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Blue Note: la marca que no puedes olvidar

Si recordáis la entrevista que reproducimos en el artículo que dedicamos a Fred Cohen y su impresionante tienda de discos, una de las cosas que explicaba es que los discos más buscados por los coleccionistas solían ser en muchísimas ocasiones, vinilos descatalogados y grabaciones de poca tirada, casi siempre bajo el sello de «Blue Note Records«.

El sello, que ahora forma parte de ese gigante musical que responde al nombre de Universal Musical Group, comienza su andadura como casa musical independiente en 1939 y con un propósito muy claro: convertirse en la marca de referencia en el mundo del jazz. De hecho, el propio nombre, Blue Note, alude precisamente a la característica homónima que se da tanto en el blues como en el jazz.

En este sentido, la «Blue Note» es un efecto musical resultante de bajar un semitono el tercer y séptimo grado de la escala pentatónica mayor. Un giro melódico que empezaron a utilizar los músicos de blues ante la dificultad de los cantantes negros para interpretar el intervalo de tercera mayor, un sonido al que no estaban acostumbrados debido a sus raíces culturales.

Judíos y comunistas

Fue Alfred Lion, un judío que había huido a tiempo de la Alemania nazi, quien en 1939 puso en marcha el sello discográfico, al principio, con unos recursos muy modestos y contando para ello, con la financiación que le ofreció de forma prácticamente desinteresada, el escritor comunista Max Margulis.

Las primeras grabaciones se realizaban en estudios alquilados y los primeros músicos que firmaron por la marca fueron los pianistas Albert Ammons y Meade Lux Lewis. El olfato de Lion se materializó contratando poco después a un joven Sidney Bechet, que con «Summertime» firmaba el primer éxito comercial para la marca.

A partir de aquí sin embargo, la historia del sello seguiría de forma paralela a otros de la época, posicionándose incluso como una discográfica menor, al contratar a muchos de los intérpretes que eran rechazados por casas más prestigiosas. La historia de Blue Note daría un vuelco sin embargo con la contratación a finales de la segunda guerra mundial, del saxofonista Ike Quebec, aunque no tanto por su talento musical, como por su trabajo a la hora de descubrir el mejor talento.

¿Por qué? Porque no es otro que el propio Quebec quien les explica a los directivos de Blue Note que hay un nuevo estilo de jazz, capaz de cambiar todas las reglas y que desde luego, no lo pueden dejar escapar: hablamos por supuesto, del Bebop.

Blue Note, Bebop y más

La nueva corriente, preconizada por Charlie Parker y Dizzy Gillespie hundió rápidamente sus raíces en Blue Note. Entre 1947 y 1952 fueron numerosos los artistas de bebop que grabaron con el sello, como el pianista Thelonious Monk, el batería Art Blakey, el pianista Tadd Dameron, los trompetistas Fats Navarro y Howard McGhee, el saxofonista James Moody o el pianista Bud Powell.

De las grabaciones de Monk para el sello en esta época se ha dicho que representan el culmen de su carrera y el mismo calificativo recibe el trabajo de Powell en los que sin lugar a dudas, fueron sus mejores años. Por supuesto, Blue Note era más que Bop, y a partir de 1952 empezó a explorar otros estilos, con artistas como Horace Silver o Miles Davis a la cabeza.

Para mediados de los años 50, casi todos los músicos de jazz que querían llegar a algo, deseaban firmar por Blue Note. Y no sólo porque fuera un sello de prestigio sino sobre todo, porque empezó a labrarse fama como una de las discográficas que mejor pagaba, ya que remuneraba no solo la grabación final, sino también cada uno de los ensayos. Así pocos se extrañaron que en las filas de la empresa de Alfred Lion, acabasen figurando músicos como Hank Mobley, Lee Morgan (imprescindible su documental en Netflix), Herbie Nichols o Dexter Gordon.

Habría que esperar sin embargo a los años 60, para que la firma diese el campanazo definitivo, el que protagonizarían los cuatro miembros más jóvenes del quinteto de Miles Davis: Herbie Hancock, Wayne Shorter, Ron Carter y Tony Williams. Y es que Hancock y Shorter en particular produjeron una sucesión de álbumes excelentes, en distintos estilos.

Adiós a la independencia y renacimiento musical

Como casi siempre, todo lo que sube baja y para Blue Note las cosas no fueron diferentes. Tras el éxito de las últimas dos décadas, la compañía fue adquirida en 1965 por Liberty Records. En 1967 Alfed Lion deja la compañía y el propio nombre Blue Note, se medio diluye en el catálogo de la nueva empresa.

