Necesitamos más Café (Central)

El pasado mes de julio, cuando comenzaba a barruntarse que al Café Central le quedaban pocos meses de vida, escribía que perder este club suponía «decir adiós a un símbolo de una ciudad que en los últimos años se ha entregado a un capitalismo salvaje que todo lo devora. Una ciudad que mata el tiempo en tardeos de a 15 euros la copa, pero a la que cada vez menos, le preocupa preservar su identidad».

Nueve meses después, no puedo sino esbozar una sonrisa agridulce al comprobar cómo se han desarrollado los acontecimientos. Me alegro (¡cómo no hacerlo!) de esa solución de compromiso que es el Central haya encontrado una nueva casa en el Ateneo. Al mismo tiempo, me horroriza pensar que cuando terminen las inefables obras en el histórico local de la Plaza del Ángel, lo que una vez fue un templo para la cultura y el arte, ahora será un innecesario nuevo local de comida rápida.

Supongo, como insisten estos días todos los medios que dan la noticia, que deberíamos estar contentos: el mercado ha vuelto a imponerse con facilidad, pero oye, al menos nos dejan las migajas. Sin embargo, en este lamernos las heridas y mirar con nostalgia a ese tiempo pasado que siempre pareció ser mejor, convendría no perder el mapa del presente.

El problema de Madrid no es que se cierre o se traslade un club mítico como El Café Central, sino la sangrante falta de espacios nuevos para la improvisación colectiva. Escucho, mientras escribo estas líneas, uno de los discos más interesantes que lanzaron en 2023: «Transmissions from Total Refreshment Centre, un álbum producido por Blue Note y grabado en uno de los centros artísticos más dinámicos de Londres, donde cada semana no solo podemos escuchar las propuestas musicales de hoy, sino las que dominarán la escena del jazz global mañana.

También en la capital británica nos encontramos Jazz re:freshed sello musical que ha dado a conocer al mundo talentos como los de Nubya Garcia, Moses Boyd, Ashley Henry, Daniel Casimir, Theon Cross o Yussef Dayes, y que además cuenta con un espacio propio en el corazón del West London en el que cada mes, invita a un artista a realizar una residencia que se combina con todo el espectro que el jazz abarca, desde proyecciones de películas y vídeos, a debates y conferencias, jams o talleres para los que empiezan. No dejamos Londres y dirijámonos al Barbican Centre, uno de los polos de creación artística más grandes del viejo continente y que cada año reúne a lo mejor del jazz contemporáneo en su EFG Jazz Festival…o acabemos la noche en el Jazz Café de Camden.

En Madrid en cambio, tan solo algunas salas medianas de conciertos mantienen la antorcha de la esperanza encendida. «Sala Villanos», «AC Recoletos», o la nueva «Sala Babylon» son sin duda espacios interesantes en los que escuchar a nuestros artistas favoritos, pero no son espacios para la creación o la conversación cultural.

Si Madrid quiere ser algo más, si quiere hablar de tú a tú con escenas como las británicas (Londres, pero también Manchester) o las del norte de Europa, necesita algo más que un ejercicio de saludable nostalgia. Precisa de espacios de creación artística que desde el jazz abracen nuevos territorios, alejándose de lo convencional y los caminos trillados. Incluso así, si tiene sentido, no seré yo el programador que diga que NO a una nueva formación de jazz flamenco o a un trío de piano que haga el mismo jazz contemporáneo que llevamos escuchando desde hace más de cuarenta años. Espero que, al igual que sucede en otras latitudes, los «nuevos» Cafés Centrales se atrevan finalmente a dar el paso.

Siendo justos, podríamos afirmar que en una capital donde el jazz sobrevive como género minoritario, el problema no es solo la falta de salas, sino la ausencia de un tejido sólido de sellos y medios capaz de conectar esos espacios con una comunidad real, transformando el concierto aislado en un movimiento cultural.

A todo ello habría que sumar el problema de Madrid como ciudad que recorta en cultura. Escenas como las de Londres, Copenhaguen o Berlín no se sostienen únicamente gracias a emprendedores valientes que ponen en marcha estos espacios, sino sobre modelos híbridos donde conviven lo público, lo privado y lo comunitario.

En estas ciudades, esos espacios logran sobrevivir gracias a una combinación de subvenciones, residencias financiadas, patrocinios culturales y una red educativa potente. En Madrid, en cambio, muchos proyectos nacen ya en precario, obligados a priorizar la rentabilidad inmediata. Sin mecanismos estables de apoyo, cualquier intento de construir una escena acaba dependiendo más de la resistencia individual que de una estrategia a largo plazo.

Finalmente habría que apuntar a que la responsabilidad es, inevitablemente, compartida. Debemos preguntarnos si el público madrileño está dispuesto a pagar 30€ por un sexteto de avant-garde con cuerdas frotadas y electrónica, o si hemos sucumbido definitivamente al «tardeo» de 15€ con el que arrancaba el artículo. No es solo que el mercado se haya impuesto, es que padecemos la versión más miope del capitalismo rentista.

Un mercado inteligente entendería que espacios como el Jazz Café de Camden no solo venden entradas, sino que generan marca de ciudad. Madrid, en cambio, parece contentarse con vender su identidad al mejor postor.


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Comentarios

3 respuestas a «Necesitamos más Café (Central)»

  1. Avatar de Martín Gonzalo Vera
    Martín Gonzalo Vera

    Si les sirve de consuelo (se que no) en Buenos Aires nos pasa exactamente lo mismo. Será un signo de los tiempos….. Los abrazo desde ARGENTINA.

    1. Malos tiempos para la lírica… como decimos por aquí. 🙂

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