Nu Jazz, música electrónica y otros experimentos (y II)

En la primera parte de este especial, ahondamos en cómo los pioneros del Nu-Jazz, especialmente en Europa, decidieron llevar nuestro género musical favorito a la mesa de mezclas, sampleándolo y mezclándolo con sonidos electrónicos, creando un lenguaje nuevo. No se quedaron ahí.

La siguiente generación dio un paso más. Si los primeros habían utilizado grabaciones de jazz para construir música electrónica, ahora el objetivo consistía en tocar música original que sonara como si hubiera sido sampleada.

Grupos como BadBadNotGood, artistas como Sam Wilkes o productores inclasificables como Flying Lotus comenzaron a trasladar la lógica del beat al terreno de la interpretación instrumental. La culminación de esta tendencia aparece en el trabajo de Makaya McCraven, cuyas grabaciones combinan improvisación en directo y edición posterior hasta el punto de difuminar las fronteras entre músico, productor y compositor, como muestra en trabajos como «Universal beings» o «In these times». Por primera vez el estudio deja de ser el sitio en el que se registra una actuación, para convertirse en parte activa del proceso creativo.

Al mismo tiempo, una tercera vía comenzó a utilizar el jazz como herramienta para la construcción de atmósferas y paisajes sonoros. En estos proyectos, la improvisación tradicional pierde protagonismo frente al trabajo con texturas, dinámicas lentas y estructuras repetitivas cercanas al minimalismo, la música ambiental o incluso la banda sonora cinematográfica. The Cinematic Orchestra, Portico Quartet o Hidden Orchestra representan distintas variantes de esta sensibilidad, donde la creación de espacios sonoros resulta más importante que el desarrollo de solos o la exhibición técnica.

Entre ambos, artistas procedentes de la electrónica más experimental, como Squarepusher, acabaron explorando territorios próximos al jazz eléctrico y la improvisación libre. En esta amalgama de géneros que orbitaban en torno al jazz, la pregunta no era ya qué podía absorber el propio jazz, sino que más podía hacerse con las herramientas que los artistas que se inscribe en esta tradición habían desarrollado durante décadas.

¿El resultado? Cada vez más artistas para bosque el el jazz funciona menos como un canon de formas establecidas y más como un lenguaje abierto para la exploración sonora, donde las etiquetas entre formas de entender la música acaban por desdibujarse casi por completo. La estructura clásica basada en temas e improvisaciones cede terreno a la repetición, la construcción gradual de atmósferas y la búsqueda de estados de inmersión cercanos tanto a la música electrónica como a ciertas tradiciones espirituales del jazz.

The Comet Is Coming, uno de los grupos impulsados por Shabaka Hutchings, canaliza esta energía a través de la cultura rave, los sintetizadores analógicos y el afrofuturismo. Nala Sinephro explora espacios donde convergen el ambient, la improvisación colectiva y la síntesis modular. Pero si hay un disco que tal vez representa la culminación de este camino es Promises, la colaboración entre Floating Points y Pharoah Sanders: una obra donde la electrónica, la música de cámara y el jazz se integran en un proceso de transformación continua. A estas alturas, resulta cada vez más difícil determinar dónde termina un género y comienza otro.

Del género al laboratorio

Durante buena parte del siglo XX, la evolución del jazz ha estado marcada por la aparición sucesiva de estilos reconocibles: swing, bebop, hard bop, free jazz o fusión. Sin embargo, el recorrido que se abre a finales de los años noventa responde a una lógica diferente. Más que generar un nuevo estilo, el jazz contemporáneo comienza a expandirse en múltiples direcciones, estableciendo relaciones cada vez más estrechas con la electrónica, el hip-hop, el ambient, la composición contemporánea o el diseño sonoro.

Lo que une a artistas tan distintos como St Germain, Nils Petter Molvær, Makaya McCraven, The Cinematic Orchestra o Nala Sinephro no es una estética común ni un conjunto compartido de reglas formales. Lo que comparten es una manera de entender el jazz como un espacio de experimentación.

Quizá esa sea la principal herencia del Nu-Jazz. No haber inaugurado una nueva corriente perfectamente delimitada, sino haber contribuido a transformar el jazz en algo más amplio: un laboratorio abierto donde conviven tradiciones, tecnologías y lenguajes que hace apenas unas décadas parecían pertenecer a mundos completamente separados.


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