A partir de aquí y durante algunos años Blue Note siguió produciendo discos bajo la batuta de dos hombres de la casa: el pianista Duke Pearson y el fotógrafo Francis Wolff. La aventura sin embargo duró poco, ya que Wolff fallece en 1971 y Pearson deja el grupo. Resultado de todo ello es que aunque se continua de vez en cuando grabando algún buen disco, la marca comienza a producir música mucho más comercial, la única en ese momento que parece garantizar su viabilidad económica.

Son años por lo tanto complicados, que no terminan hasta que en 1979 EMI adquiere United Artist Records, que a su vez unos años antes se había hecho con el control de Liberty Records. Comienza así un lento pero progresivo renacimiento para la marca. A partir de mediados de los 80 y los años 90, Blue Note vuelve a hacer música de calidad y no solo dentro del jazz.

Por Blue Note acabaran firmando artistas de la talla de Norah Jones, Van Morrison o Al Green y a partir del año 2003, la firma pasará a contar con el gran Wynton Marsalis, probablemente el artista de jazz que más vende en nuestra época.

 

 

 

 

 

 

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Fred Cohen, Jazz Records, New York
Destacados, Historia

Fred Cohen, Jazz Records Center: «Hay grabaciones de Charlie Parker que cuestan varios miles de euros»

Jazz Records Center no es la tienda de discos más bonita del mundo. Y sin embargo, es un templo del jazz en Nueva York. Una tienda que bajo su apariencia de «descuido vintage» oculta auténticas joyas, rarezas que han llegado a venderse por varios miles de euros.

Al frente de Jazz Record está Fred Cohen, un ya no tan joven neoyorquino que descubrió el jazz a los 12 años, cuando como el mismo confiesa, escuchó un disco de Charles Mingus por primera vez. Desde entonces su interés por esta música no ha parado de aumentar y en 1983, puso en marcha una tienda que desde entonces no ha parado de crecer. Lo que rescatamos ahora es una entrevista que Fred Cohen concedió a Joachim Paulo, editor del libro «Jazz Covers».

¿Cómo y de qué forma pusiste en marcha el Jazz Record Center?

Todo empezó en 1983, con un pequeño local en el west side de Manhattan. En aquel entonces no había ninguna tienda de música en Nueva York especializada en Jazz, así que decidí montar una.

En aquella época no había CD’s. Tienes que tener en cuenta que 1983 fue el año en el que el CD se lanzó al mercado. Así que básicamente lo que vendía eran libros y LP’s. Algo más tarde empecé a vender también CD, cintas d vídeo, DVD’s, posters, prácticamente todo lo que conecta con el jazz, si exceptuamos los instrumentos,

¿Cuándo fue la primera vez que escuchaste un disco de jazz?

Me acuerdo perfectamente. Me acuerdo de comprar ese disco y de hecho, sigo teniendo algunas copias en la tienda. Se titulaba «Modern Jazz Hall of Fame» y estaba editado por el sello Design.

Contenía temas de varios artistas. El primero que me llamó la atención fue el «Abstractions» de Charles Mingus. En ese momento recuerdo que pensé que era la música más rara que había escuchado nunca, a pesar de que yo había sido educado en música clásica y tenía conocimientos de música clásica moderna. Me cautivó por completo ese cuarteto de cuerdas y disonancias. No podía pensar en otra cosa. Tenía que conseguir ese disco.

¿Cómo compras discos para la tienda? Es curioso que el vinilo siga vivo en la época donde la música digital es lo que más vende.

Llegan de muchas formas diferentes. Algunos los sigo comprando nuevos, ya que se sigue haciendo mucho en vinilo.

Creo que el impacto del Hip Hop y los Djs ha contribuido mucho a eso. Nos recuerda que no hace tanto tiempo, la única forma de escuchar música era en vinilo.

Que el vinilo todavía tiene un gran grandísimo sonido. A principios de los años 80 muchos de mis clientes cambiaron su entera colección de vinilos por discos compactos. Ahora están haciendo lo contrario, pero a un precio muy superior…porque es mucho más costoso conseguir los mismos discos en vinilo.

¿Compras grandes colecciones privadas de música?

Claro. Mucha gente trae discos a la tienda. Bolsas de discos, cajas de discos. Y por supuesto, también voy a casa de gente a ver discos cuando me escriben o me llaman.

