Tocadiscos Auido Technica
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Audio Technica y el tocadiscos «Jazz» ideal para los que empiezan

Hace unos meses os hablaba de cinco tocadiscos con los que escuchar el mejor jazz sin invertir hasta el último céntimo. Giradiscos de gama media, al alcance de la mayoría de los bolsillos de los aficionados a este estilo musical y que tenían una relación de calidad-precio estupenda. En esa clasificación la marca Audio Tehnica se hacía fuerte posicionando nada menos que dos modelos.

Pues bien, en las últimas semanas, gracias precisamente a los chicos de Audio Technica, he tenido la oportunidad de probar personalmente uno de sus últimos lanzamientos: el AT-LP120XUSB BluetoothLas sensaciones, como os cuento a continuación en este artículo han sido estupendas y es que sin superar excesivamente los 400 euros, la marca pone en nuestras manos un plato de gama media, pero con unos cuantos detalles que solo encontramos en giradiscos bastante más caros.

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Vinilo
Es personal, Otros

Los discos de vinilo y el fetichismo musical

Hace unos días nos despertábamos con una noticia curiosa: «las ventas de vinilos superan a la de CDs por primera vez desde los años 80». Con un crecimiento del 4% con respecto al año pasado, el vinilo se corona como el rey del formato físico, representando ya el 62%. Por supuesto, estas cifras hay que ponerlas en contexto. No es que se nos haya caído la venda de los ojos (el streaming se consolida como el formato preferido), sino que a la vez que se han dejado de comprar CDs, la nostalgia se ha convertido en un negocio que va en aumento.

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feel good jazz
Es personal

Ikigai o cómo el jazz me ha «salvado la vida»

En «Instrumental. Memorias de música, medicina y locura», James Rhodes cuenta cómo si no hubiese sido por la música, probablemente hace años que se habría suicidado. O lo que es lo mismo: la música le salvó la vida. Y no es el único. Basta una simple búsqueda en Google para comprobarlo: el resultado resulta tan abrumador, que el poder salvífico de la música se ha convertido en un meme de lo más divertido.

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Lisboa
Actualidad, Es personal

Las ciudades del Jazz (III): Lisboa

Si no viviera en Madrid, probablemente lo haría en Lisboa. Sueño con la ciudad del “rio Tejo”, de sus escondites imposibles de Alfama, de ese sol resplandeciente en Castelo, sus cafés del Barrio Alto y del Chiado y por supuesto del Bacalhau y de los pasteis de belem. Una ciudad hecha a medida de paseo, de una amabilidad extraordinaria para el que la visita y con librerías en las que puedes perderte toda una tarde.

Y aunque es la ciudad del fado y de la saudade, residencia de cantantes como Ana Moura que recomiendo que escuchéis una y otra vez, la capital portuguesa también tiene un corazón que palpita a ritmo de jazz. Saber encontrar los mejores locales por supuesto, es otra cosa. Así que seguidme, que nos vamos de ruta.

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Norah Jones
Es personal, Artistas, Discos

Pick Me Up Off The Floor: el jazz líquido de Norah Jones

En cierta ocasión una persona me dijo que todo lo que sabía del jazz es que era «música de ascensor». Lo curioso es que no era la primera vez que alguien que no había escuchado jazz en su vida, me decía algo así (¡Cuánto daño ha hecho la música de ascensor!). Armándome de paciencia, intenté explicarle que el jazz no tiene nada que ver con ese hilo musical que se escucha en la sala de espera del dentista.

Decidí ir con casi todo. «¿Conoces a Norah Jones?»le espeté. «Claro» me dijo sin demasiada convicción. «Escucha esto» continué, enviándole por WhatsApp el videoclip de «Don´t Know Why». «Esto está muy bien, pero esto no es jazz, esto es otra cosa» me dijo a continuación la autoridad musical. Como corríamos entrar en un juego en el que en realidad no tenía nada que ganar, decidí dar mi brazo a torcer y musité, «tienes toda la razón, ¿qué sabré yo?»

