La Ópera de Oslo acogió el pasado 14 de agosto uno de los conciertos más esperados de la temporada: el regreso de la saxofonista Mette Henriette a los escenarios. Lo sucedido allí trasciende el concepto de concierto convencional, y esto se refleja claramente en la grabación disponible de Drifting, uno de los temas interpretados durante el evento. Su actuación fue un ritual silencioso en un espacio de contemplación, donde la música de su último trabajo se convirtió en un vehículo para detener el tiempo.
Sin estridencias, el saxo de Mette Henriette emergió y se desvaneció con una cadencia que obligaba a escuchar en profundidad, como si cada nota fuese un trazo de aire. El ambiente de la sala, sobrio y cuidadosamente diseñado por la propia artista, reforzó esa sensación de ceremonia íntima.
Henriette estuvo acompañada por Judith Hamann al violonchelo y Ayumi Tanaka al piano. La química entre los tres intérpretes fue uno de los aspectos más destacados del concierto, porque lo que se escuchó fue un diálogo musical en el que las pausas tenían tanto peso como los sonidos. Hamann desplegó un violonchelo austero, casi minimalista, mientras que Tanaka trazaba líneas de piano que parecían sostener el espacio más que llenarlo. La crítica noruega destacó esa escucha compartida: “Fue como asistir a una conversación en la que nadie levanta la voz, pero todos dicen algo esencial”, publicó el diario Aftenposten. En efecto, la música se desplegaba con calma, buscando simplemente conectar con el público.
Lo más sorprendente fue cómo la Ópera de Oslo, un espacio concebido para grandes producciones, quedó transformada por esa propuesta. El escenario se convirtió en un refugio en el que la ausencia de gestos grandilocuentes resultó más poderosa que cualquier despliegue técnico. En un momento en que muchos conciertos apuestan por el impacto visual y sonoro, Henriette eligió lo contrario: reducción, pausa y contención, y sobre la base del “menos es más” logró una intensidad poco común. La propia disposición del público reforzó esa atmósfera, no hubo distracciones y la sala entera parecía respirar al ritmo de la música. Algunos asistentes lo describieron en redes como “una experiencia meditativa” o “un paréntesis en medio del ruido de la ciudad”.
La escenografía diseñada por Henriette jugó un papel importante. Sin recurrir a elementos espectaculares, construyó un espacio en el que cada sombra y cada silencio formaban parte de la propuesta. Todo parecía medido para invitar a la escucha: las luces, la posición de los músicos, incluso la manera en que se gestionaban las pausas entre piezas. Fue como si la artista hubiese concebido la actuación no solo como música, sino como una experiencia sensorial completa. En este contexto, es necesario recordar que la noruega lleva años explorando la frontera entre música, espacio y artes visuales. Su regreso a la Ópera confirmó esa vocación interdisciplinar, ya que aparte de interpretar Drifting, también creó un entorno en el que el público pudiera entrar en contacto con una forma distinta de habitar el sonido.
Más allá de la música, la sensación que pareció quedar entre los asistentes fue la de una verdad sin filtros. Henriette compartió su estado de ánimo con quienes la escuchaban, y en esa cercanía residió gran parte de la fuerza de la noche. En tiempos dominados por la prisa y el exceso de estímulos, la actuación en la Ópera de Oslo fue un recordatorio de lo que puede suceder cuando la música se convierte en espacio sereno de unión. Un acto de resistencia silenciosa, una invitación a escuchar con atención y, quizá, a vivir con más calma.


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