El mercado de segunda mano de vinilos puede ser muy caro, especialmente para el jazz

Pero también puede ser un mercado muy barato. Hay cientos de miles de discos que se conservan en muy buenas condiciones, y que puedes conseguir por ocho dólares o menos. Eso sí, si entras en el mercado del coleccionismo, vas a pagar mucho, incluso miles de dólares.

¿Cuál es el sello más demandado?

En lo últimos 15 años, o incluso más, Blue Note ha sido el sello que más se ha coleccionado.

¿Cuáles son los discos más caros que has vendido?

Los discos más caros que he vendido no son necesariamente, de Blue Note. Hay otros que también tienen mucho prestigio. Por ejemplo el «Saxophone Colossus» de Sonny Rollins o el «Overseas» del Tommy Flanagan Trio.

Los discos de Lee Morgan o de Hank Mobbley se venden por un mínimo de 1.000 dólares. Algunas grabaciones de Charlie Parker pueden venderse por entre 5.000 y 10.000 dólares. También algunos discos avantgarde son caros, discos de Albert Ayler o del Black Artist Group. Algunas eran producciones muy pequeñas, pero que estaban definiendo cómo sería la nueva música.

Ahora Internet ha cambiado todo esto. Puedes comprar todo tipo de discos en eBay y en otras plataformas.

Internet ha cambiado la forma en la que los coleccionistas tienen acceso a la música que buscan. Antes de tener la tienda, solía mirar anuncios clasificados o subastas, incluso después de abrir la tienda. Después yo solía organizar subastas, de un mínimo de 2.000 discos. Para eso tenía que pasar dos semanas no haciendo nada más que escribiendo referencias y listas de discos que subastar.

Entonces se las mandaba a los clientes y a lo largo del mes siguiente me mandaban sus pujas y ofertas. Cuando estaban pujando sobre un disco , no podían saber quién estaba pujando sobre ese mismo disco, o lo alto que estaba llegando la puja. Eran pujas absolutamente a ciegas. Era un proceso completamente diferente a lo que se hace ahora en Internet, en el que pueden seguir en todo momento cuánto se está pujando por un disco determinado, o que en el último minuto alguien hace una puja tan alta que desplaza a todas las demás. Toda la psicología de las pujas ha cambiado mucho, desde el lanzamiento de eBay.

¿De dónde vienen tus clientes? ¿Quiénes son los mayores coleccionistas?

Vienen de cualquier parte. Sigo teniendo muchos pedidos que llegan por correo, personas a las que nunca he conocido y que viven al otro lado del océano, de Europa y Asia. Además tengo clientes habituales a los que veo varias veces al año y que vienen de países como Inglaterra, Francia, Italia, Japón, etc.

¿Cómo te explicas este renovado interés en los discos antiguos de jazz? Crees que se debe a la calidad del sonido? O hay algo físico en tener el disco entre las manos.

Hay un componente romántico en todo ello. En primer lugar, el tamaño del disco permite un gráficos, diseño, fotografía, presentarlos de una forma mucho más viva que en un CD, que es tan pequeño que no prestas demasiado atención a ese elemento gráfico.

En segundo lugar, hay muchas personas que nunca abandonaron el vinilo. Aunque al principio se resistieron al Compact Disc luego se dieron cuenta de que si querían seguir en la escena musical (como muchos títulos no se editaban en vinilo) tenían que comprar ambos.

El hecho es que muchos de mis clientes invierten en ambos formatos y eso significa mucho, porque también hay muchas grabaciones que nunca llegaron a salir en CD.

¿Tienes una gran colección de discos?

No. De hecho, dejé de coleccionar discos en 1989, cuando la habitación que contenía los discos que estaba coleccionando acabó por convertirse en la habitación de mi hijo.

Así que todos mis discos se han acabado «mudando al trastero». No he añadido un solo disco a la colección desde entonces. Pero no necesito una colección, tengo la tienda.

¿Hay algún disco que siempre hayas querido tener pero nunca hayas conseguido encontrar?

Hay un par de discos que, personalmente, nunca he conseguido ver. Sé que existen porque conozco a otros que los tienen, pero nunca los he visto.

Uno es uno de Kenny Dorham , que fue especialmente grabado para un coleccionista privado. No hay muchos que sepan de su existencia. Es una grabación de un concierto que dio hace 40 años para recaudar fondos. Fue encargado por una organización sin ánimo de lucro y fue una edición muy limitada. Aunque se grabó en Nueva York, nunca he visto una copia de ese disco.

