos entre la sofisticación del género y el pulso visceral del blues. 

Conocido en la escena como Mr. T o The Sugar Man, el músico nacido en Pittsburgh en 1934 desarrolló un estilo inconfundible marcado por una sonoridad amplia, un fraseo lírico y una profunda raíz popular que se convirtió en su principal sello de identidad hasta su fallecimiento en el año 2000. A diferencia de otros grandes nombres de su generación formados en conservatorios de música, la verdadera escuela de Turrentine estuvo en la carretera. Durante la década de 1950, el saxofonista forjó su identidad en las giras ininterrumpidas de las orquestas de rhythm and blues de Lowell Fulson y Earl Bostic. En esta última formación asumió el puesto que poco antes había ocupado el propio Coltrane, absorbiendo de él un sonido que priorizaba la emoción sobre la complejidad técnica. Su posterior paso por el quinteto del batería Max Roach a finales de esa misma década terminó de perfilar un lenguaje capaz de combinar la agilidad del bop sin perder la calidez terrenal de sus orígenes.

​El salto definitivo a la primera línea internacional se produjo en los años sesenta tras su fichaje por Blue Note. En plena eclosión del soul jazz, Turrentine se convirtió en una figura clave del formato que asociaba el saxo tenor con el sonido envolvente del órgano Hammond B-3. Sus colaboraciones con la organista Shirley Scott (su esposa durante esa década) y sus históricas sesiones junto a Jimmy Smith, como el aclamado “Back at the chicken shack”, sentaron las bases de un sonido inconfundible. Trabajos bajo su propio nombre como “Look out!” reflejaron su capacidad para construir solos memorables, en los que se economizaban notas mientras se mantenía un groove impecable.

Con el cambio de década y la transformación del mercado discográfico, el saxofonista inició una etapa de gran éxito comercial en la discográfica CTI, liderada por el productor Creed Taylor. Su álbum “Sugar”, grabado junto a una alineación de primer nivel que incluía a Freddie Hubbard, George Benson y Ron Carter, se convirtió en un hito del jazz fusión. A pesar de las reservas iniciales de un sector de la crítica purista ante sus arreglos orquestales y su aproximación al funk, Turrentine mantuvo intacta su personalidad, demostrando una notable capacidad de adaptación a las nuevas corrientes musicales de los setenta y ochenta.

El legado de Stanley Turrentine reside en haber demostrado que un buen sonido y una gran melodía pueden decir tanto como la improvisación más compleja. En un panorama con frecuencia orientado hacia la abstracción o el virtuosismo académico, su discografía permanece como un testimonio de que existe un universo riquísimo más allá de los nombres obvios de siempre, y de que la sofisticación y la emoción directa pueden coexistir a la perfección en un mismo discurso musical.


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