Kris Davis

Kris Davis y las ventanas de la creación

Avanzaban las semanas, las emociones, y los conciertos del Festival de Jazz de Madrid, y con el cambio de mes entraban en escena nuevas salas, inéditas hasta entonces, como el auditorio del Centro de Cultura Contemporánea Condeduque. Y en él, la noche del viernes 2 de noviembre, desembarcaba en el festival, con todo su esplendor (ya se iba echando de menos…), una de esas vertientes del jazz tan controvertida y vilipendiada por algunos, como estimulante y satisfactoria para otros: el llamado jazz de vanguardia. Y quien mejor para capitanear este desembarco que uno de eso nombres mayúsculos e imprescindibles de esta etiqueta y de la escena del jazz contemporáneo: la pianista Kris Davis (Vancouver, 1980).  

La intérprete y compositora canadiense, ligada al piano desde los 6 años, primero con formación clásica, y desde el instituto en Calgary, cuando se produjo el flechazo entre discos de Miles Davis y Wayne Shorter, vinculada definitivamente al mundo del jazz, no ha dejado de crecer y desarrollar sus insaciables inquietudes creativas, negándose a concebir el piano como un instrumento principalmente armónico, hasta convertirse en la luminaria imprescindible del jazz contemporáneo que es hoy, con 23 grabaciones bajo su firma, además de infinidad de colaboraciones con artitas habituales de estos mismos territorios, como John Zorn, Ingrid Laubrock, Terri Lyne Carrington, Craig Taborn, Tyshawn Sorei, y un largo etcétera.

Kris Davis

Especialmente en el último lustro, no ha dejado de cosechar premios y reconocimientos, hasta convertirse en una de las artistas más laureadas del panorama actual, incluyendo en su cosecha un premio Grammy, la Artista Doris Duke en 2021 (junto a Wayne Shorter y Danilo Pérez), y ser nombrada la Pianista del año por la revista DownBeat en 2020 y 2022, y Pianista y compositora del Año por la Asociación de Periodistas de Jazz en 2021.

Y aunque recientemente presentaba nuevo álbum en formato trío, el interesante “Run the Gauntlet” (2024), editado por Pyroclastic Records (el sello que ella misma fundó y gestiona), junto a la batería de Johnathan Blake y al bajo de Robert Hurstm; se presentaba en Condeduque con una de las formaciones más aclamadas de los últimos años, los Diatom Ribbons. Y nosotros, la verdad, lo celebrábamos. No porque el último disco, más pausado y acústico, no sea de un gran nivel, sino porque el proyecto Diatom Ribbons es, probablemente, la mayor, más relevante e influyente obra que ha salido bajo su firma.

Proyecto ambicioso, de largo alcance, y que sigue vivo, girando y dando grandes satisfacciones al público por todo el mundo 5 años después, ya que fue en octubre de 2019 cuando el extraordinario álbum homónimo “Diatom Ribbon” veía la luz asombrando al mundo del jazz. Tanto el New York Times como los críticos de jazz de NPR Music catalogaban como álbum del año un trabajo que presentaba una nómina de intérpretes bajo su dirección realmente asombrosa: Esperanza Spalding (voz), JD Allen (saxo tenor), Tony Malaby (saxo tenor), Ches Smith (vibráfono), Nels Cline (guitarra), Marc Ribot (guitar), Trevor Dunn (bajo eléctrico), Val Jeanty (dj, electrónica), y Terri Lyne Carrington (batería); y que conseguía una mezcla perfecta fusionando elementos tan dispares como la vanguardia compositiva, la improvisación libre, la electrónica, el rock progresivo, la tradición del jazz o la palabra hablada. Todo en un perfecto y asombroso equilibro, que dio como resultado uno de esos álbumes destinados a redefir el jazz contemporáneo.

Pero para sorpresa y deleite de sus seguidores, ahí no acababa el legado de este álbum: en septiembre de 2023 se editaba el “Diatom Ribbons. Live at the Village Vanguard”, su versión en directo grabada en dos conciertos realizados en la mítica sala en mayo de 2022. Se mantenía el núcleo duro, con Carrington a la batería, la DJ Val Jeanty a los platos, y Trevor Dunn al bajo; pero incorporaba en esta ocasión a Julian Lage a la guitarra eléctirca, dando como resultado un álbum hermano, pero totalmente nuevo en cuanto a sonoridad y escucha. Y de nuevo, el éxito de crítica se repitió, y en Caravan, por supuesto, lo incluíamos en nuestra selección de los mejores discos del año 2023. Comparándolos, en lo personal, siempre he pensado que el traje sucio y rabioso de las guitarras de Nels Cline y Marc Ribbot se adapta mejor a la filosofía del proyecto que el traje limpio e impoluto de la técnica de Julian Lage. Pero para gustos, ya cada uno, sus colores.