¿Cuánto costaría ahora ese disco?

Varios miles de dólares. El otro disco es una grabación de Chico Hamilton, con Eric Dolphy, titulado «That Hamilton Man», pare el sello Sesac. Es también un sello de Nueva York, pero nunca he tenido la oportunidad de tener ese álbum en mis manos.

¿Qué hay de discos de otras partes del mundo? Cosas como el jazz británico o el jazz francés.

Hay muchos discos que son tan raros, que ningún americano los ha visto nunca. Discos muy exóticos. Discos ingleses para sellos como Nixa o Temple, que incluyen músicos del british bebop, como Dizzy Reece, Tubby Hayes o Victor Feldman.

El jazz no se limita únicamente a la escena americana: ha habido artistas maravillosos en todo el mundo, desde Réné Thomas en Francia a Dollar Brand en SudáfricaAutor:Joachim Paulo (Jazz Covers)

 

 

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Jazz Life
Libros, Destacados

Jazz Life: música en la carretera

No recuerdo cuándo, pero sí cómo fue el primer día que me di de bruces con «Jazz Life» el enorme (en sentido literal y figurado) libro de William Claxton y Joachim E.Berendt: en el antiguo (y subrrayo antiguo porque ya no es ni mucho menos lo que era) VIPS de la calle Fuencarral en Madrid, compartiendo espacio con todos esos libros de mesa dedicados a pintores, grandes arquitectos o casas con encanto.

Tras hojearlo unos minutos, lo tuve claro: quería ese libro, lo necesitaba en mi librería y lo necesitaba ya. ¿Problema? Que un libro que supera los cuatro kilos de peso, no es precisamente fácil de transportar. Así que tras ladear ligeramente la cabeza y susurrar voz en cuello un «ya te pillaré, ya», salí de la tienda sin libro y cabilando.

Desde entonces, nos hemos visto otras veces, en librerías físicas y virtuales. Pero como dice la canción, siempre se ha repite la misma historia. Así durante tres años y hasta poco más de un mes, cuando pertrechado con la mochila correspondiente, compra mediante, «Jazz Life» ha entrado por la puerta de casa.

La historia de Jazz Life

«Jazz Life» es la historia de un viaje. El viaje que en 1960 emprendieron el fotógrafo William Claxton y el musicólogo alemán Joachim E. Berendt para descubrir las raíces y el alma del jazz. De costa a costa, de músicos callejeros anónimos a leyendas del género, la obra explora aquello que convirtió al jazz en la forma estadounidense más original. En Nueva Orleans y Nueva York; en St.Louis, Biloxi, Jackson y mucho más allá, las imágenes tiernas y apasionadas de Claxton examinan la diversidad regional del jazz y captan su vitalidad y esencia.

Muestran a los compositores y los diversos espacios, a la gente a la que la música ha cautivado, desde desfiles funerarios hasta escenarios de conciertos. En las páginas de este libro se vive, se respira, se siente un modo de vida que más de cincuenta años después, prácticamente ha desaparecido.

Claxton fotografía a algunos de los más grandes: Charlie Parker, Count Basie, Duke Ellington, Billie Holiday, Ella Fitzgerald, Miles Davis, Charles Mingus, Thelonious Monk, John Coltrane y muchos otros. Pero a la vez, captura el espíritu de todos los que a mediados del siglo XX, habían hecho del jazz su forma de vida.

Jazz Life no es una historia del jazz. O al menos, no es una historia al uso. Es un roadtrip en el que se cuentan anécdotas, se examina la música desde un prisma eminentemente personal y en el que las entrevistas se disparan a bocajarro. Y aunque Berendt es desde luego un académico y en ocasiones no renuncia a la perorata musical, casi siempre escribe desde la admiración por un estilo musical que en los años 60, empieza a recibir casi más atención en Europa que en América.

Claxton por su parte, no sólo se encarga del tremendo trabajo fotográfico. Cuaderno de viaje en mano documenta, explica cómo es vivir durante más de dos meses con un alemán cuadriculado y cuenta cómo viajar al fin y al cabo, es la mejor forma de aprender nuevas cosas.

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Poinciana
Temas, Destacados

Poinciana, el árbol más hermoso

«Desmayarse, atreverse, estar furioso, áspero, tierno, liberal, esquivo, alentado, mortal, difunto, vivo, leal, traidor, cobarde y animoso (…) creer que un cielo en un infierno cabe dar la vida y el alma a un desengaño; esto es amor, quien lo probó lo sabe.» (Lope de Vega).