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Marsalis
Artistas, Es personal

Contra Wynton Marsalis

Voy a decirlo ya. No me gusta Wynton Marsalis. Y sí, reconozco que es uno de los grandes jazzmen que quedan. O que para muchos, la de Marsalis es la mayor figura que el jazz ha producido en los últimos 25 años. También le reconozco el mérito que tiene haber conseguido poner en marcha ese estupendo programa que responde al nombre de «Jazz at the Linconl Center». Pero no puedo evitarlo, me repatea. No soporto que su talento descomunal y lo que es una técnica que cualquier otro trompetista querría, se haya puesto al servicio de la banalidad, de la nada.

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Jazz en tiempos del COVID-19

Contaba en «La puerta de entrada al jazz», que empezar a disfrutar del jazz puede convertirse en un pequeño gran desafío si no sabemos qué escuchar o qué artistas, qué grabaciones. Así que he pensado que como todos vamos a pasar unos cuántos días «encerrados» en casa, podría ser una buena idea recomendaros unos cuantos temas que podéis escuchar en algún momento de la cuarentena. Os prometo una cosa: voy a conseguir levantaros el ánimo.

Sing, sing, sing (Benny Goodman)

Comenzamos con fuerza. Seguramente todos habéis escuchado este temazo compuesto por Louis Prima en 1936 y popularizado por Benny Goodman. Y lo conocéis porque lo habéis escuchando en unas cuantas películas: «Rebeldes del swing», «Historias de Nueva York», «Florence Foster Jenkins», «La torre del terror»… Pero también en capítulos de series como «Los Soprano», «Las chicas de Gilmore» o «Los Simpsons» e incluso, en videojuegos como «Mafia II» o «LA Noire».

Pocos temas como «Sing,sing, sing» reflejan mejor el ambiente de lo que debía ser un sofisticado club de Nueva York o Los Ángeles en los años 30-40. Pocos se han asociado tanto el mundo de la mafia, al ambiente de la Ley Seca o al de todos esos tugurios que nos imaginamos en cualquier novela negra. Subid el volumen de vuestro equipo al máximo y poned este tema. ¿No os entran ganas de dejarlo todo y poneros a bailar?

Take Five (Dave Brubeck)

¿Recordáis el anuncio del Seat Ateca del año pasado? Sí, estoy hablando precisamente de este anuncio. Escuchad la música de fondo. ¿No parece tremendamente actual? Lo que escucháis es «Take Five» uno de los temas más conocidos de Dave Brubeck y que se incluye en «Time Out», uno de los mejores discos de…1959. ¿Impresiona verdad?

Porque mientras que ese mismo año Elvis Presley estaba consiguiendo que miles de personas de todo el mundo agitasen sus caderas con «Heart Break Hotel», Dave Brubeck se marcaba uno de los temas más elegantes de la historia. Uno de esos temas que escuchar mientras estás en tu terraza favorita (cambia terraza por balcón de casa) mientras te tomas un gin tonic y piensas… ¿por qué nos empeñamos en hacerlo todo tan complicado? Poneros una buenos cascos y escuchad la batería de fondo. Es Joe Morello, uno de los mejores baterías de la historia. ¿Podéis hacer algo igual?

Caravan (Duke Ellington)

Estoy seguro que para muchos, «Whiplash«, la estupenda película de Damien Chazelle. Que una película que pusiera el jazz como tema principal fuese capaz de ganar tres Oscar en 2014 fue toda una contribución a la «causa».  Lo primero, si no lo habéis hecho ya, dejad de leer el blog y poneros a ver la película (disponible en streaming en Sky y en modalidad de alquiler en las principales plataformas).

¿Lo habéis hecho? Bien, pasemos a su banda sonora. Además de la propio «Whiplash», compuesta ad hoc para esta película, el tema que no podéis dejar pasar es «Caravan». El título del tema que da nombre a este modesto blog pertenece a lo que en términos jazzísticos se conoce como standards. Standards son aquellos temas que tras su «lanzamiento» se han hecho tan populares que nunca han dejado de ser interpretados y versionados a lo largo de los años, e incluso las décadas.

