Quien haya seguido la trayectoria de Melissa Aldana en los últimos años sabe bien que es difícil resistirse a sus directos. Desde que fichó por Blue Note allá por 2022, la saxofonista chilena no ha hecho más que afianzar una voz inconfundible dentro del jazz contemporáneo, y Filin, su último proyecto, se ha convertido para muchos en una especie de revolución en el marco de un género que no nos tiene acostumbrados a estos cambios de dirección. Y mucho menos hacia un lirismo que parece casi desaparecido de la escena actual.
Personalmente llevaba semanas atrapado en un bucle del que no podía salir. “La Sentencia” y los dos temas con la voz inconfundible de Cécile McLorin Salvant han ocupado mis últimos días. Así llegué a la noche del pasado martes 17 a DeBijloke, en Gante, un lugar que en estas fechas comienza a respirar primavera y donde cada rincón parece preparado para acoger música que llene sus espacios. Había comprado mi entrada hace meses, una tercera fila escorada a la derecha, de esas que ayudan a enfocarse en cada detalle porque la ocasión lo merecía.
El programa, esta vez doble, abrió con GingerBlackGinger, una formación europea que fue para mí un auténtico descubrimiento. Liderados por la carismática contrabajista belga Yannick Peeters, desplegaron una música intensa con un pulso que parecía invocar cierta herencia cósmica y espiritual, como si en algún punto del camino hubieran recogido el testigo del mismísimo Sun Ra. Sin embargo, su propuesta exigía un nivel de energía altísimo y terminó resultando algo fría además de densa. El público respondió con atención, pero también extenuado. Y ahí fue donde la organización debería quizá replantear este tipo de dobles programas: cuando uno llega al segundo concierto ya agotado, la percepción corre el riesgo de quedar filtrada por la fatiga (buena prueba de ello es que a Melissa Aldana nadie le pidió bises, cuando la jornada ya rondaba casi las once de la noche). La pausa técnica para cambiar el escenario fue un alivio; tuvimos unos minutos para respirar y pedir en silencio que la noche girara hacia otros territorios…
Cuando Melissa Aldana apareció en escena, el ambiente cambió con naturalidad desde el mismo instante en que cruzó el escenario con su presencia serena y segura. Confieso que llegaba con la intención de escuchar más material de Filin, especialmente esa joya de “La Sentencia” que abre el álbum, pero la selección fue otra, más abierta y orientada al directo que al intimismo del disco. Su sonido fluyó con solidez, y allí pude escuchar a una Aldana con un temple musical mucho más maduro que el que pude ver en el último concierto suyo al que asistí, en el Flagey de Bruselas hará ya casi 2 años.
El cuarteto funcionó con la misma elegancia que demostró la saxofonista, con Pablo Menares disfrutando sonriente, atento e impulsando al grupo desde su contrabajo. Sonó un tema suyo, bello y complejo, que se convirtió en uno de los momentos más interesantes de la noche. Kush Abadey a la batería estuvo impecable, combinando oficio y riesgo para enriquecer cada improvisación. Pablo Held al piano ofreció una interpretación pulcra y equilibrada, aunque quizá le faltó atrevimiento. En algunos momentos se le vio tímido y contenido, casi atenuando su sonido e impidiendo ese impulso adicional que a veces empuja al saxofón hacia territorios que uno no espera.
Cuando interpretaron “Little Church”, la composición de Hermeto Pascoal que también aparece en Filin, el auditorio quedó sumido en un silencio casi reverencial en honor al músico brasileño fallecido hace unos meses. Aldana cerró la actuación con una obra propia, “Los Ojos de Chile”, en un guiño a sus raíces que selló la noche con un aprobado muy alto. Después vino la tradicional firma de discos, y ahí estaba Melissa siempre cercana, con una sonrisa sincera y de agradecimiento.
La gira continúa y quien tenga la oportunidad de verla en directo debería hacerlo sin dudarlo. Filin estuvo quizá más presente en espíritu que en repertorio, pero valió la pena vivir la experiencia. Y aunque sigo preguntándome dónde quedó esa preciosa “La Sentencia”, me fui con la sensación de haber vivido un concierto que, en su equilibrio imprevisible, me acompañará mucho tiempo.


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