¿Tiene algo que ver el jazz con Lope de Vega? Respuesta fácil: no. Y sin embargo, no es difícil escuchando la Poinciana de Ahmad Jamal, dejarse llevar por los versos del dramaturgo y poeta del siglo de oro.

Por mucho que Poinciana no hable de poesía, sino de un árbol (la Delonix Regia, un árbol originario de Magadascar) pocas veces se ha compuesto un tema tan apasionado. Más conocido en España como Flamboyán, la Poinciana es también un homenaje a una canción folclórica cuba que se llama «Canción del árbol».

Aunque Ahmad Jamal no fue el primero en interpretar el tema y otros como Glenn Miller, Bing Crosby, Charlie Parker, Chet Baker o Dave Brubeck tienen sus propias versiones del tema compuesto originalmente por Nat Dimon y Buddy Bernier, desde luego la interpretación que hace Jamal, es simplemente prodigiosa.

Tanto es así que este tema, que podría haber pasado sin pena ni gloria por cualquier estación radiofónica, consiguió que el álbum que la incluía «Ahmad Jamal at the Pershing: but not for me» (1958), consiguiera permanecer más de dos años en la lista billboard de grandes éxitos. Y hace no mucho, el tema volvió a estar de moda cuando se lo incluyó como parte de la banda sonora de la película «Los puentes de Madison«.

¿Pero cuál es su secreto? ¿Qué tiene de especial un tema que desde la primera vez que lo escuchas, lo comienzas a tarear una y otra vez…y ya no desaparece nunca? Si preguntamos a los expertos, nos dirán que el truco es el «vamp»: superponer el fraseo reposado del pianista a un ritmo insistente y atractivo, notas que se repiten de forma progresiva desarrollando lentamente el conjunto de la composición.

De alguna forma, al insistir en las mismas notas, al arrastrarlas formando frases nuevas, recorriendo la misma escala, llegando al final y vuelta a empezar, el piano de Poinciana evoca el ir venir de las olas de un mar en calma sobre la playa. Mientras, de menos a más, la percusión se convierte en ese ruido de fondo de arena arrastrada por la resaca y ocasionalmente, algunas grandes olas estallando contra las rocas. No se la pierdan.

 

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Buddy Bolden
Historia, Destacados

¿Quién fue el «inventor» del Jazz?

Casi todos los estudiosos del jazz, coinciden en señalar que este estilo musical de marcado ritmo africano, pero que desde sus primeras manifiestaciones incorpora la marcialidad y el rigor de la música europea, surge en el sur de Estados Unidos a caballo entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX. Pocas dudas hay al respecto. Como evolución primero de los cantos espirituales con los que los esclavos afroamericanos se consolaban mientras recogían algodón en los campos de trabajo y del blues y el ragtime después, el jazz encontraría su «cuna de nacimiento» a lo largo del delta del Mississipi y más concretamente, en Nueva Orleans.

¿Pero quién ha inventado el jazz? Es más…¿es legítimo preguntárselo? ¿se puede inventar un estilo musical, de la misma forma que se patenta el engranaje de un artefacto mecánico o incluso se registran los derechos de autor sobre una novela? Parece absurdo plantearse que de la misma forma que nadie se atribuye la «invención» de la música barroca, la sardana o la novela epistolar, alguien afirme categóricamente que es el «inventor del jazz».

Sobre todo porque entre todos hemos asumido que cualquier expresión artística popular es fruto de una época y un contexto determinado, la plasmación de tendencias y sensibilidades anteriores y en cualquier caso, más una aportación colectiva que una expresión artística individual. Pero con el jazz, no ocurre exactamente eso.

Buddy Bolden, el pionero del jazz

De forma oficiosa, Buddy Bolden es considerado por muchos un pionero, el primer músico de un estilo musical que posteriormente recibiría el nombre de jazz. Así por lo menos es recordado en algunas publicaciones ligeramente posteriores a su época, ya que pese a los rumores que afirman lo contrario, de Bolden no se conserva ninguna grabación. 

De hecho, pese a téoricamente ser la llave de clave de todo un nuevo estilo musical, su música no se cita hasta 1933, casi tres años después de su fallecimiento. Por si fuera poco, como recoge Ted Gioia en su «Historia del Jazz» los testimonios que hay sobre Bolden son dispersos y a menudo contradictorios, lo que añade más confusión a este asunto. ¿Quién era entonces Buddy Bolden? Esto es a grandes rasgos lo que se sabe.