Escuchad el Caravan de John Wasson que se incluye en la banda sonora de Whiplash. ¿Verdad que no suena como un tema compuesto en 1936? Escuchad ahora la composición original, la compuesta Duke Ellington y Juan Tizol…¿notáis todas las diferencias? Aquí sí que escuchamos cómo suena un piano en los años 40. Pasad ahora a la versión de Wes Mongomery (1962)… puros años 60. Esa libertad sin límites es lo que hace que el jazz sea tan especial.

Precious (Esperanza Spalding)

Lo reconozco. Para los tres primeros temas de los que os he hablado me he ido algo lejos: a los años 40, 50…¡incluso a los años 30! Así por si os lo estabais preguntando, sí, el jazz moderno y actual existe. Seguro que os suenan nombres como los de Jamie Cullum, Norah Jones o Diana Krall ¿no es cierto? Y aunque desde luego no hacen solo jazz, desde luego hacen jazz.

Pero vamos a una intérprete menos mainstream…en España: Esperanza Spalding. En 2011,  Esperanza Spalding conseguía lo impensable: su segundo álbum de estudio, «Chamber Music Society»  la convertía en la ceremonia de los premios Grammy en la mejor artista emergente de ese año, arrebatándole a Justin Bieber un premio que se daba prácticamente como seguro. Desde entonces Spalding ha sabido demostrar que lo suyo no ha sido fruto de la causalidad y álbum tras álbum esta cantante y bajista se ha consolidado como una de las grandes referencias del jazz actual.

Black Radio (Robert Glasper Experiment)

¿Dónde se encuentran los límites del jazz? En las dos últimas décadas el jazz se ha fusionado con el rock, el flamenco, la bossa nova, la música electrónica e incluso con el rap. Se ha mezclado tanto que algunos artistas de jazz moderno no acaban de sentirse cómodos con una etiqueta que consideran que limitan su creatividad.

Uno de los mejores exponentes lo tenemos en «Black Radio». A cargo del «Robert Glasoer Experiment», reúne a algunos de los mejores artistas del jazz actual en uno de esos discos «únicos». No, no lo escuches ahora. Espera a irte a la cama. Coge ese libro de la mesilla de noche, empieza a leer y dale al play. ¿A que es diferente a todo lo que has escuchado hasta ahora? ¿A que no tiene nada que ver con esas imágenes que surgían en tu cabeza cuando pensabas en el término «jazz»?

Pues eso y no otra cosa es lo que estás escuchando en estos momentos. ¡Disfrutad!

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clubs
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Clubs que cierran

Clubs que cierran. Estoy seguro que la noticia no ha sentado nada bien a los aficionados del jazz. La información, que daba el Diario de Sevilla el pasado 11 de febrero decía lo siguiente: «Cierra el bar Naima, templo del jazz en Sevilla». 

Así que sí, un club más cierra sus puertas. En el caso del Naima, el próximo 27 de junio, fecha en la que su propietario, Jorge Moreno, pondrá fin a los más de 25 años de historia de uno de los clubs de referencia en España. No lo hace por falta de interés de los aficionados o porque no consiguiese atraer al mejor talento nacional e internacional. Lo hace por «simple» especulación urbanística. A partir de ese día el propietario del local le ha comunicado a Moreno que duplican el precio del alquiler y es que una jam session poco puede hacer contra la gentrificación de una zona.

Lo peor no es que cierre sus puertas, sino que probablemente en Sevilla no tomará su relevo un nuevo local de jazz. Y es que como afirma la canción, son malos tiempos para la lírica. En septiembre del año pasado Bogui Jazz en Madrid también cerraba tras más de quince años…y no era una sala cualquiera: DownBeat la incluyó mientras pudo como uno de los mejores sitios del mundo en los que escuchar jazz en directo. Unos años antes (2015), tras el fin de su alquiler de renta antigua, solo una petición en Change.org consiguió parar el cierre del Café Central de la capital madrileña, lo que hubiese supuesto un golpe del que quiero creer que la vida cultural de la ciudad no se hubiese recuperado. Clubs que cierran.

