Bill Evans llega al cine en «Everybody Digs Bill Evans»

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Nueva York, junio de 1961. El legendario pianista de jazz Bill Evans ha encontrado su voz musical y ha creado el trío perfecto, junto al contrabajista Scott LaFaro y el baterista Paul Motian. Una residencia en el Village Vanguard de Nueva York culmina con la grabación en directo, en un solo día, de dos de los mejores discos de jazz no ya de este trío mítico, sino probablemente de todos los tiempos: «Waltz for Debby y «Sunday at the Village Vanguard».

Apenas unos días después, LaFaro muere trágicamente en un accidente de coche. Entumecido por el dolor, Evans deja de tocar por primera vez desde su infancia. Hasta aquí, lo que casi todos conocemos. Lo que ocurrió después para una de las figuras más influyentes y talentosas de la música del siglo XX, nos lo cuenta Grant Gee en «Everybody Digs Bill Evans», un más que interesante biopic sobre el pianista que acaba de estrenarse en el Festival de Berlín.

Con el actor noruego Anders Danielsen como Bill Evans («La peor persona del mundo»), la película se presenta como una mirada que oscila entre el presente y el futuro del músico, explorando sus múltiples adicciones, la relación con su familia y una pareja intermitente, dando lugar a un retrato interior de un genio atormentado que lucha por volver ser quien otrora fue.

Conocido por haber firmado algunos de los documentales más interesantes de la industria musical («Meeting People is Easy», «Joy Division», «The Gold Machine»), Grant Gee no nos presenta un retrato al uso, sino más bien lo que le interesa es ese momento de duelo, que tiene tanto que ver con el fallecimiento de LaFaro como con una tendencia del propio protagonista hacia la oscuridad.

La estructura fragmentada que adopta la película (con saltos constantes entre 1961, 1973, 1979 y 1980) se convierte en la forma de traducir al lenguaje cinematográfico algo esencial en la música de Bill Evans: la variación sobre la memoria. Y es que desde esas noches míticas en el Vanguard, el montaje avanza y retrocede constantemente. 1973 introduce la herida del suicidio de su pareja y en 1979, la muerte de su hermano Harry, a quien estaba muy unido, intensifica un proceso de desgaste emocional y físico que ya era evidente. Finalmente 1980, el año de su fallecimiento con apenas 51 años, funciona en la narración como una coda inevitable.

Tras la grata sorpresa que supuso el estreno este verano de Köln 75, (la película que narra la historia de esa famosísima grabación de Keith Jarrett) no podemos sino alegrarnos del estreno de una nueva película jazzera.


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