Nacido en la Nueva Orleans de 1877, hijo de un empleado doméstico, parece comprobado que tras recibir cierta instrucción musical y clases de corneta de un vecino, Bolden se introdujo en el mundo musical de finales de la década de los 80, al ingresar en uno de los numerosos conjuntos musicales que por aquel entonces amenizaban celebraciones y fiestas.

Bolden, que en sus inicios compaginaba su pasión por la música con la de su trabajo de yesero, se mantuvo durante esos primeros años como uno de los pocos músicos fijos de una formación (casi en su totalidad formada por instrumentos de viento) que tendía a despedir e incorporar a nuevos miembros con una velocidad sorprendente.

Pese a ello, el éxito de su banda y su creciente popularidad más allá de Nueva Orleans, le llevó a medidados de la última década a centrarse completamente en la música y profundizar en un estilo diferente, que se alejaba de la rigidez del ragtime y la ñoñería de los cantos criollos para incorporar los sonidos sincopados y las inflexiones del blues que acabarían por configurar el jazz.

Pese a ello, la carrera de Bolden duró pocos años. Su afición a alcohol y cierta inestabilidad mental, le ocasionaba protagonizar con cierta frecuencia desórdenes públicos y otro tipo de problemas. En 1906, tras una borrachera monumental, el cornetista fue detenido tras atacar a su suegra con un jarrón. A continuación y tras otros episodios similares fue declarado demente y encerrado en una manicomio durante 24 años. Bolden acabaría falleciendo en 1931, a la edad de 54 años.

A Bolden se le recuerda insistimos, como a uno de los grandes pioneros de este estilo musical, pero nadie insinúa que fuese el «inventor del jazz» ni él mismo se atribuyó nunca su autoría. Entonces… ¿por qué hemos empezado este artículo hablando de un supuesto inventor?

Nick LaRocca, el autoproclamado «inventor»

Si de Buddy Bolden no se sabe mucho, desde luego de Nick LaRocca se sabe demasiado. Miembro fundador y cornetista de la Original Dixieland «Jazz» Band, proclamó hasta su muerte en 1961, que su formación había grabado las primeras composiciones de jazz de la historia, remontándose para ello a 1917.

Y no sólo. Este polémico personaje afirmaba que el jazz no lo habían inventado «los negros», sino que era una música genuinamente blanca. Para demostrar su tesis, pasó décadas enviando a decenas de medios de comunicación todo tipo de artículos explicatorios, que si bien carecían de cualquier tipo de rigor histórico, podían calificarse como curiosos.

En su fantástico libro «Jazz Life», William Claxton explica cómo en su encuentro con LaRocca en 1959, este le dijo que «los negros ni siquiera forma parte de la historia del jazz». Más bien al contrario , los que defendían el origen afroamericano de esta música solo podían calificarse como «locos comunistas antiamericanos a los que habría que encerrar». «Fuimos nosotros los que presentamos esta música al mundo, nadie más» repite.

Pero pese a su excentricidad y racismo evidente, no hay que quitar mérito a la banda de LaRocca, que fue muy reconocida en su época. Y en todo caso, cabe reconocerle que como muchos otros, contribuyeron a impulsar un estilo que en aquellos momentos daba sus primeros pasos. ¿Pero de ahí a inventar el jazz? Y no es el único. Un músico tan conocido como Jelly Roll Morton se presentó a sí mismo como el inventor del jazz en una carta enviada a la revista Down Beat en 1938, e incluso Thelonious Monk con cierto sarcasmo, solía decir que era el padre del jazz…moderno. Pero inventar el jazz…¡Qué disparate!

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Kind of Blue
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Kind of Blue, el disco que lo cambió todo

Algo tiene que cambiar para que nada cambie. Y en los años 50 el jazz, para no perder comba frente a un cada vez más popular rock, necesitaba un super ventas. Un disco capaz de encantar tanto a los aficionados del género, como atraer a un público completamente nuevo. En 1959 ese disco llevaría como título «Kind of Blue» y estaría firmado por un tal Miles Davis.

Sesenta años después de su lanzamiento, sigue siendo el disco más vendido de la historia del jazz. La revista Rolling Stone lo sitúo hace unos años como el duodécimo mejor disco de todos los tiempos y tiene fama de ser ese «único disco de jazz» que muchos aficionados a otros géneros musicales tienen en su casa.