Y con semejantes antecedentes, se presentaba Kris Davis sobre el escenario esa noche en Madrid con cazadora de cuero negro (qué dejos quedan los tiempos de los impolutos trajes de rigor en el jazz), y una amable sonrisa, dispuesta a saludar al público. Pero no funcionó el micrófono, y no hubo palabras. A cambio, tuvimos la mejor de las presentaciones que pudimos tener: su música. Una introducción con un ritmo libre de bajo eléctrico durante unos segundos, al que se sumaron los efectos de los platos de Val Jeanty y de las percusiones de Carrington, precedieron el inicio de la intensa experiencia, que se iniciaba al completo ya con el piano de Davis. Se abría así la puerta de un universo sonoro fascinante, por el que transitaríamos durante hora y media, experimentando todo tipo de texturas, colores y sensaciones.

Los temas se sucendieron, con composiciones propias de Kris Davis, y otros homenajes, como “Dolores” de Wayne Shorter, “The Dancer” de Geri Allen,  o “Reflections” de Julios Hemphill. A lo largo de todos ellos, hubo espacio para todo tipo de sonoridades y texturas. Hubo momentos de swing, con veloces toques post-bop herederos de la tradición del jazz americano; otros de gran belleza, temas acústicos con un elegante lirismo del piano, con armonías y melodías definidas y reconocibles; otros temas cercanos a la tradición del mundo clásico contemporáneo, con fases atonales, incluso dodecafónicas; y hubo, sobre todo -que de eso va el proyecto-, mucha fusión de todo tipo de elementos y sonoridades, y mucha experimentación sonora. Pero incluso en esas fases más “clásicas”, los efectos electrónicos y sonoros de los platos y voces grabadas de Val Jeanty hacían que enseguida nos olvidáramos por completo de la herencia de Schoenberg, y nos llevaran a la calle, a los sonidos urbanos.

Si el trabajo de Val Jeanty es realmente excepcional, elevando el proyecto a ese universo sónico único, tan rico de texturas, efectos y recursos; la aportación de Nick Dunston al bajo tampoco pasó desapercibida, aún siendo el benjamín del grupo, lejos de amedrentarse se desenvolvió con gran soltura en ese juego creativo que propone Davis a sus músicos. Y mención aparte, por supuesto, merece Terri Lyne Carrington, su madrina antes, ya compañera, a la que no hace muchos meses teníamos la oportunidad de disfrutar en Vitoria, con su propio proyecto, y a la que sorprendentemente hemos visto en esta ocasión más sonriente, jugona y disfrutona en la batería. Increíble la lección de batería que impartió durante la hora y media que duró el concierto. Qué bien se adaptan éstos músicos al juego de libertad y experimentación que les propone Davis, quien vuelve a demostrar sus grandes virtudes como gestora de talento y constructora de puentes entre artistas, como se la ha definido en alguna ocasión.

Y para los que piensan que el jazz de vanguardia es inaccesible, aburrido, áspero, y un largo etcétera de prejuicios (no siempre infundados, para ser sinceros), pueden encontrar en Kris Davis una sorprendente y maravillosa excepción a sus miedos, y ser una buena puerta de entrada a este mundo. Tal vez de sorprendan, si no bailando, moviendo inconscientemente la cabeza, las manos, o los pies, al ritmo furioso y desatado de los platos, la batería, o los golpes de piano de este grupo.  Porque sobre el escenario, en esta propuesta, salen a explorar, a retarse, a experimentar. A jugar, en definitiva. Y cuando alguien juega en el escenario, generalmente, suelen divertirse los de arriba… y los de abajo. Y este grupo de jugones, con la vanguardia por bandera, créanme, garantizan diversión.

Si el jazz es, entre otras cosas, esa última gran expresión de creación y libertad que ha encontrado el ser humano; asistir a una manifestación tan pura de esto, y vivirlo en directo, es realmente emocionante.

Recordaba haber leído, en una ocasión, a Carrington, describiendo a nuestra protagonista como “una bestia de la música, con una técnica increíble”. Y añadía en sus elogios: “siempre está buscando una ventana para salir”. Desde mi butaca, presenciando semejante acto de creación y libertad, recordaba la frase. Y reflexionaba. Kris Davis no solo busca, sale y entra por esas ventanas, sino que las rompe, y salta como una niña en un charco sobre los cristales, para después, inventarse en el reflejo de cada trocito, con cada nota de su piano, una nueva mirada del mundo, de la creación, y de la libertad.


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