El cierre más triste para mí fue el del Café Populart. Probablemente no me habría aficionado al jazz si no hubiera tenido este club literalmente en frente de casa. Y es que todo lo que tenía que hacer si quería escuchar la mejor música era cruzar la calle, empujar la puerta en la que se anunciaban los próximos conciertos y sentarme en uno de sus sillones de cuero para tomarme una caña, a veces solo, las más, acompañado.

Por lo menos tuve la «suerte» de no tener que sufrir el cierre en directo. Cuando me enteré  yo ya me había cambiado de casa. Fue al pasar por casualidad por la calle Huertas un día cualquiera, con ganas de escuchar música y tomarme esa cerveza, cuando me di cuenta de que ya no estaba. Otra vez, gentrificación de mierda. Me quedó el consuelo ese día, como otros tantos, de bajarme andando hasta el Jazz Bar de la calle Moratín…que aunque no da conciertos, te puedes sentar a escuchar… por mucho que ahora se haya sumado a la moda afterwork.

Clubs que cierran. Y los que quedan o los pocos que abren, no pueden dedicarse exclusivamente al jazz. A los madrileños nos queda el Café Berlín, la Sala Clamores, o la Galileo pero no son clubs en stricto sensu. Son salas de conciertos que frecuentemente incluyen en su programación a solistas y grupos de jazz… y por supuesto que se agradece… but you know…no es lo mismo.

Una sensación de ese estilo la tuve en mi última visita a Valencia. Porque tras haber ido unas cuantas veces «de paso» hace un par de meses tuve la oportunidad de dedicarle un par de días a la ciudad. Y así me arrastré esperanzado hasta el Jimmy Glass…para descubrir que un jueves a las 20.00 de la tarde, estaba cerrado. ¿El motivo? Sólo abre cuando hay concierto y durante el tiempo que dura el concierto. Y entiendo que tiene que ser así: si no, no hay rentabilidad. Pero es una pena tremenda que así sea. Clubs que cierran.

Por favor Junco, no cierres nunca.

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Jazz en la era del #MeToo

Ha sido el año del #MeToo. El año en el que las mujeres han decidido decir basta y denunciar a los que las acosan, las discriminan, las ningunean. Hemos visto a Harvey Weinstein entre rejas y cómo los cimientos de muchas industrias (cinematográfica, tecnológica, musical) han temblado como no lo habían hecho antes. La onda expansiva de la primera denuncia ha llegado a todo y a todos, y como no podía ser de otra forma, también al jazz.

En 2019 pero también antes, se han acumulado denuncias de mujeres que han sido acosadas en escuelas musicales tan importantes como Juillard (aquí el testimonio de la trombonista Kalia Vandever), se han escrito cartas dirigidas al «patriarcado», denunciando la situación de dominio masculino que se da en el mundo del jazz (os recomendamos la lectura de «An open letter to Ethan Iverson (and the rest of jazz patriarchy)» firmada por la percursionista Sasha Berliner) y artistas consagradas como Esperanza Spalding han dado viva muestra de lo que supone ser mujer en una escena musical fuertemente dominado por los hombres.

Pero la denuncia es solo el principio. Señalar a los que acosan ha sido el primer paso. Este mismo año hemos asistido al nacimiento de  «We have voice», un colectivo formado por mujeres del jazz que está trabajando para garantizar que el comportamiento depredador y sexista sea visto como aberrante, no como parte del coste de hacer negocios en el jazz.

Para ello y además de canalizar y amplificar las denuncias que se siguen produciendo en esta escena musical, han creado un código de conducta y un sello propio, al que pueden adherirse si lo solicitan y cumplen con el código, escuelas y centros de formación, festivales de música, casas discográficas y clubs. Pero como también afirman sus fundadoras (un grupo de 14 intérpretes entre las que se encuentran vocalistas, bajistas, o saxofonistas) lo importante no solo es denunciar, sino «transformar el mindset», cambiar de forma radical la forma de hacer las cosas.