En mi caso, «Kind of Blue» es más que todo eso. Es el disco que escucho al menos una vez a la semana, el que a veces tarareo sin darme cuenta y uno de los dos que he enmarcado (el otro es el «Sgt Peppers Lonely Hearts Club Band» de los Beatles) y cuelga en el pasillo de mi casa. Por supuesto, el el disco que estoy escuchando ahora mismo, mientras escribo este artículo.

Kind of Blue: Una banda irrepetible

A lo largo de su carrera, Miles Davis ha estado y ha encabezado muchos conjuntos. Pero pocos, por no decir ninguna, ha reunido el descomunal talento que se reunió durante los dos días que llevó la grabación de este álbum: Miles Davis a la trompeta, John Coltrane al saxo, Paul Chambers en el contrabajo, Bill Evans en el piano, Jimmy Cobb en la batería y Julian «Cannonball» Adderley, en el saxofón alto.

Le costó lo suyo. Como le costó en ese momento dejar atrás a Charlie Parker y Dizzy Gillespie, mientras te desenganchaba de la heroína. Como le costó pasar del Cool Jazz que el propio Miles abanderó años antes para apostar por algo completamente nuevo.

Provenientes en su mayoría del hard bop, Miles Davis llevó al conjunto a abandonar la secuencia lineal de acordes que hasta entonces imperaba en los discos de jazz, para presentar una de las primeras apuestas por las formas modales que ofrecen al músico de jazz mucha más libertad a la hora de explorar distintas escalas a partir de una única nota.

Tanto es así que el disco en realidad es el resultado de dos sesiones de improvisación, grabadas el 2 de marzo y posteriormente el 22 de abril de 1959  en el recién inaugurado 30th Street Studio de la Columbia Records, una iglesia rusa de Manhattan reacondicionada.

Como explicó años más tarde Bill Evans en una entrevista, únicamente Davis tenía claro lo que iban a hacer. Cuenta el fabuloso pianista que Davis les pidió a sus músicos que casi no ensayaran, pese a que lo único que tenían eran unos bocetos de las líneas de escalas y melodías. Una vez en el estudio Davis les dio breves instrucciones de cada pieza y después se pusieron a grabar.

So What

Si «Kind of Blue» es el disco más famoso de la historia del jazz, «So what» es su puerta de entrada. Un tema curiosamente en que todo el protagonismo se lo lleva el contrabajista Paul Chambers, con uno de los solos más famosos de la historia.

Tal y como explica Ted Gioia en su imprescindible «El canon del jazz»el diálogo que mantiene Chambers, con sus frases interrogativas respondidas por los instrumentos de viento, representaba algo insólito, nunca visto en el jazz de la época. O como posteriormente diría Herbie Hanckock: «no comienza con una fanfarria, sino con un susurro. Toda llena de notas simples pero sin resultar simple en absoluto».

Una simplificación drástica sobre el bop que tanto se llevaba en ese momento. A partir de ese «So what» inicial, el disco transita solo en sus formas modales, en un dejarse llevar del que nunca te cansas.

Lo cual es curioso, porque no considero que pese a su tremendo éxito «Kind of Blue» sea un disco fácil de escuchar para alguien que se aproxima por primera vez al jazz. El swing de los años 40, las grandes Big Bands bailables proponen desde luego música mucho más «fácil» de esuchar y en muchos casos, igualmente disfrutables. Pero quién sabe, probablemente sea yo el que esté equivocado. A fin de cuentas…So what.

 

 

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Caravan
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Por qué somos Caravan

Hay unos cuantos motivos por los que somos Caravan. En primer lugar porque Caravan es uno de los temas más versionados de la historia del jazz. En segundo término, porque al ser probablemente la primera composición en la historia de este género musical que tiene un toque exótico y marcadamente latino, también es un poquito nuestra.

Popularizada y grabada casi hasta el infinito por Duke Ellington (se dice que llegó a grabar cien versiones diferentes), los orígenes del tema se encuentran en la colaboración de este con el trombonista puertorriqueño Juan Tizol, que se encargó de escribir el corpus principal de la obra.

Curiosamente, aunque probablemente sin la intervención de “the duke” este temazo nunca hubiese llegado hasta nuestros días, ni siquiera fue él quien grabó el tema por primera vez. El honor correspondería al pequeño grupo de jazz (alejado de las Big Bands que triunfaban en la época) Barney Bigard y sus Jazzopators, que eso sí, contaba con Duke Ellington al piano.

