Tenía muchas de ver en directo a Vincent Peirani, el acordeonista francés que a sus 45 años, se ha convertido (si esto es posible), es un auténtico énfant terrible del jazz. Su aproximación al género, pero sobre todo su desenvoltura con un instrumento que en sus manos se asemeja a una guitarra eléctrica, le ha llevado a reinventar la chanson francesa, llenándola de energía rockera y expandiendo sus fronteras en una propuesta única.
Así que cuando la semana pasada apareció descalzo sobre las tablas de la Sala Villanos, desafiante y atacando las primeras notas de «Living Being IV: Time Reflections, no dudé ni por un instante que se venía una noche memorable, como así de hecho resultó ser.
Ayudaba desde luego contar a su lado con ese otro enorme músico que responde al nombre de Émile Parisien, uno de los grandes saxos del jazz europeo, un auténtico catalizador de nuevas ideas y que es capaz del clasicismo más refinado cuando toca junto a Joachim Kühn, deslizarse por las escarpadas laderas de la electrónica junto a Michael Wollny, o ya desde hace muchos años, sumarse a esta propuesta que hace del folklore francés una música universal.

Llama desde luego la atención que una apuesta tan contraintuitiva como poner frente a una banda de músicos un acordeón y un saxo soprano, funcione tan bien. Tal vez, porque aunque Peirani de pequeño era fan de grupos como Lez Zeppelin y Deep Purple y a pesar de que adoraba a Frank Zappa, su padre tan solo aprueba el acordeón y la musette, todo lo más el clarinete si con eso no le basta.
Así que empeñado en que la música era su única salvación, la vía de escape para su irremediable timidez, decide que será acordeón sí, pero que lo será a su manera. Y es así cómo en este instrumento «anticuado», que muchos consideran «de verbena», encuentra un espacio seguro donde sus emociones pueden escapar, donde gracias a la música, puede aprender a conocerse mejor. Y vaya si lo hace. Tras entrar en el Conservatorio de París, hace tan suyo el instrumento que en 1998 recibe el premio Prix d’Accordéon Classique. Ese sería su último año «classique» y su puerta de entrada en el jazz.
Peirani funda en 2013 su quinteto Living Being, junto al trompetista Mathias Eick y la vocalista Leïla Martial en una formación ha ido variando en estos quince años, hasta la actual en la que a Parisien, se suman Julien Herne al bajo, Tony Paeleman a los teclados y Yoann Serra a la batería. En Madrid lo que escuchamos es ni más ni menos que este último disco, tal vez el autorretrato más fiel de Vincent Peirani hasta la fecha y sin lugar a dudas, uno de los mejores discos del jazz europeo del último año.
Su pieza central es Time Reflections, una suite en tres movimientos (Clessidra, Better Days e Inner Pulse) cada uno de los cuales es a su vez una suite (en 3, 3 y 4 partes, respectivamente). Esta construcción, que Periani interpreta durante 45 minutos de forma ininterrumpida, es a la vez el núcleo de un espectáculo en el que las poco más de 60 personas que medio llenamos la sala, escuchamos en silencio, en plena comunión con la música. Nos sorprende la amplitud de las dinámicas, la intimidad y la extroversión presentes en cada detalle, las ricas texturas y los arreglos de metal que nos hacen dudar sobre si es rock o es jazz lo que escuchamos. No falta nada, no sobra nada.
Al terminar, decido comprarle en persona un disco que en más de una ocasión ha pasado por mi lista de deseos de Amazon. Me lo llevo firmado. Por él y por Émile Parisien. No necesito nada más.


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