Sonny Rollins, el coloso bajo el puente

El pasado 25 de mayo de 2026, a los 95 años, fallecía Sonny Rollins en su casa de Woodstock, Nueva York. Con él se va una de las voces esenciales del jazz moderno, y su desaparición tiene algo de cierre simbólico. Rollins era el último superviviente de los músicos retratados en A Great Day in Harlem, la célebre fotografía tomada por Art Kane en 1958, aquella imagen imposible donde el jazz parecía reunido en una misma acera para posar ante la historia. Desde ahora, todos los protagonistas adultos de esa escena pertenecen al territorio de la memoria. La foto sigue ahí, pero ya sin testigos vivos que puedan decir “yo estuve allí”.

Nacido como Walter Theodore Rollins en Harlem en 1930, Rollins creció rodeado de música en la calle, de clubes y de una ciudad que respiraba bebop y ambición artística. Su sonido al saxo tenor fue pronto reconocible: ancho, firme, lleno de músculo y de imaginación. Tocaba con una autoridad natural, como si cada frase saliera de una conversación largamente pensada pero a la vez recién descubierta. En sus solos había inteligencia, riesgo, lirismo y una manera muy personal de convertir melodías conocidas en pequeñas aventuras imprevisibles.

Con apenas 26 años publicó Saxophone Colossus, un título que terminó funcionando casi como un segundo nombre. Allí está “St. Thomas”, con su aire caribeño y su alegría contagiosa, pero también una forma de improvisar que marcó época. Rollins construía sus temas como relatos, con motivos que aparecían, se transformaban y regresaban cargados de otro sentido. Ese mismo año dejó otro momento histórico en Tenor Madness, donde compartió grabación con John Coltrane. Fue el único encuentro registrado en estudio entre los dos grandes tenores de su generación, una conversación breve y legendaria entre dos caminos llamados a expandir el lenguaje del jazz desde lugares distintos.

Y es que la relación con Coltrane siempre tuvo algo de espejo… ambos compartieron época, instrumento, exigencia y búsqueda, pero Coltrane avanzó hacia la espiritualidad mientras Rollins pareció elegir una ruta más terrenal y rítmica, más cercana al cuerpo del swing y a la arquitectura interna de la melodía. En los dos había una voluntad de ir más lejos, de convertir el saxo tenor en una herramienta de exploración. En Rollins, esa exploración conservó siempre una capacidad casi teatral para sorprender al oyente sin romper el hilo de la música.

También forman parte de su leyenda sus silencios. A finales de los cincuenta, en plena consagración, se retiró de la escena para practicar durante horas bajo el puente de Williamsburg de Nueva York. Aquel gesto, tantas veces contado en los círculos del género, resume la ética artística radical de apartarse cuando el mundo aplaude para escuchar mejor la propia voz. De ese retiro nació The Bridge, otro capítulo fundamental de una carrera que nunca se conformó con repetir fórmulas.

Rollins siguió tocando durante décadas, atravesando estilos, escenarios y generaciones. Su figura se hizo enorme precisamente porque nunca pareció instalada del todo en la grandeza. Prefería verse como alguien en proceso, un músico todavía aprendiendo y buscando. Esa humildad, unida a una imaginación desbordante, explica buena parte de su permanencia.

La muerte de Sonny Rollins deja al jazz sin uno de sus últimos colosos, pero su sonido continúa respirando en cada saxofonista que entiende la improvisación como una forma de pensamiento. En la vieja fotografía de Harlem queda su silueta joven entre gigantes, pero en los discos queda el movimiento de una mente libre, la alegría de inventar en tiempo real y la certeza de que una melodía puede abrir siempre otro camino.


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Comentarios

Una respuesta a «Sonny Rollins, el coloso bajo el puente»

  1. Estupenda semblanza, bravo!

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