Mientras que en un primer momento Juan Tizol consideró a Caravan como una “obra tan menor” que le llevó a vender por unos escasos 25 dólares los derechos sobre su composición, Ellington mucho más avispado para el mundo de los negocios, la presentó con gran fanfarria en el Cotton Club de Nueva York en 1937, obteniendo tanto éxito que Caravan se convertiría desde entonces en un “must” en el repertorio de su banda. Posteriormente y en un generoso giro de los acontecimientos, Ellington aceptaría compartir parte de este éxito con Tizol, al que cedió parte de los royalties.

Son pocos los grandes músicos de jazz que se han resistido a grabar su propia versión de Caravan, en parte por el amplio margen de improvisación que ofrece la línea principal y en parte por ese componente exótico en el que realmente encontramos algo diferente. Así “caravanianos” convencidos han sido Thelonious Monk, Wes Montgomery o Dizzy Gillespie.

Con todo, además de la original del propio Ellington, queremos recomendaros dos grandes versiones: la de Art Blakey, por esa energía post-bol que sirve como contrapunto de la delicadeza que tiene la primera y la de Michael Camillo, porque no podemos despedirnos de Caravan sin un toque contemporáneo y latino.

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Jazz
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La puerta de entrada del Jazz

Comentaba hace unas semanas con unos amigos algunas de las mejores escenas de Whiplash, la gran película de Damien Chazelle, en la que el oscarizado por esta película J.K Simmons, interpreta a un histriónico profesor de jazz , capaz de llevar al borde de la locura a los alumnos de su Big Band.

Y la conversación discurría dentro de los límites de lo habitual hasta que uno de ellos puso sobre la mesa el comentario cuñado: “el jazz es un coñazo. Está bien  si estás en un club, tomando una copa, tal vez con la compañía adecuada. Pero aún así, es un coñazo”.

En ese momento no supe qué responder. Tal vez si hubiera dicho “creo que el jazz de los años 50 es mejor que el actual” o “¿no te parece que el jazz está sobrevalorado o es muy intelectual?” habríamos tenido la oportunidad de intercambiar puntos de vista, un yo soy más de Ellington, a mí Miles Davis no me lo tocas...ese tipo de cosas. Y ya puestos, comentar esa grandiosa versión de Caravan que John Wasson firma para la banda sonora de la película.

Pero lo suyo fue una enmienda a la totalidad. Y claro así no hay manera. Fue como un “no sé cómo puede gustarte la ópera si solo cantan gordos” o “yo es que no soporto el cine en blanco y negro”. Argumentos de tal fuerza auto-conclusiva que no admiten ningún tipo de respuesta.

Pero lo reconozco: no es fácil entrar en el mundo del jazz. O mejor dicho, es difícil encontrar la puerta de entrada. En parte la culpa la tiene un mundillo que en algunos momentos y de forma deliberada, ha optado por encerrarse en sí mismo. Y en parte, la misma estructura de la música tampoco ayuda: no sirve para radio-fórmula, salvo que sólo disfrutes de las composiciones de los años 30 y 40 del siglo XX no es música bailable y en sus versiones bastardas, se ha convertido en música de sala de espera.

El problema es que como mi amigo, abundan las personas que tienden a considerar el jazz como un todo. Y de la misma forma que Mecano no tiene nada que ver con The Beatles, o Michael Jackson apenas se parece a Madonna, en el jazz la situación es similar. No es lo mismo el Swing que el Bebop, el Hot de los años 20 no se asemeja al Cool que nace 30 años después…por no hablar del Acid Jazz, Latin Jazz, Free Jazz y tantos otros.

Supongo que para cruzar esa puerta, cada uno tiene que encontrar la llave que necesita. Escuchar a los más grandes, ir de vez en cuando a clubs, ver vídeos en directo en Youtube, o recuperar ese “Jazz entre amigos” que Juan Carlos Cifuentes presentó en TVE hasta 1991.

En mi caso, todo empezó con Miles Davis. Primero con “Birth of the cool” y después con el imprescindible “Kind of blue”. Pero sobre todo ha sido el libro “Historia del Jazz” escrito por Ted Goia el que me ha servido para descubrir un mundo que nunca imaginé que podía convertirse en ese espacio propio, cálido y confortable, que todos buscamos.

Así que si todavía no lo has hecho… piénsatelo…Dale una oportunidad.

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