Hasta la fecha, más de sesenta organizaciones de todo el mundo han suscrito los principios del movimiento, incluyendo festivales tan importantes como el Winter Jazzfest de Nueva York, centros educativos como la Universidad de California además de numerosos sellos, ensembles y espacios para la difusión de la historia del jazz, como el National Jazz Museum de Harlem.

Al mismo tiempo, la percusionista y productora musical Terri Lyne Carrington, ha creado el «Berklee Institute of Jazz and Gender Justice», una organización que como leemos en su página web, «se centrará en la equidad en el campo del jazz y el papel que desempeña el jazz en la lucha más amplia por la justicia de género. El instituto celebrará las contribuciones que las mujeres han hecho en el desarrollo de esta forma de arte, y promocionará condiciones más equitativas para todas las carreras de jazz en un esfuerzo por trabajar hacia un cambio cultural necesario y duradero en este campo».

Queda por supuesto mucho por hacer, empezando por una presencia mayor de la mujer en escenarios y festivales, en la promoción de carreras musicales y en su llegada a puestos de dirección pero tras décadas de abusos, las mujeres del jazz por fin han tomado la palabra.

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Donald Trump
Es personal, Libros

A Donald Trump no le gusta el jazz

La frase no es mía. La ha pronunciado hoy el periodista Chema García Martínez en la presentación de su libro “Tocar la vida. El músico de jazz: vueltas en torno a una especie en extinción’” del que ya os hablé la semana pasada. Y si Trump no le gusta el jazz, ha añadido, «es porque el jazz es un idioma musical que tiene cierta complejidad «y todos sabemos que Trump no es capaz de entender argumentos complejos» ha rematado, acompañado de las risas de sus compañeros de coloquio y el respetable.

El que durante muchos años ha sido crítico de jazz para «El País» ha presentado de forma absolutamente caótica, un libro en el que repasa anécdotas, entrevistas y crónicas de conciertos de los que han sido los gigantes del jazz de los últimos treinta años. Parte el libro como solía decir Unamuno, «del sentimiento trágico de la vida» o lo que es lo mismo, de la pérdida. En este caso, de la pérdida del músico de jazz, que según el periodista (al mismo tiempo que el crítico musical), es un animal en vías de extinción.

No porque hoy en día no haya centenares de músicos estupendos, explica, «probablemente con mucha más técnica que Miles (Davis) o Charlie (Parker)» pero según su forma de ver, les falta un je ne sais pais quoi,  «una emoción que no se puede definir» y que probablemente está ligado a un modo de vida determinado, que hoy en día ya no se encuentra.

Sin querer decirlo pero diciéndolo a medias, parece apuntar con su dedo acusador (dicho esto con toda la ironía del mundo) a Wynton Marsalis, dominador absoluto de la escena del jazz durante las últimas tres décadas: un jazz técnico pero un tanto frío, que deja atrás el club para reinar en el Lincoln Center. «Yo no digo que para hacer buen jazz haya que ser alcohólico o darle a las drogas» afirma riendo, pero «esta generación de la botella de agua»… se queda un momento pensativo a punto de decir un «no nos representa».

No es que músico de jazz haya cambiado, sino que el mundo es ahora otro. Se da cuenta cuando la conversación se desliza sobre esa crisis que amenaza desde hace años a la profesión del periodista. «A mí ‘El País’ me ha pagado que ir dos días a Nueva York solo para entrevistar a Wayne Shorter»; «En la sección cultural de los periódicos tenías un experto en jazz, otro en ópera, otro en danza contemporánea…hoy en día y no siempre, únicamente la música clásica se salva».

En el mundo de lo inmediato, del aquí y el ahora, parece absolutamente lógico que a Donald Trump no le guste el jazz. Pensar antes de actuar, parar cuando quieres lanzarte, reflexionar antes de hablar. Solo así puedes conectar con el jazz.

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